Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Aprendices y brujos

Cuando hablamos de trabajo, hablamos también de posiciones de poder y últimamente no estoy seguro, no sé si me dicen que admire el talento o que tolere el abuso

El cocinero Jordi Cruz en la recepción oficial de los premios Ondas del año 2013.
El cocinero Jordi Cruz en la recepción oficial de los premios Ondas del año 2013. MASSIMILIANO MINOCRI

Una vez, en la tele, escuché como Ferran Adrià contaba la historia de un ayudante de cocina que viajó desde Japón para trabajar en El Bulli. El aprendiz no solo no se desanimó después de la primera negativa, sino que se quedó a dormir en el camino varias noches. Disculpen si soy un tanto inexacto, pero creo que no traiciono las palabras de Adrià, quien, al final, lo aceptó en su equipo. No sé si el aprendiz hoy es un buen cocinero, pero al menos la historia sí lo es, una historia de admiración, trabajo, sacrificio y talento.

La hemos oído mil veces, desde posiciones un poco diferentes. Es la cara B. Uno ya tiene una edad y ha ayudado en cocinas y servido mesas en restaurantes, con estrella y estrellados. Siempre sin contrato, por cierto, y cobrando en sobres, como los buenos. Pero ese no fue mi peor momento laboral. Cuando daba clases en la universidad, pagaba por hacerlo y tengo que decir que la experiencia global fue muy positiva, lo que aprendí no lo he olvidado. La historia no es tan bonita como la de El Bulli, se trataba de equilibrar las cuentas del departamento y por eso se necesitaba un buen rebaño de asociados que pudiese permitir que los catedráticos mantuviesen su estatus y sus michelines. También acompañé algunos camiones, cosas que pasan.

No me da reparo decir que mientras daba clases me dedicaba a servir mesas o a preparar platos. Ha pasado tanto tiempo que aquel yo me parece otro yo y si lo cuento es porque a veces parece que tengas que contar de dónde vienes para poder decir lo que dices. Más incluso, ya que nos ponemos sinceros… No trabajé en la universidad por necesidad, de hecho, dejé un trabajo en el Departamento de Trabajo, al que llegué después de que la misma universidad me hiciese perder el empleo y justo antes de que se me invitase a participar en unas oposiciones internas.

O sea, que pudiendo tener plaza fija, me fui a cobrar 400 euros al mes. Si alguna vez se preguntan cómo se acaba escribiendo en EL PAÍS, ésa es una posible vía. El trabajo en la universidad fue un desastre, pero a pesar de que encontré más mierda que en la granja que teníamos en casa, todavía hoy no me arrepiento de ello. Supongo que el aprendiz japonés tampoco. Fueron decisiones conscientes, las tomé sin mochila, sin tener bocas que alimentar y sin tener que cuidar de nadie más que de mí mismo. Lo de ser hábil en ser libre, que decía el poeta. También dejé un puesto de trabajo fijo en diciembre de 2010, en lo peor de la crisis, porque me dio por viajar, escribir y reconstruir una casa. De oca a oca.

Como ven, he tocado más teclas que las que ahora escriben en este teclado. He conocido verdaderos talentos, sé que los proyectos cuestan dormir muchas noches al raso y que sin esfuerzo no se consigue nada. Pero el cuadro estaría incompleto si no añadiésemos una constante: si de algo he huido ha sido del abuso. El abuso existía en los viajes de camión, en la cocina del restaurante y por supuesto, en la universidad y hasta en el Departamento de Trabajo.

El abuso no entiende de glamour. Lo pueden padecer las chicas que aguantan los paraguas a los talentosos tenistas del trofeo Comte de Godó. Lo pueden padecer los ayudantes de cocineros con estrellas, los periodistas que cobran una cuarta parte que los redactores jefes y quienes recogen las uvas para hacer los mejores vinos de las cartas.

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He visto amenazar a aprendices de cocina en nombre del talento, amargar la vida a trabajadores para escarmentar a otros y usar el talento como excusa para casi todo. Todavía recuerdo las llamadas de algún catedrático desde su chalé de vacaciones para pedirme que le hiciese las clases, examinase a sus alumnos, corrigiese los exámenes y luego atendiese las quejas. Pasaba por ser talentoso y era tan de izquierdas que en su despacho sonaba Manu Chao.

Cuando hablamos de trabajo, hablamos también de posiciones de poder y últimamente no estoy seguro, no sé si me dicen que admire el talento o que tolere el abuso. Aprender a abusar durante un contrato en prácticas me parece el peor de los aprendizajes. Por eso, pedir esfuerzo sin pedir justicia significa legalizar el maltrato.

La exigencia laboral exige también protección e igualdad de oportunidades. Ponerse del lado del fuerte puede parecer muy agradecido, pero tiene un coste: se acaba durmiendo en la calle. Sin quererlo, claro está.

Francesc Serés es escritor.

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