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OPINIÓN

Guerra de posiciones

Algunos dirigentes de la derecha han mostrado desconcierto vital ante la derrota electoral y han reaccionado con ideas trasnochadas y referencias a la guerra civil

Después de las elecciones municipales y autonómicas del 24-M podemos hacer muchas lecturas de los resultados y de las posibles alianzas para gobernar. Es importante resaltar el éxito de las coaliciones de partidos de izquierda, colectivos sociales e independientes que han conseguido derrotar a las fuerzas conservadoras y de derechas que señoreaban por todo el país. Una de las muchas conclusiones que se pueden extraer de las grandes victorias de Barcelona en Comú y de Ahora Madrid ha sido que su voto, mayoritariamente, ha salido de los distritos populares, de los barrios donde más se han cebado las políticas de austeridad de la derecha.

En Madrid, la candidatura de Manuela Carmena ha ganado en todos los distritos del sur (La Latina, Carabanchel, Puente Vallecas, Moratalaz, Villaverde, Vicálvaro, Lavapiés, Vila de Vallecas), mientras el norte ha sido para el PP (Salamanca, Fuencarral, Moncloa, Chamartín). En los primeros, la esperanza de vida es entre dos y tres años inferior a los segundos. En estos mismos barrios la participación ha aumentado entre tres y cinco puntos. Vemos que hay una estrecha relación entre las propuestas de la izquierda de lucha contra las desigualdades y contra la corrupción y la respuesta en votos y participación de la ciudadanía de estos barrios, harta de políticas duras de la derecha y tibias de la socialdemocracia.

En Barcelona ha pasado algo parecido. Barcelona en Comú se ha impuesto en los barrios obreros (Trinitat Vella, Nou Barris, Sant Andreu, Horta-Guinardó, Raval) donde ha habido un aumento importante de la participación, lo que demuestra que las propuestas de izquierdas han cuajado en unos barrios empobrecidos por las políticas de austeridad de Mas y de los muleteros de ERC. En los barrios pudientes (Pedralbes, Sarrià-Sant Gervasi, Les Corts, Gràcia) la victoria ha sido de CiU, seguido de cerca por Ciutadans y el PP.

La victoria de la izquierda se ha extendido, no sólo, en Madrid o Barcelona, sino también en Valencia con Compromís, o en Galicia con la Marea Atlántica

Pero en Barcelona, a diferencia de Madrid, hay un elemento distorsionador de esta lucha entre izquierda y derecha, que es el nacionalismo independentista. Vemos cómo los teóricos izquierdistas de la CUP no obtienen casi ningún voto en los barrios populares y en cambio tienen buenos resultados en barrios de clase media y de profesiones liberales (Vallvidrera, Sants, Gràcia, Eixample, Les Planes). En estas zonas parece que la lucha contra la crisis pasa a un segundo término y prefieren priorizar propuestas que nada tienen que ver con la batalla contra la destrucción del Estado del bienestar. Será que las generaciones jóvenes de los padres convergentes apuestan por soluciones que se sitúan fuera de la realidad cotidiana, envueltos en una especie de halo místico ideológico, a la espera que vuelvan al redil nacional tranquilizador una vez crezcan.

La victoria de la izquierda se ha extendido, no sólo, en Madrid o Barcelona, sino también en Valencia con Compromís, o en Galicia con la Marea Atlántica y en otras ciudades españolas y catalanas. Al mismo tiempo ha arreciado la respuesta trasnochada y guerracivilista de la derecha. Las declaraciones de algunos representantes de la derecha han mostrado un desconcierto vital ante la derrota electoral. Los soviets sacados a colación por Aguirre, la amenaza de que Barcelona perderá negocios y oportunidades si gobierna Ada Colau <TB>que han esgrimido Trias, Mas y Vila, o la alusión de la regidora valenciana del PP a la reacción revolucionaria de otoño de 1936, con violaciones de monjas y otras algarabías, demuestran que en este país los odios de clase no han desaparecido. A cada victoria de la izquierda no socialdemócrata reaparecen los monstruos del franquismo de la España roja y comunista que ha de romper el alma cristiana, monárquica y unitaria de los españoles.

Con la victoria de la izquierda nada se ha ganado definitivamente. Se ha dado un paso adelante para conseguir la comunión entre las propuestas, aún tímidas, de la izquierda y las respuestas de la ciudadanía de los barrios populares donde más ha perjudicado la crisis. Como diría Gramsci, “es una guerra de posiciones” donde es necesario el cambio cultural de los obreros, las personas en paro, los estudiantes, las personas inmigradas, la gente docente que rechaza la corrupción, los amantes de la cultura, los ecologistas, los empleados público para confluir con los partidos políticos de izquierda y las organizaciones sociales que luchan en la calle para superar el capitalismo depredador y empezar a soñar en utopías cotidianas que nos acerquen a una sociedad más justa e igualitaria.

Ante esta ilusión, no perdamos el tiempo, la fuerza y la energía transformadora de nuestra sociedad en Ítacas veladoras del sufrimiento real.

Joan Boada Masoliver es profesor de Historia