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El triunfo de la vocalidad

La temporada de ópera española arranca en A Coruña con ‘Il trovatore’

Cornetti y Kunde, en la Ópera de A Coruña.
Cornetti y Kunde, en la Ópera de A Coruña.

La segunda Temporada Lírica de la Orquesta Sinfónica de Galicia y Amigos de la Ópera de A Coruña ha dado comienzo con el gran éxito alcanzado por una producción propia de la ópera de Verdi Il trovatore. Un gran éxito bien merecido, sin ninguna duda, logrado de forma muy destacada por la parte vocal del espectáculo.

Dice la tradición -y da igual que fuera Caruso o Toscanini el autor de la frase- que para lograr un buen Trovatore “solo” se necesitan los cuatro mejores solistas del mundo. El reparto del palacio de la Ópera de A Coruña se asemejó a la novela de Dumas en la que los personajes de Los tres mosqueteros son cuatro. Y así, al Manrico de Gregory Kunde, tenor; a la Leonora de Angela Meade, soprano; al Conde Luna de Juan Jesús Rodríguez, barítono, y a la enorme Azucena de Marianne Cornetti, mezzosoprano, se unió el bajo Dmitri Ulyanov, con un Ferrando a la soberbia altura de sus cuatro compañeros de reparto. Una calidad vocal digna de cualquiera de los mejores escenarios operísticos del mundo.

El Manrico de Kunde fue soberbio vocalmente y realmente digno en lo dramático. Junto a él, las mayores ovaciones se las llevó por mérito propio Marianne Cornetti, cuya Azucena tuvo una vocalidad de generosísimo fraseo y una gestualidad facial y corporal llenas de fuerza dramática. La Leonora de Meade tuvo cantidad de matices vocales (preciosos sus filati) algo lastrados por un vibrato bastante incómodo en los forte y esa técnica tan norteamericana de subir con un cierto portamento.

Juan José Rodríguez es uno de los barítonos actuales más valorados en el repertorio verdiano. Su Conde Luna mostró lo justo de esa valoración por calidad de voz y credibilidad vocal y dramática de un personaje al que dota de una personalidad adecuadísimamente odiosa. Queda arriba dicho cómo la excelente actuación de Dmitri Ulyanov convirtió en coprotagonista a su Ferrando, curiosamente convertido por obra de la dirección escénica en monje-soldado.

La ductilidad de la OSG le hizo ser una vez más una excelente orquesta de foso, con su empastado sonido, y una gran flexibilidad rítmica y dinámica, a las órdenes de Keri-Lynn Wilson. En su tercera ópera en A Coruña tras sus Nabucco y Attila, la directora canadiense mostró una buena sensibilidad como acompañante y sus buenas dotes de concertación.

Esta cualidad fue especialmente trabajada con el Coro Gaos. Este tiene un timbre agradable, aunque no especialmente brillante, y muestra una afinación más que correcta. Logró un buen ajuste rítmico en sus intervenciones, agradeciendo esa quietud que dan los “cuadros” escénicos estáticos y que tanto se prodigó en la regie de Mario Pontiggia.

Lo más destacado de la escenografía del director argentino es una escalinata que ocupa a lo ancho la mayor parte del escenario y toda una gran serie de paralelepípedos distribuidos como pilares u horizontalmente. También, curiosamente, en el campamento gitano del segundo acto. Estos últimos elementos van creciendo en número a lo largo de la función en una especie de horror vacui escénico. Su distribución eso sí, dificulta los movimientos escénicos con notable simetría. El vestuario, correcto y la iluminación de una discreción superior a su aporte dramático.