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OPINIÓN

Syriza: un grito a favor de la política

¿Podemos hablar realmente de democracia si se ve a Syriza como un cuerpo extraño, como un peligro?

Los griegos han sido los primeros en romper con el modelo bipartidista cada día más excluyente que predomina en Europa; han sido los primeros en demostrar que la capacidad de intimidación de quienes mandan en la Unión —lafamosa troika— no es absoluta (recuérdese que la primera reacción de Ángela Merkel a la convocatoria de elecciones fue señalar a Grecia la puerta de salida de Europa); y han puesto de manifiesto que el modelo tecnocrático de sustitución de la política por el discurso de los expertos, que busca un sistema de encuadramiento de la ciudadanía más que de participación, no ha calado.

Dicho de otro modo, los griegos han recordado que la política sigue siendo necesaria, que los ciudadanos quieren sentirse partícipes de un proyecto, quieren saber a dónde se pretende ir y con qué objetivos, quieren expectativas, y quieren tener la sensación de que existen, de que se reconoce su palabra y se la escucha. El discurso del miedo no ha triunfado esta vez en Grecia. Los titulares de la prensa europea insisten en las incógnitas que abre la llegada de la izquierda radical al poder. ¿Tan restrictiva es la democracia europea que se ve incapaz de integrar a un grupo como Syriza? ¿Tan estrechos son los límites de lo posible en Europa? ¿Podemos hablar realmente de democracia si se ve a Syriza como un cuerpo extraño y su presencia como un peligro?

Con las diferentes variantes del sistema bipartidista, se ha generado en Europa una democracia de zonas templadas (fíjense que ya no se habla de derecha e izquierda sino de centro-derecha y centro-izquierda) en que todo lo que no se sitúa en la vía central sólo se admite a condición de que no gobierne. Grecia ha roto este tabú. El bipartidismo se ve desbordado. En unos países, por la derecha, en otros, como Grecia y España, por la izquierda. Los gobiernos están más pendientes de los mercados que les financian que de los ciudadanos que sólo votan cada cuatro años. Y los griegos han querido recordarles a quién se deben.

Centro derecha y centro izquierda, dejando engullir la política por la economía, han entregado muchas bazas a los movimientos surgidos a ambos lados del espectro

Los grandes partidos y, en especial los socialdemócratas, pagan el precio de haber renunciado al discurso político y al debate ideológico en beneficio de una idea determinista de la economía. Para la derecha, como defensora natural del status quo, las consecuencias pueden ser coyunturales y limitadas. Para la izquierda, que es a quien corresponde mantener vivas las opciones alternativas (y no una simple alternancia de rostros para políticas casi idénticas) el triste destino del PASOK debe ser motivo de reflexión. No es imposible que, en determinados países, la socialdemocracia clásica caiga en la irrelevancia: se lo ha ganado a pulso con unas políticas que, en expresión de Michael Feher, “les han valido la desaprobación de sus víctimas sin por ello conseguir la gratitud de sus beneficiarios, los cuales no dejan de reprocharles su falta de entusiasmo”.

Unos y otros, centro derecha y centro izquierda, dejando engullir la política por la economía han entregado muchas bazas a los movimientos surgidos a ambos lados del espectro. ¿Qué es lo que ha permitido a Syriza dar el salto? Esgrimir banderas a las que la derecha y la izquierda tradicionales renunciaron. La bandera de la democracia, frente a unos partidos que hacen de ella un espacio protegido que no admite redistribución de poder. La bandera de la dignidad de los ciudadanos, intimidados y humillados por los poderes exteriores que pretenden decidir por ellos. La bandera de la igualdad y de la cohesión social ante unos poderes indiferentes a los efectos letales de las políticas de austeridad. E incluso la bandera del país, al que nadie ofrece un horizonte movilizador, unas expectativas compartidas que permitan empezar a salir del marasmo.

Las elecciones griegas han coincidido con la convención del Partido Popular. Mariano Rajoy ha renunciado una vez más a presentar un proyecto político. Se ha limitado a insistir en el discurso del miedo: “No podemos jugar a la ruleta rusa”. El empeño de Aznar en reiterar la importancia de la política, de saber dónde se está y dónde se quiere ir, como condición indispensable para querer ganar, fue estéril. Rajoy hizo suyo el eslogan de Pablo Iglesias: “O nosotros o Podemos”, o el status quo o el caos. No hay discurso, sólo adversario. Una manera de entregar a Podemos la iniciativa y la palabra. El éxito de Syriza tendrá continuidad o no, pero es una invitación a movilizarse contra el estancamiento del proceso europeo y las fracturas profundas provocadas por los sistemas bipartidistas nacionales al romper los equilibrios sociales con una austeridad sin horizonte. Partidos como PP y PSOE pagan lo mucho que se esforzaron en minimizar la política, en desprestigiar al Estado como ineficiente, en convertir la economía en horizonte ideológico único y en reducir al ciudadano a la condición de nif (competidor, consumidor, contribuyente). En cierto modo, el éxito de Syriza es un grito a favor del retorno de la política.