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LA CRÓNICA

Cita con los espíritus

Para retrasar mi inevitable expulsión del periodismo, tengo la tentación de volver con lo de los espíritus, por si me dictan una crónica digna de los grandes

Las manos, pendientes del dictado de los espíritus en una sesión de ouija.
Las manos, pendientes del dictado de los espíritus en una sesión de ouija.

La decepción se filtró por su rostro. Lo noté. Podría reconstruirse mi vida a base de la concatenación de desilusiones que provoqué, que aún causo, entre las mujeres: un festival, pero ahora no toca. Como todas, tenía razón: el alumno que había ganado el concurso de redacción (clase flojita, ciertamente) que ella misma había organizado como profesora de Lengua y del que pagaba también el premio (un libro, a elegir en una librería) le decía que con él iba a adquirir (¿Bécquer? ¿Salinas?, ¿quizá el estructuralista Jakobson?, parecía esperar ella con sus ojos)… el rabioso informe ¡por fin desclasificado! del gobierno de EEUU sobre los OVNI. Entiéndanme: tenía 15 años y estaba desorientado, atraído por ella y dubitativo ante las prácticas del grupo que nos reuníamos para convocar a unos espíritus y que nos contaran, vaso de Duralex mediante, a través de un pedestre alfabeto que dibujamos en una cartulina.

Requerido en un aparte por el compañero médium a las pocas sesiones en las que interrogábamos al silencio más absoluto e inmóvil sobre el continente perdido de Mu, la Atlántida o las pistas de Nazca, fui expulsado raudo de aquella santa compaña por desafecto a la causa y saboteador. Nada más lejos. Quizá escéptico, sí, pero nunca el que golpeaba traidoramente debajo de la mesa o deslizaba con fuerza hacia el deletreo de la reveladora palabra “mierda”, “puta” o “tu padre”, como solía ocurrir tras la pregunta invocadora. No por nada. No digamos miedo, dejémoslo en respeto a lo desconocido. Como siempre, en la trastienda está la infancia: el imborrable ágape frugal del mortuòrum (escudella, carn d’olla y carne de lana o puerco, pero nunca de pluma, tenida por irreverente) por el alma de un tío difunto. En el atrezo, el crucifijo, las velas, el cura y el comedor oscuro como el carbón.

De todo aquello quedó, seis años después y por insistencia de una novia que mutó a fundamentalista del más allá tras la muerte de un familiar, una visita a rastras a una tiradora del Tarot. Juro que no recuerdo qué me predijo, ergo no sé si acertó. Pero sí ha resistido un pulso conmigo mismo que pierdo cada fin de semana: el horóscopo. Si lo leo, lo acabo haciendo realidad: traduzco todo lo que me ocurre en clave zodiacal.

Para retrasar mi inevitable expulsión del periodismo, tengo la tentación de volver con lo de los espíritus, por si me dictan una crónica digna de los grandes. Perdón: un tuit ingenioso que lo pete. El capítulo XV, ítem 183, de El libro de los médium, de Allan Kardec, referencia obligada en la materia, recoge: “’¿Cuál es la causa primera de la inspiración?’. A lo que responden los espíritus: ‘Espíritu que se comunica con el pensamiento’”. José Zorrilla estaba persuadido de que sus leyendas fantásticas venían marcadas por el fantasmal caballo blanco con jinete de gigantesca cabeza que le rozó una piernecita colgante, pero que sólo él vio de niño sentado en el balcón.

Charlas con el más allá

Nathaniel Hawthorne (La letra escarlata) decía que debía su sapiencia literaria a los consejos del reverendo Harris, al que saludaba en la biblioteca Atheneum sin caer, como le hicieron notar, con mucho tiento, sus piadosos amigos, que el clérigo llevaba años muerto.

El espíritu de Dante tuvo que manifestarse a su hijo Jacopo para indicarle dónde estaban los 13 cantos de la Divina Comedia que él y su hermano Pietro no hallaban y que, cegados por el dinero, estaban dispuestos a escribirlos ellos mismos. Arthur Conan Doyle, que tenía más de dos millares de libros sobre el tema, acabó casándose con una médium, Jean Leckie, que le montaba las francachelas espiritistas en casa y que acabaron con su amistad con Houdini tras una dudosísima charla con el espíritu de la madre del mago.

Victor Hugo tuvo más suerte: el espíritu de Shakespeare le dictó casi un drama entero. También conversó con los de la Muerte, Galileo y Jesucristo. Lo recogió en Lo que dicen las mesas parlantes. Conversaciones con los espíritus en la isla de Jersey, título inquietante con el que debuta la prometedora (estética elegante; primeros títulos de Dario, Russel y Loti…) editorial WunderKammer. Resumiendo: incapaz, diez años después, de olvidar la muerte de su hija Leopoldine, ahogada en el Sena, una amiga convence al en principio reticente escritor para introducirlo en las veladas espiritistas. En una mesa circular de tres patas, acompañado de esa amiga, su esposa y su ciclotímico hijo mayor Charles, arrancan. Victor Hugo toma notas como un poseso en cuatro cuadernos rojos. Sólo se han hallado dos. El que recoge WunderKammer va del 3 de febrero al 24 de mayo de 1854.

Las sesiones de Victor Hugo me retrotraen a la adolescencia (escepticismo pespunteado de tentaciones humorísticas, pero al final distancia respetuosa, no-sea-caso-que...). Muy british, Shakespeare, por ejemplo, les da cita con día y hora; en otra, la Muerte está cansada, no desea seguir la sesión y les convoca para seis días después con otros tantos golpes… Galileo asoma para aclarar debilidades de fe del escritor sobre la cosmogonía de las mesas parlantes. A Victor Hugo le cuesta entender tanta frase críptica (“el mundo sublime no quiere volverse exacto”, lo justifica) y cuando pregunta a la parca si conoce unos versos suyos aquella le contesta, tajante: “No”. La misma respuesta le da Jesucristo. El ritmo también depende del indolente médium Charles: la mesa balbucea si no está…

En fin, no sé qué pensar. Esta debía ser una crónica sobre mi asistencia a una sesión de espiritismo, pero estoy cerca del tercer decanato y parece que no puedo desafiar a la suerte ni provocar a la realidad porque podría acabar herido. Mejor andar con precaución. O eso decía mi horóscopo…