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La OAMI protege desde hace dos décadas las marcas en Europa

La 'euroagencia', con sede en Alicante, es una gran defensora de la Propiedad Intelectual

La institución aportó el año pasado 184 millones de euros al PIB valenciano

El presidente de la agencia de marcas, Antonio Campinos, con Durao Barroso en la sede de la OAMI.
El presidente de la agencia de marcas, Antonio Campinos, con Durao Barroso en la sede de la OAMI.

Una docena de funcionarios europeos de la recién creada Oficina de Armonización del Mercado Interior (OAMI) celebraron en diciembre de 1994 la Navidad en un restaurante alicantino. Apenas se conocían y hablaban en francés, idioma dominante entonces en la administración bruselense. Habían llegado escalonadamente a una oficina del centro de Alicante desde la que tenían que completar una misión: crear la llamada marca comunitaria, una figura que asegura la protección de las ideas o creaciones empresariales en cualquiera de los países de la Unión. En diciembre del año pasado, cerca de 2.000 trabajadores hablando en más de una veintena de idiomas disfrutaron de la cena de Navidad de la OAMI: la vida de la euroagencia más importante y una de las menos conocidas, de la Unión Europea —al menos en lo referido a presupuesto fijo y personal— se resume en 20 años de trabajo exitoso en favor de los Derechos de Propiedad Intelectual (DPI).

La oficina, un mastodonte privilegiado ante el mar, nació para salvaguardar los DPI, un concepto jurídico diseñado para proteger la propiedad de una idea, ya sea una patente, una marca, un dibujo, una denominación de origen o el derecho de un autor sobre su obra. Y desde que en septiembre de 1994 un funcionario de la Oficina de Marcas y Patentes de Madrid alquilara un local en Alicante en el que recibir a todos sus compañeros europeos, la OAMI no ha dejado de crecer. Si fuera una empresa sería la más importante de Alicante. Es el sueño de cualquier administración: se autofinancia sus más de 419 millones de presupuesto y contribuyó en 2013 con 184 millones al PIB valenciano.

“Somos hijos directos del mercado interior y divulgamos el concepto de Europa”, reflexiona Luis Berenguer, miembro del gabinete de presidencia de la agencia. “Un empresario chino que quiera vender en Europa tiene dos opciones: ir a cada una de las agencias nacionales, pagando cada tasa para proteger sus diseños, o pasar por la OAMI y conseguirlo en toda la Unión. Desde el momento en que quieras vender tus productos en tres países, la OAMI ya sale a cuenta”, defiende Berenguer. Y esto vale para el empresario de Parla que quiera vender en Polonia, Lituania y Hungría.

“Uno entiende aquí que la unión hace la fuerza. En los asuntos de armonización se comprende el valor de la Unión Europa”, apunta Sandra Kasperiunaite, una abogada lituana de 28 años. Esta experta en marcas es una de las encargadas de comprobar que una empresa que pretende conseguir su marca comunitaria no entra en conflicto con los registros de otras mercantiles, a las que mantendrá informadas si existe choque de intereses. “Al final, es como la experiencia Erasmus, uno pierde la sensación de localización geográfica”, añade divertida la lituana en un español con acento italiano, resultado de aprender la lengua cervantina en un edificio que parece una torre de Babel.

Si un lema diera la bienvenida a la entrada de la OAMI sería “la Propiedad Intelectual es la obvia corona de la economía”. La reflexión es de Paul Maier, director del Observatorio Europeo de las Vulneraciones de los DPI. “El 96% de las personas cree que hay que proteger al que innova y, sin embargo, el problema llega cuando les preguntas por su relación con la piratería. El 55% de los menores de 25 años descarga ilegalmente de internet”, describe.

La tarea de Maier es hacer comprender a la sociedad que la PI genera riqueza: el 40% del PIB europeo proviene de empresas que hacen uso de los DPI. “La protección de los DPI”, considera, “es consecuencia del desarrollo de un país”. En el siglo XIX, los grandes piratas mundiales eran los americanos. En los años 60 del XX fueron los japoneses. Después, los coreanos. Y hoy, los chinos. “Hoy todos ellos son punteros en registrar sus invenciones, menos los chinos. Pero para el 2020 ya avisan que quieren ser los más innovadores del mundo. El futuro es esto, proteger la PI. El todo gratis se acabó”, sentencia Maier.

“Fue un sprint desde el minuto uno”, cuenta Miguel Ángel Villarrolla, el primer trabajador que puso un pie en la oficina. “Empezamos haciendo contratos con papel carbón, ni siquiera tuvimos ordenadores durante un tiempo. Era como volver a una oficina de los años 50”, recuerda. “Durante semanas podía escuchar mis pasos. Y fíjate ahora”, dice frente a los mapas de expansión del segundo edificio de una oficina que ha multiplicado sus empleados. Tal es el negocio de la Propiedad Intelectual.