Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El tenor que nunca falla

Juan Diego Flórez deleita en el Palau de la Música con un repertorio de arias

Juan Diego Flórez es el tenor de más perfecta técnica vocal que hoy en día pisa los escenarios líricos. Lo sabe él, lo saben los teatros y auditorios que le contratan y, naturalmente, lo sabe el público, que aplaude con entusiasmo sus deslumbrantes agudos. En su regreso al Palau, de nuevo con el veterano pianista italiano Vincezo Scalera como fiel acompañante,el divo peruano volvió a desatar pasiones con su canto valiente y rico en matices. Fiel a sí mismo, dejó bien claro que, por difícil que sea un aria, es un tenor que nunca falla.

No falla Flórez ni en el escenario, ni en las taquillas. Por altos que sean los precios -las localidades costaban el doble que en el resto de recitales del ciclo Grans Veus de Palau 100, llegando a los 140 euros-, el templo modernista se lleno hasta los topes. Y esto sólo lo consiguen los grandes divos. Lo es, y en grado sumo, el cantante peruano, que bromeó con el público entre canciones y arias, en un ritual de entradas y salidas del escenario aderezada con parlamentos que, quizás, prodiga en exceso, rompiendo la atmósfera mágica creada por él mismo con sus fabulosas interpretaciones.

Abrió la velada con tres canciones de salón de su compositor fetiche, Gioachino Rossini. No eran, por cierto, nada fáciles, en especial la última, Addio ai Viennesi, donde empleó a fondo su envidiable registro agudo. De hecho, no bajó el listón de exigencia vocal en todo el programa. Estuvo ligero y elegante en un aria de Belmonte de El rapto en el serrallo, de Wolfgang Amadeus Mozart, y se marcó siete dos en una inclemente aria de otra ópera del salzburgués, Mitridate re di Ponto.

Cantó como los dioses una de las arias más dificiles de la Semiramide rossiniana, Ah, dov´è il cimento. Ahorremos elogios y constatemos que no existe más perfecto cantante en el orbe belcantista.

Las primicias llegaron en la segunda parte. Flórez exploró sus acentos más apasionados en tres canciones de Ruggero Leoncavallo -bordó la célebre Mattinata, que es la que mejor se adapta a su voz-, y dos arias de Giacomo Puccini: la gran escena de Rinuccio de Gianni Schicchi, que resolvió con dicción incisiva y sentido teatral, y Che gelida manina, de La bohème, con acentos efusivos, pero algo corta de volumen.

Como ya hiciera en la pasada temporada de Palau 100, brindó una sensacional interpretación de Pourquoi me réveiller, de Werther, de Jules Massenet, personaje clave en su avance hacia un repertorio lírico puro que debutó escénicamente por el pasado año en el Teatro Comunale de Bolonia.

Cerró el programa con dos títulos de Giuseppe Verdi -aria de I Lombardi y aria y cabaleta de La traviata-, en los que lució un fraseo depurado y agudos luminosos. Y como final de fiesta, acompañándose a la guitarra, regaló canciones tan hermosas como Amanecí en tus brazos, de José Alfredo Jiménez, Ódiame, de Julio Jaramillo, y el vals criollo José Antonio, de Chabuca Granda.

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