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Reencuentro apasionado

Tras varios años de ausencia, regresó Pablo Milanés, cantó y triunfó por todo lo alto

Pablo Milanés, durante el concierto en Barcelona.
Pablo Milanés, durante el concierto en Barcelona.

No podía ser de otra manera. Tras varios años de ausencia, regresó Pablo (en cosas de canción castellanohablante lo de Milanés ya sobra), cantó y triunfó por todo lo alto. En realidad, triunfó ya antes de cantar porque la ovación que le recibió al aparecer en el escenario con su parsimonioso andar habitual fue de las importantes, de las que ya marcan el espectáculo que vendrá después y dejan constancia de que la relación del artista con el público va mucho más allá del puro acto musical.

Una magnífica entrada (para los tiempos que corren) en la Auditori y un público apasionado, totalmente entregado, en el que se mezclaban acentos cubano y catalán, edades y procedencias. Una amalgama social de viejas y nuevas militancias rendida a los pies del trovador cubano que supo mezclar con habilidad la crítica y actualidad sociales con esas esas rendiciones de amor y desamor que tan bien sabe compartir.

PABLO MILANÉS

FESTIVAL DEL MIL.LENNI
Pablo Milanés
Auditori, 10 de marzo.

Comenzó con alguna de las canciones de su reciente disco Renacimiento, del recuerdo de la legalización del Partido Comunista español al amor otoñal. Un amor otoñal que se convirtió en uno de los mejores y más profundos momentos de la noche. A partir de ahí las viejas canciones fueron entremezclándose demostrando que todavía siguen clavadas en la memoria colectiva. Y el público coreó alguna estrofa y el mismo Pablo dejó los silencios necesarios para que el público pudiera hacerlo, comunión total.

A sus 72 años Pablo conserva todas sus habilidades vocales prácticamente intactas, sobre todo esa capacidad para ir elevando las frases hasta que se clavan en la sensibilidad del oyente. Sentado durante todo el concierto, con la mirada fija en un atril y sin utilizar en ningún momento la guitarra, el cubano recurrió a diferentes ritmos de su tierra modificados con aires de jazz contemporáneo y concluyó con una explosión de ritmo y color recuperando el ya clásico Amo esta isla que puso en movimiento a toda la sala aunque nadie se atrevió a salir a bailar (la seriedad del entorno imponía). El despliegue instrumental, seis soberbios músicos le secundaban, acabó imponiendo su ley y fue la gran baza de la recta final aunque en otros momentos había sido un lastre para algunas canciones que excesivamente ornamentadas instrumentalmente perdían parte de su poesía. A pesar de que no siempre el envoltorio musical fuese el idóneo temas como Yolanda volvieron a dejar clara su eterna vigencia y el público abandonó el Auditori con el entusiasmo flotando en el ambiente.