MERCÈ 2015

Jarana cervecera

Crystal Fighters pusieron en danza a una muchedumbre entregada en la fábrica Damm

Crystal Fighters, ayer en la antigua fábrica Damm, en Barcelona.
Crystal Fighters, ayer en la antigua fábrica Damm, en Barcelona.JUAN BARBOSA

Un acierto. No hay música más cervecera, sonido que invite más a la jarana y al desparrame al por mayor que la del Crystal Fighters. El grupo inglés, con su patibulario aspecto de hippies 2.0 sobre un escenario decorado con motivos vegetales, organizaron una fiesta de tomo y lomo junto a la multitud que se concentró frente a la antigua fábrica Damm, por obra y gracia del patrocinio convertida en epicentro del BAM. Con las calles atestadas de público mayormente joven — se hubo que cortar el tráfico de la calle Dos de Maig con Rosselló —y la cerveza a precios populares, la fiesta no tuvo freno. Antes, Senior i el Cor Brutal se hicieron un hueco en el corazoncito de quienes pudieron escuchar su música, parcialmente oscurecida por conversaciones mil. La fiesta es así, música y ruido. Jarana.

La víspera, primera noche de BAM, tuvo un color menos cervecero, más crispado, distorsionado y agresivo. Por eso fue un pequeño engaño, delicioso engaño, la actuación de Beach Beach, grupo mallorquín que comenzó el BAM. Pop clásico de guitarras limpias, punteos no sepultados en distorsión y melodías evocadoras. A ello se sumó que para ellos tocar en el BAM tenía un sentido especial: hacerlo en unas fiestas patronales que no solo se resuelven con el sota, caballo y rey de los figurones que actúan en otras ciudades. Por ejemplo Da Bang, grupo de Pekín, no parece que tendría cabida en otras fiestas que no fuesen las de Barcelona. Bien es cierto que ateniéndose a su sonido, rock y funk con cierta intención bailable, podría ser de ¿New Havent?, ¿Athens?, ¿Birmingham?...pero ahí estaban esos ojos rasgados para sacar al despistado del error. Correctos sin más, pusieron la nota exótica del cartel. De vuelta a casa Mourn, grupo de mayoría femenina de Cabrils, evidenció que cada día suenan mejor, que su rock con raíces en los grupos de los noventa es más personal y que el escenario ya no resulta un lugar hostil en el que morirse de nervios —sus componentes están en plena post-adolescencia—. El público lo reconoció reuniéndose en gran cantidad frente a su escenario de la plaza Joan Coromines, ahora con una hierba que hace olvidar la tierra polvorienta de antaño.

El grupo surcoreano

Pero volviendo al exotismo, la palma se la llevaron Jambinai, un grupo surcoreano que hace una especie de rock y hardcore mezclando instrumentos tradicionales —gayageum (cuerda), haegum (especie de violín) y danso (flauta)— con los convencionales del rock. Causaron tanta sensación, particularmente con el gayaegum, una caja de resonancia plana y alargada con doce cuerdas de seda que se toca con el cordaje paralelo al suelo, que por el momento se olvidó que interpretaban rock tenso con arranques hardcore separados por paisajes evocativos pautados por el haegum, una suerte de violín de origen chino similar al shamisen, que también se toca apoyado verticalmente. A esa hora la fiesta ya había avanzado lo suficiente como para que algunos, siempre ellos, bailasen hasta con los interludios. Claramente, estos bailarines ya estaban en su paraíso y tanto daba arre que so.

Las dos últimas propuestas fueron Loop, el grupo más veterano de la noche, de hecho reunificado tras años de silencio, que como su nombre indica aplicaba en bucle ritmos sencillos con la potencia de una prensa mecánica, guitarras en distorsión y no especial velocidad sino acentuando más la intensidad y Metz, una banda joven ruidista y revivalista con el retrovisor en los noventa. Noche intensa en la que pareció no darse una especial presión comercial de los lateros, que en su versión “coctelería Boadas” preparaban sus mejunjes en una esquina lóbrega dominada por el olor a orines.

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