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REPORTAJE

En la mente del pandillero

Los especialistas explican cómo los jóvenes se acercan a los grupos violentos en busca de poder, protección y experiencias positivas que no encuentran en la familia ni en la escuela

Juicio a cinco jóvenes pertenecientes a la banda Dominican Don’t Play, en 2011.
Juicio a cinco jóvenes pertenecientes a la banda Dominican Don’t Play, en 2011.

— Me he sentido muy bien. He sentido que los chicos pequeños me miraban con admiración.

— ¿Y cuándo te habías sentido así antes?

— Cuando daba machetazos.

Esta conversación entre un joven de los Trinitarios (una de las bandas latinas más violentas de la capital) e Inmaculada Montes, psicóloga de un centro de medidas de menores, se produjo después de que el muchacho, cercano ya a la mayoría de edad, participase como monitor en una actividad lúdica con niños en un poblado marginal de Madrid. “Este tipo de voluntariado está funcionando muy bien”, explicaba Montes el viernes pasado en la sede de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (ARRMI), dependiente del Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Junto ella, asentían Mayte García y Luis González, técnico y responsable, respectivamente, del área de estudios y programas del ARRMI. Los tres se enfrentan cada día al problema de los grupos violentos de jóvenes en un momento en el que la actividad criminal de las bandas latinas se está reactivando, según la última memoria anual la Fiscalía de la Comunidad de Madrid. Y según se puede comprobar cada vez que, como el miércoles pasado, detienen a algunos de sus miembros tras alguna pelea o algún tiroteo.

Para poder hacer su trabajo es fundamental comprender qué pasa por la mente de esos chavales, para lo cual los especialistas combinan su experiencia con estudios sistemáticos como los que lleva años conduciendo la profesora de Psicología de la Autónoma de Madrid María Jesús Martín. Describen un sustrato común de adolescentes vulnerables (de entornos marginales, pero también, y cada vez más, de otros más normalizados) que pueden acabar en el grupo violento que tengan más cerca, ya sean esas bandas latinas (donde, por cierto, hay también marroquíes, filipinos, españoles...) o neonazis, ultras deportivos, red skins... El nivel de violencia, aseguran, dependerá sobre todo del grupo en el que caigan.

Mayte García cuenta la historia de un muchacho de 14 años. Al llegar a España, Juan Carlos (vamos a llamarle así) se da cuenta de que no es el paraíso que imaginaba cuando vivía en un pueblo de Ecuador con sus abuelos, cuando su madre enviaba desde Madrid un dinero que le permitía caprichos como vestir ropa de marca. Al contrario, su barrio es un mundo hostil y solitario en el que vive en una habitación de un piso compartido junto a su madre, que trabaja de sol a sol por un sueldo que apenas da para nada, mucho menos para marcas. Sin amigos, con compañeros de instituto que le ponen las cosas difíciles mientras se ve incapaz de seguir las clases, acaba juntándose con esos chicos mayores que, simplemente, le preguntan cómo está, le animan. Y que un día le llevan a una party en mitad de una jornada escolar con chicas que por primera vez le hacen caso.

Hay adolescentes que ya habían sido violentos antes y se acercan a estos grupos “para sentirse más poderosos o para conseguir algún recurso económico”, pero también hay muchos otros que, como Juan Carlos, no lo habían sido y, de hecho, lo que buscan es protección, señala un reciente trabajo de la profesora Martín, para el que entrevistó a 71 muchachos entre 15 y 29 años.

"Nunca me habían invitado a un cumpleaños"

“No han tenido ninguna experiencia de éxito ni con amigos ni en la familia ni en el instituto, y de repente la tienen”, explica Montes. “A mí nunca me habían invitado a un cumpleaños. Y aquí soy alguien”, le dijo una vez un pandillero a Mayte García. Así, la violencia, aunque a veces es reactiva (actúan así porque no saben hacerlo de otra manera), se convierte sobre todo en instrumento de poder, aceptación y ascenso social dentro de su nueva familia.

“Se creen que están en un videojuego en el que tienen que ir pasando pantallas”, añade García. Hasta que se dan cuenta de que no es ningún juego y de la contradicción que significa, por ejemplo, que la protección que iban buscando les ha puesto en permanente peligro, destaca Luis González. Pero para entonces están tan involucrados que es muy difícil dar marcha atrás y el autoengaño puede más que cualquier contradicción.

Por eso el trabajo de los profesionales que intentan reinsertar a los menores condenados por alguna infracción es aprovechar esos momentos de duda, ofrecerles referentes positivos fuera de su pandilla, ayudarles a identificar qué es lo que quieren y cómo lo pueden conseguir, por ejemplo, volviendo a la escuela.

La tarea no es fácil y las recaídas son frecuentes —para muchos, haber sido condenados significa un ascenso inmediato en su grupo—, por lo que la implicación de la familia es crucial.  Unas familias que, muchas veces, se habían estado engañando hasta unos niveles inconfesables cada vez que su hijo aparecía en casa con las manos cortadas, con un enorme moratón en mitad de la cara.

"Cuando pasó lo que pasó"

Así que esta parte tampoco es sencilla. García y Montes hablan de padres que se niegan a creer, de los que usan eufemismos —“Cuando pasó lo que pasó”— y de los que rompían a llorar cuando su hijo de 17 años, que en casa siempre fue el niño perfecto que no levantaba la voz y ayudaba a su madre, les contaba el camino que le llevó a un centro de reforma por un delito con arma de fuego.

Los estudios hablan de varios tipos de entornos familiares de donde salen estos chicos. Uno es el autoritario (de control y supervisión permanente), pero mucho más frecuente según los especialistas es el anómico, esto es, el que no solo es incapaz de influir en su hijo, sino que tampoco hace mucho esfuerzo por participar en su vida y, cuando surge el conflicto, lo evita. Cuando estos padres se ven desbordados, se convierten en bipolares, es decir, abrazan el control y el castigo, pero de forma momentánea, hasta que fracasan y vuelven a bajar los brazos.

Cuando la madre de Juan Carlos escuchó dónde había estado metido su hijo se culpó, cuenta García. Y en cuanto pudo, metió a su hijo en un avión de vuelta a Ecuador. Otros, sin embargo, seguirán con sus vidas, oscilando cada vez más, a medida que van cumpliendo años, entre la atracción del grupo y la del exterior: un trabajo, una novia, hijos...

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