CANCIÓN | ALBERTO ALCALÁ
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Una sorpresa en cada acorde

El de Antequera es una de las voces más originales y brillantes de su generación, capaz de aglutinar en su universo a Ruibal, Poveda o John Martyn

Tarda más lo que debiera en prender el nombre del antequerano Alberto Alcalá en los mentideros de la canción de autor, pero la brillantez palmaria acaba siempre imponiéndose. Alberto es el muchacho tímido y sensible que toma nota mental de cuanto sucede alrededor mientras los demás creen que no ha sucedido nada. Y anoche, en la distancia corta del Libertad 8, daba gusto descubrir unas canciones aún vírgenes que corroboran la evidencia: estamos ante una de las voces más tiernas, y lúcidas que ha empuñado una guitarra en los últimos años.

Alcalá avanza entre las mesas cabizbajo y absorto. Quédense tranquilos los modernos: lo suyo no es shoegaze sino introspección poética, arpegios interiorizados antes de brotar junto a esa voz de manantial. Arranca con el uruguayo Fernando Cabrera, pero el sur que media entre Despeñaperros y Tarifa aflora ya en El viajero, precioso homenaje a los nómadas gitanos. Y estalla en la aflamencada Ensayo y error, donde, además de evidenciarse los paralelismos con Javier Ruibal, brota una voz brillante y quebrada. Como si a Miguel Poveda le hubiera dado por el arte de trovar.

Alberto nunca se conforma con la obviedad. Es ambicioso en lo armónico, con un ojo siempre puesto en la canción popular andaluza, y perifrástico a la hora de manifestarse. Balanza es canción protesta hecha metáfora; no por eludir ninguna censura, como antaño, sino como un compromiso permanente con su imaginario personal. Y luego está el observador de ironía demoledora, el de la sensacional Modales de taberna, crónica de una familia venida a más (que pasa “el domingo bostezándole a un altar”) y nueva demostración de que no hay canción mala a partir de un título brillante.

Alternó Alcalá piezas de su único disco y del venidero (como ese sobresaliente Temblor, sobre indecisiones y demás vértigos sentimentales), y hasta se dio el gustazo de que su amigo Fede Comín, ese gran argentino de Granada, nos entregase una valiosa chacarera. Hacia el final otra inédita, la onírica El arenero, le convirtió para nuestro pasmo en una suerte de John Martyn sureño. Buena cosa, esa de encontrarse a un cantautor con una sorpresa en cada acorde.

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