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Rosa Novell, se apaga la llama de una actriz luchadora

La intérprete, que tuvo el coraje de volver al escenario ciega, fallece por un cáncer a los 61 años

La actriz Rosa Novell en noviembre pasado.
La actriz Rosa Novell en noviembre pasado.

Tras meses de dar prueba de un coraje inaudito, Rosa Novell no ha podido más. La actriz que tuvo el valor de subir al escenario pese a haberse quedado ciega ha acabado perdiendo su batalla contra el cáncer. No por esperada, la noticia deja de ser más triste. Novell (Barcelona, 1953), una de las actrices más apreciadas y carismáticas del teatro catalán y pareja del escritor Eduardo Mendoza, falleció ayer en Barcelona. El funeral tendrá lugar mañana en el tanatorio de Sant Gervasi de la capital catalana, a las 14 horas.

Intérprete con una larga trayectoria a sus espaldas, forjada en los años del teatro independiente, gran y encantadora diva, maravillosa persona, Novell protagonizó el episodio más conmovedor de su carrera al decidir actuar el año pasado ciega en el espectáculo L’última trobada, de Abel Folk, adaptación escénica de la novela de Sándor Márai. La ceguera era consecuencia del tumor de pulmón que padecía, detectado en mayo de 2013, y que ha acabado por arrebatarle la vida.

Novell actuó en todas las representaciones de la obra en el teatro Romea desde su estreno. Lo hacía ayudada para entrar y salir de escena y mostrando una dignidad y una profesionalidad ejemplares. Así lo reconocieron público y profesión con sus aplausos y su respeto y premios como el Butaca Honorífica Anna Lizarán “por su trayectoria y valentía”, que ella misma recogió. Ahí, desde un escenario, cómo no, aseguró: “Ahora soy otra Rosa, pero os aviso: a mí no me sacaréis de aquí”.

La escena catalana, ya sacudida por la muerte de Lizarán, pierde a otra reina

La manera en que Novell explicaba el progreso de su enfermedad y cómo la enfrentaba no podía dejar impávido a nadie. Asumió su ceguera conjurando el miedo y la obligada desvalidez —ella, que amaba tanto su independencia— con una valentía estremecedora. Retó a la enfermedad y a la pérdida de la visión (que le arrebató sus amados libros) con el carácter que siempre la definió: valiente, valiente, fuerte y querida Rosa.

Cuando, a punto de salir a escena ciega, dejaba que le tomaras la mano para sentir tu presencia y apoyarse, era ella la que transmitía fuerza, pasión por su trabajo, y amor a la vida. Imposible no evocar ese contacto sin sentirse al borde de las lágrimas.

Novell era una mujer de carácter. Licenciada en Filología, había estudiado en el Institut del Teatre. En 1974, con 21 años, debutó nada menos que con Las troyanas de Eurípides. Y ya no abandonaría el teatro de texto y los papeles femeninos de marcado coraje y personalidad. Ahí estarían la Fedra de Racine, la reina egipcia de Marc Antoni i Cleopatra (1980) o La marquesa Rosalinda de Valle-Inclán, que interpretó en 1988 y que le valió el Premio Nacional de Interpretación, el primero de una quincena larga de reconocimientos. Llegarían después, entre otras, Elsa Schneider, de Sergi Belbel, donde encarnaba a la mítica Romy Schneider (premio Margarita Xirgu, 1989), La Senyora Florentina i el seu amor Homer, de Mercè Rodoreda —por el que recibió el premio de la Crítica (1995)— o la particular Penélope del protagonista del Ulysses de James Joyce en La noche de Molly Bloom (2000).

El temperamento la llevó también tras las cortinas, como directora, al frente de una decena de obras de nombres como Beckett, Pinter, Guimerà y el propio Mendoza y siendo reconocida por Olga sola, de Joan Brossa (1998, premio de dirección de la Crítica).

Ese carácter la llevó a querer reinventarse como actriz y tenía proyectos para continuar, pese a todo, en activo. Planeaba una película con Agustí Villaronga, con quien ya había trabajo en 1995 en El pasajero clandestino. Pero no pudo ser. Las alarmas empezaron a sonar al recaer y no poder actuar en la gira de La última trobada. Que no estuviera presente en el acto en que se la nombraba miembro de honor de la Academia del Cine Catalán hacía temer lo peor.

Se sumergía así en esa otra niebla que es la de la espera de lo inevitable sin perder su fortaleza de espíritu ni una tenue esperanza, como la que tuvo de recuperar la vista. La escena catalana, ya sacudida por la muerte de Anna Lizarán, pierde a otra reina. También prematuramente.

Todo el mundo recordará algún momento estelar, algún papel de Novell. A mí, que la he admirado tanto en el teatro, me viene sin embargo a la cabeza un día que nos encontramos con ella y Eduardo comprando plantas en un vivero: rebosaba alegría y vitalidad. Me gusta recordarla así, familiar, cotidiana, entre flores. Era tan cariñosa, bromista y jovial. Mucho más lejana es la imagen de una noche en la que un entonces joven estudiante de teatro vio a una guapa actriz que ya despuntaba acodada en la barra de un bar cerca del Liceo y se atrevió a hablar con ella quedando deslumbrado con su encanto. Muchos años después, este invierno, en el Romea, volvimos a tomarnos de la mano y aquella fulgurante, adorable personalidad seguía allí intacta. Esa noche la acompañé casi hasta el borde del escenario para verla partir feliz bajo los focos iluminada por la luz que nada pudo arrebatarle.

 

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