Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

La deuda con Pinazo

Los valencianos se reencuentran con el pintor de Godella en su centenario

Cuadro 'Últimos momentos del rey don Jaime el Conquistador en el acto de entregar su espada a su hijo don Pedro', de Pinazo. Ampliar foto
Cuadro 'Últimos momentos del rey don Jaime el Conquistador en el acto de entregar su espada a su hijo don Pedro', de Pinazo.

Se ha escrito que para Pinazo su Godella fue como el Tahití para Gauguin. Una inspiración, también un descanso, un refugio. Una sucesión inagotable de escenas sencillas a su alrededor que prendían vigorosas ante la mirada del pintor.

Allí en Godella estas últimas semanas se han celebrado varias cenas pequeñas para presentar ante ojos sensibles el Centenario Pinazo, certificando que el próximo año hace 100 que falleció. En las veladas algunas frases apuntaron que él era de ese tipo de valencianos tan ilustres que pudiendo elegir caminos muy pomposos deciden encumbrarse a su tierra, desde su tierra.

Tras regresar de una Roma cautiva a su pincel, vio entre los suyos una fuente inagotable de asombro en una Valencia que era centro clave en la evolución de la pintura española. Estamos en la segunda mitad del siglo XIX. Una serie de artistas nacidos entre 1840-1850 daban un impulso hercúleo al arte valenciano, creando un terreno más fértil cuyos frutos recogerían las generaciones siguientes (y entre ellos, Sorolla).

Pinazo, constantemente subido a la innovación, era en contexto una figura excepcional. El padre de la modernidad valenciana, y no pasa nada por enunciar tan rotundo porque su legado testifica por él. Una personalidad compleja y contradictoria con una obra rica en matices y registros. Ahora que su memoria renace —porque se aproxima su centenario, porque los valencianos le deben mucha honra pendiente, pero también porque Valencia está receptiva a reconciliarse con sus iconos culturales—, ahora se intenta resumir su aportación para volver a introducirlo. Pero es complicado. Su creación es un diálogo tanto con los representantes de la gran tradición como con los coetáneos más modernos. Un pintor naturalista más allá del impresionismo, lo hemos definido en alguna ocasión.

Aunque se puede considerar como uno de los primeros impresionistas hispanos, junto a Regoyos y Beruete, su aportación adquiere significado no sólo por esta perspectiva sino por el conjunto de una creación de gran intensidad emotiva. Fue un hombre curioso e inquieto, un espíritu analítico, un prototipo de artista moderno que reflexiona sobre el sentido del arte y la vida. El prototipo de artista valenciano de origen muy humilde que se revuelve a base de voluntad y esfuerzo hasta la máxima consagración. Sólo un detalle: cuando recibió la Medalla de Oro en la Exposición Nacional de Madrid las tracas resonaron en Valencia como un triunfo colosal. A su muerte miles de ciudadanos salieron a la calle a darle el último adiós.

Pinazo escribió una crónica plástica de la vida valenciana como nadie lo había hecho hasta entonces, de una manera sutil y exquisita a la vez que sintética.

El impresionismo es el lenguaje moderno que mejor se adapta a su voluntad de atrapar el fluir de la vida y el movimiento. Pero se trata de un impresionismo pinaciano, intuitivo y personal, que en ocasiones desarrolla la narración valiéndose de unas pinceladas más caligráficas y gestuales al modo oriental.

¿Cómo encasillarlo? A la vez maestro de la instantánea y a la vez un creador concienzudo que reelabora a fondo sus composiciones. Sus retratos son documentos biográficos de fuerte hondura psicológica. Es uno de los grandes retratistas europeos y en este campo no hay ningún otro creador valenciano que lo supere. En la percepción decididamente moderna del paisaje de la huerta, fue indiscutible el protagonismo de Ignacio Pinazo, también pionero en la plasmación del paisaje de la playa bastante antes de que Sorolla transitara por ella buscando inspiración para sus óleos luminosos.

La vida campesina, esa huerta, lo atrapan sin remisión. Allí Pinazo, sobre la tierra. Observaba agudo. En sus obras sobre la huerta se refleja el vitalismo, pero también su sarcasmo, esteticismo y melancolía. Su manera de darle relevancia a lo que es propio y natural.

Y está Godella, de la que Pinazo hace un relato del día a día, que él observa desde la proximidad y la distancia, en detalle y en grupo, agazapado como el cazador esperando el momento oportuno para disparar o registrar la acción en su cuaderno de notas o en las pequeñas tablas en las que condensa múltiples experiencias visuales.

Reivindicar a Pinazo lleva por automatismo a reivindicar la modernidad valenciana, donde habitan las mejores virtudes propias.

Una cuestión de Familia

Vicent Molins

La publicación valenciana Pensat i Fet quiso preguntarle en 1914 a Ignacio Pinazo qué pensaba hacer el año siguiente, cuáles eran sus planes. Pinazo contestó claro: “Pienso morirme, así resolvería algo que tengo pendiente desde que nací”. Aplazó el desenlace un año más.

Un enfisema pulmonar se lo llevó por delante tras una vida fumadora. “Se escondía en el estudio para fumar, a escondidas de su esposa Teresa”, comentan ahora sus bisnietos. “Cuando sufría un ataque de insuficiencia respiratoria recurría a su lápiz. Muchísimos dibujos y escritos acreditan por su grafía la dureza del momento”.

Desde entonces la familia, siempre la familia, se ha conjurado con un propósito inaplazable: conservar el legado. La punta del iceberg es la Casa Museo Pinazo, en Godella, un cajetín de sorpresas. Hoy acceder a esa vivienda es lo más parecido a ver el fiel reflejo de la Valencia transitando entre el XIX y el XX. Pinazo parece seguir por allí. José Ignacio y José Eugenio son los bisnietos encargados de mantener esta bandera en todo lo alto en un lugar donde los imprevistos siguen apareciendo.

Como cuando la restauradora Asun Tena trabajaba con la Mujer dormida y encontró que la pintura de la dama podría estar escondiendo en realidad el relato pictórico de un crimen pasional en el carnaval de Valencia. “¿Fue esa historia la que llamó la atención del artista?”, se preguntan los Casar Pinazo, sus descendientes. “Si pudiéramos hablar con él también nos gustaría averiguar por qué en una ocasión utiliza determinados recursos pictóricos y en otra, a priori parecida, recurre a otros”.

La devoción del hijo Ignacio por su padre, tan intensa que donó a la Real Academia de Bellas Artes la mayor parte de la colección Pinazo para que se difundiera entre la sociedad. De la nieta Esperanza, congeniada con los Tomás Llorens y Andreu Alfaro para incorporar su memoria modernista al IVAM.

Y ahora los bisnietos, desde la familia, como siempre, afrontan el nuevo reto: “queremos contar con una gran aceptación social de los valores de su pintura. Por y para ello llevamos luchando ya tres generaciones apostando por la exhibición pública de su obra”.