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Un monumento al abuelo

En 'Avui no sopem' Jordi Sánchez y Pep Anton Gómez demuestran que en la coautoría como comediógrafos han encontrado un espacio creativo que compartir

Jordi Sánchez y Pep Anton Gómez son una sólida pareja artística. Aunque llevan muchos años coincidiendo en proyectos comunes, han encontrado en la coautoría como comediógrafos un espacio creativo que compartir. Cuatro estrenos consecutivos llevan su doble firma. ¿Cuál es su sello? Algo parecido al costumbrismo como lo entendían en el cine Berlanga y Azcona. La vida: ese mal chiste de humor negro. Un tenebrismo cómico que quizá con el tiempo ha perdido intensidad, como la ropa de tinte oscuro que blanquea después de varios lavados.

En Avui no sopem –la obra que ahora presentan en el Condal– todavía hay suficiente lija dramática para impedir que la trama y sus personajes se deslicen hacia la suavidad de lo previsible y acomodaticio. Ese elemento acre está concentrado en el personaje que interpreta con magnífica veteranía Jordi Banacolocha: empresario jubilado, marido, padre de dos hijos, abuelo de dos nietos, con su propia visión de cómo encarar el último episodio de su vida con suficiente autonomía para hacer lo que le plazca sin contar con hijos ni nietos. Un hombre consciente de la caducidad biológica y que prefiere encarar ese horizonte sin innecesarias cargas. Evidentemente, se lo pondrán difícil con esas diferencias de opinión sobre qué es lo más conveniente para el bien común de la familia que amargan cualquier sobremesa.

Avui no sopem

De Pep Anton Gómez y Jordi Sánchez. Dirección: Pep Antón Gómez. Intérpretes: David Bagès, Jordi Banacolocha, Susanna Garachana, Maife Gil y Mercè Martínez. Teatre Condal, 8 de septiembre.

Él –guiado por los autores– será el que redima esta comedia con un final sin conclusiones, sin reconciliación, sin un consejo de buen padre que todo lo perdona. Es en esta última frase que no llega cuando se entrevé la fuerza corrosiva que podría tener esta comedia que se conforma con raer la amabilidad como hacen los franceses en títulos como Tanguy, ¿qué hacemos con el niño?, que en esta versión sobre la tercera edad podría ser: ¿qué hacemos con el abuelo…. para quedarnos con la pasta?.

Además, los autores –para enorme satisfacción y alegría del público de más de 60 años– toman posición y no dejan ni un atisbo de dudas sobre el bando generacional que defienden, con el papel de mala de la película adjudicado desde su primera escena a la fenicia nuera con madera de madrastra de Disney. Un pesado fardo para Susanna Garachana consciente de que todo en su actuación –desde el chirriante tono de la voz– está al servicio de cavar esta trinchera. Toda la naturalidad que exhiben Banacolocha y Maife Gil –otra serena presencia escénica como madre, esposa y abuela que busca la paz y el consenso haciéndose casi invisible hasta que le tocan la fibra– se torna correcto trazo simplificado en David Bagès (el hijo recasado), Mercè Martínez (la hija parásita) y la propia Garachana. Aunque hay que reconocer que es difícil ir más allá en las interpretaciones cuando su misión dramática es levantar un monumento a la tercera edad.