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OPINIÓN

Democratizar la UE

La oligarquía europea se sustenta en el funcionamiento antidemocrático de la UE y sabe que la mejor fórmula para preservarlo es mantenerla como una entidad lejana y tecnocrática

Son muchos los que han denunciado la falta de democracia interna de la Unión Europea (UE). Reportajes periodísticos, artículos de opinión, declaraciones de políticos y de analistas, informes y libros académicos han evidenciado desde múltiples perspectivas los problemas de funcionamiento democrático de las instituciones europeas. Uno de los estudios más recientes es el excelente libro de Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat sobre El déficit democrático europeo, donde se desgranan, con el rigor y exhaustividad que caracterizan al autor, las dimensiones teóricas y prácticas que explican las carencias institucionales, procedimentales y sociales de la UE.

Si bien no existe una definición unánime entre los especialistas sobre qué es el déficit democrático de la UE (algunos incluso afirman que no se puede razonar en términos de democracia como si fuera un Estado), Rodríguez-Aguilera detecta cuatro grandes ámbitos con deficiencias democráticas: el institucional (ausencia de división de poderes y órganos ejecutivos con un peso excesivo), el competencial (ampliación constante y confusa de competencias sin compensarla con mayores garantías democráticas), el procedimental (procesos formales, conocidos y secundarios versus informales, opacos y decisivos) y el social (nula capacidad social para incidir en las decisiones).

Un efecto buscado de los que promueven la mala calidad democrática es poder tomar decisiones importantes en el seno de la UE, pero manteniendo la máxima distancia entre las instituciones europeas y los ciudadanos de los Estados miembros. Las encuestas muestran esta lejanía, que se traduce en un débil sentimiento europeísta y en una desconfianza hacia las instituciones comunitarias. En España (CIS, junio de 2014), entre el 46% y el 49% de los españoles se sienten muy identificados (con un 10 de una escala de 0 a 10) con el pueblo o la ciudad donde viven, con su comunidad autónoma o con España, y solo un 17% se sienten igual de identificados con Europa. En Cataluña, el grado de confianza que merece la UE es de un 4,39 sobre 10, y el 40% de los catalanes no confía en ella (CEO, junio de 2015). Por otro lado, de los diferentes tipos de elecciones, las del Parlamento Europeo siguen siendo, a muchísima distancia, las que se consideran menos importantes.

La oligarquía europea se sustenta en el funcionamiento antidemocrático de la UE y sabe que la mejor fórmula para preservarlo es mantenerla como una entidad lejana, tecnocrática y despolitizada. Por contra, un buen método para su democratización sería politizar sus decisiones, vincularlas a las preferencias de los electores y evitar que un presidente de la Comisión Europea, como Jean-Claude Juncker, se muestre como un oligarca obcecado y afirme que “no puede haber decisiones democráticas contra los tratados europeos”.

En definitiva, se requiere más confrontación de ideas y menos lógicas estatistas, más pluralismo y menos poderes de veto, más Parlamento Europeo y menos troika, más legitimidad popular y menos legitimidad lobística, más demos y menos élites, más transparencia y menos intrigas. El problema es que estamos ante un artefacto institucional que se ha convertido en la gran coartada para que los Estados miembros, apelando a la “adversidad” de Bruselas, puedan imponer políticas impopulares. Ni los Estados ni los grandes partidos políticos europeos (el Partido Popular Europeo y el Partido de los Socialistas Europeos) están interesados en democratizar la UE.

Una reforma democrática en profundidad debe ser popular, incluso revolucionaria, e ir acompañada de grandes manifestaciones que reivindiquen quebrantar una arquitectura institucional irracional, desobedecer los destructivos programas de austeridad y rebelarse contra la perversa capacidad de derrocar gobiernos elegidos democráticamente. Hay que formular propuestas atrevidas para refundar una Unión Europea respetuosa con los valores democráticos, que permitan movilizar a ciudadanos críticos, euroescépticos y desafectos. Para ello, antes es preciso construir y consolidar una conciencia popular europeísta dispuesta a reconocer la trascendencia política de la Unión Europea, a cambiar radicalmente su modo de funcionamiento y a abandonar actitudes despreocupadas y permisivas.

Algo se mueve en Europa. Varios políticos europeos que conocen muy bien el funcionamiento de las instituciones comunitarias, entre ellos el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, se han mostrado dispuestos a organizar y promover un gran movimiento colectivo de ruptura que vaya más allá de los partidos, que sea capaz de revertir la dinámica política europea y, como apunta el profesor Rodríguez-Aguilera, de evitar que la UE se siga "desviando de lo mejor de su tradición histórica basada en la democracia avanzada y la justicia social".

Jordi Matas Dalmases es catedrático de Ciencia Política de la UB