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OPINIÓN

Operación diálogo

A diferencia de la negociación, dialogar solo compromete a hablar y permite jugar con los tiempos, entreteniendo al personal sin llegar a nada

Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, llega a la Delegacion del Gobierno para reunirse con Inés Arrimadas y Miquel Iceta.
Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, llega a la Delegacion del Gobierno para reunirse con Inés Arrimadas y Miquel Iceta.

Ahora toca diálogo. Después de cuatro años dando con la puerta en las narices a cualquier demanda de diálogo desde Cataluña, Rajoy pone despacho a sus ministros en la Delegación del Gobierno y les ordena que ocupen lugar en el paisaje político catalán, en una suspensión de hecho del PP catalán. En política imponer el lenguaje es tan importante como tomar decisiones concretas. Estamos pues en la fase de expansión del mensaje: dialogar. Rajoy confía en que la propagación de la palabra: a) obligue a las demás partes a aceptar un marco de juego; b) imponga paulatinamente la idea de que la negociación avanza aunque no llegue a nada; c) fuerce un cambio en los calendarios políticos antes de que se concrete en resultados.

Dialogar tiene buena reputación. Los tópicos políticos suben y bajan en la bolsa de la opinión pública, pero diálogo permanece, porque su resonancia es conciliadora. Hablando la gente se entiende. El diálogo, para ser digno de este nombre, requiere algunas condiciones: que se den los protocolos de comunicación compartidos necesarios para entenderse, sin que una parte quiera imponer sus códigos a la otra; que los interlocutores se otorguen mutuo reconocimiento, y que se actúe con la apertura mental necesaria para incorporar la palabra del otro, aceptar sus razones. Un diálogo empieza mal si las partes marcan líneas rojas antes de sentarse a hablar.

Pero la política es el reino del poder y, por tanto, de la arbitrariedad, y las líneas rojas están al orden del día porque no son función de ninguna verdad sino de las relaciones fuerzas. Por eso hablar de diálogo es equívoco cuando de lo que se trata es de negociar. La palabra diálogo embellece la negociación que siempre es más sórdida porque viene determinada por las desiguales fuerzas en presencia. El diálogo es una actitud, la negociación sólo tiene sentido si es concreta, si sirve para alcanzar resultados. Por eso se habla de operación diálogo, no de operación negociación. El diálogo no compromete a más que hablar y permite jugar con los tiempos previos, entreteniendo al personal sin llegar a nada.

Rajoy ha salvado la presidencia pero está en situación de dependencia de otras fuerzas. Antes decidía a su antojo, ahora necesita integrar a los socialistas en sus planes para Cataluña. Rajoy tiene por lo menos cuatro razones para lanzar la campaña del diálogo. Primera, el curso de los procesos judiciales contra personalidades del independentismo y el desarrollo del plan de ruta soberanista amenaza con momentos de choque y alta tensión antes del verano. El presidente confía en que la otra parte esté interesada en encontrar una salida para aplazar un calendario inviable. Segunda, cambiar el rictus de cabreo por algunas sonrisas y estar más presente en Cataluña le podría dar algunos réditos en el espacio conservador, abandonado por el nacionalismo moderado desde la crisis de Convergència, y le podría servir para quitar algunos votos a Ciudadanos, que se ha ido apagando a la sombra del PP. Tercero, el presidente piensa que ganar tiempo debilita a un independentismo catalán que tarde o temprano acabará notando la frustración de la falta de resultados. Y, cuarto, no hay convocatoria electoral a la vista, o sea que Rajoy no tiene que estar pendiente del cabreo de su electorado de la España profunda.

En manos del independentismo y de los comunes estará poner a prueba las intenciones del presidente. La avalancha mediática prodiálogo requerirá una respuesta del Gobierno catalán si no quiere encontrarse en posición de debilidad a la hora de sentarse a la mesa. El primer paso de Carles Puigdemont ha sido convocar una cumbre sobre el referéndum. Es cierto que una negociación aliviaría al independentismo, que conoce sus dificultades para cumplir su calendario. Pero es cierto también que o la negociación contiene un reconocimiento del soberanismo o es enormemente difícil de asumir por parte de Junts pel Sí.

Puede que Rajoy piense en un pacto que aísle a las fuerzas soberanistas. Pero el independentismo está ahí, sigue siendo el primer proyecto político, y cuesta imaginar la viabilidad de un acuerdo que le excluya. ¿Con qué mayoría? Los comunes nunca entrarían en este juego. De momento, estamos en la fase de ruido mediático: la operación diálogo. Y corresponde a los demás partidos evitar que el PP gane de antemano la batalla de la propaganda.