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CRÓNICA

Hízose la luz

Las vanguardistas farolas 'Lamparaalta' distan mucho de las velas que había en las capillitas sobre los portales de las casas, durante años primer 'alumbrado' de Barcelona

Uno de los dos tederos del siglo XVI que resisten en Barcelona, a ambos lados de Santa María del Mar.
Uno de los dos tederos del siglo XVI que resisten en Barcelona, a ambos lados de Santa María del Mar.

Como papeleras colgadas a demasiada altura, en cada esquina de su puerta principal, los dos tederos que conserva la iglesia de Santa María del Mar, o los que todavía perduran en la plaza del Rey, nos remiten a una época en que las vías públicas no estaban iluminadas de noche. Y aún gracias que estas primitivas cazoletas de aros de hierro se encendían en ocasiones extraordinarias, más que nada para iluminar la fachada de los principales edificios. Después de anochecer, los pocos transeúntes que pisaban la calle lo hacían armados con sus propios medios de alumbrado. Sólo en algunas fiestas señaladas se cargaban estas parrillas con teas de pino que, una vez encendidas, permitían cierta iluminación. Durante muchos años, las únicas luces que resplandecían en las oscuras callejuelas de entonces eran las velas que se encendían en las numerosas capillitas que había sobre los portales de muchas casas.

La primera normativa sobre alumbrado nocturno data de 1599, cuando se decidió distribuir 60 tederos por toda la ciudad. Se destinó presupuesto y se contrató personal, encargado de velar por su buen funcionamiento (de esta época son los supervivientes de Santa María del Mar y de la plaza del Rey). Así se mantuvo Barcelona a media luz, hasta que el 24 de diciembre de 1752, para celebrar el aniversario del rey Fernando VI, se instalaron los primeros faroles de aceite que colgaban suspendidos de una cuerda, de lado a lado de la calle. Cada día, los faroleros municipales bajaban, encendían y subían la lámpara a la hora fijada. No queda ninguna de estas farolas, aunque se conservan algunos mecanismos de los usados para izarlas, como las poleas de hierro en calles como Llibreteria o Cardenal Casañas. En Barcelona, antigua y moderna, Avel·lí Pi i Arimon cuenta que en 1777 ya había 2.280 de estos faroles octogonales de hierro y cristal. Se ocupaba de ellos una plantilla de 60 faroleros, armados con una escalera, una alcuza y una linterna, que hacían la ronda así que anochecía.

En 1826, Josep Roure, catedrático de la Escuela de Química de Barcelona, encendió la primera luz de gas que brilló débilmente en Cataluña —en la Llotja—, donde se conserva uno de aquellos faroles pioneros acompañado de su placa conmemorativa. Pero no fue hasta la llegada del francés Charles Lebon cuando se creó la Sociedad Catalana para el Alumbrado de Gas, conocida posteriormente como la Catalana de Gas. Los dos primeros faroles de gas se encendieron en 1842, frente a Santa María del Mar y pronto en la Rambla. Con este sistema se extendió la iluminación a fábricas, escaparates y domicilios, y la ciudad nocturna se hizo habitable. Había tres modelos de lámparas, marcadamente influidas por las parisinas. Estaban las de pared, modelo Montmartre, muy presentes todavía en la ciudad, adaptadas a los modernos leds. Estaban las de globo, como las que se conservan en las calles de Ferran y Jaume I, o en Gran de Gràcia. Y las de columna, también reconvertidas al sistema eléctrico. Aunque la pieza más conocida del período del gas fueron las que todavía pueden verse en la plaza Real y en el Pla de Palau, frente a la antigua Aduana, obras de Antonio Gaudí. La sede de la compañía creada por Lebon estuvo en la central de la Mutua General, un emblemático edificio de Francesc de Paula del Villar ubicado en la intersección de la calle Balmes con la Gran Vía, junto a la Universidad.

Las calles a las que no llegaba el gas fueron alumbradas con faroles de petróleo, como recuerda un cartel cerámico en la calle Amargós, que al parecer fue la primera en disponer de ellos. Aunque la respuesta definitiva al gas fue la electricidad, que se estrenó con las pruebas del francés Renaud Germain en la plaza de Sant Jaume y en la calle Unió. En 1865, el Ayuntamiento optó por seguir con la mitad de calles iluminadas con gas y la otra mitad mediante arcos voltaicos, alimentados por la fábrica de Tomás Dalmau i Narcís Xifrà de la Rambla. En 1883, la ciudad contaba con unas 30 de estas lámparas y un año más tarde se encendió la iluminación eléctrica de la Rambla. Se puso de moda ir a visitar las del tipo Maxim del paseo Colón o las del Paseo de Gràcia de Pere Falqués, autor también de las farolas del Paseo Lluís Companys, de la Avenida Gaudí o del Cinc d’Oros. Su obra más recordada son sus fuentes-farol, diseñadas para la Exposición de 1888, como la fuente de Canaletes, cuyo modelo se repitió por la ciudad a medida que se iban incorporando nuevos barrios a Barcelona. Réplicas como la de la Rambla pueden verse en el Portal del Ángel, las plazas de Sant Agustí Vell y Sant Miquel de la Barceloneta, en la Gran Vía, las plazas de Ibiza en Horta, del Fénix en Sants, de Trilla en Gràcia o en el Paral·lel. A pesar del éxito de la electricidad, en 1905 había 711 faroles de petróleo, 13.079 de gas y sólo 228 eléctricos. El último farol de gas subsistió hasta el 16 de diciembre de 1966, en la calle Plantada de Sarrià.

El empujón definitivo para la luz eléctrica llegó de la mano de la Exposición Internacional de 1929. De aquellos años se conserva el modelo Art Déco del inicio de la Rambla que, según diseño de Josep Puig i Cadafalch, debían iluminar toda la plaza Cataluña. Pero el proyecto no cuajó y de él sólo queda esta pieza solitaria. Otro proyecto fallido fueron los semáforos-farol de la posguerra, como los que quedan en los cruces de la calle Urgell con las de Londres y Buenos Aires.

Barcelona ha mantenido diversos vestigios de la historia de su alumbrado, a la vez que incorporaba modelos nuevos como el tipo Eixample, creado en 1999 para dar uniformidad a este barrio. La elegante farola Lira o la compacta Alguer, las columnas Nicolson o Kanya, la estilizada Venus o la vanguardista Lamparaalta. Todas ellas descendientes de estos pesados armatostes de hierro forjado, que resisten impertérritos, como papeleras colocadas a demasiada altura, a ambos lados de Santa María del Mar.