CRÍTICA

Noche de verano

La actuación de la Orquesta de Valencia en el claustro de la Universidad proporcionó a este concierto un atractivo añadido

 La actuación de la Orquesta de Valencia fuera de su sede habitual –el Palau de la Música- proporcionó a este concierto el atractivo añadido del elegante claustro de la Universidad, con una atmósfera idónea para estos conciertos al aire libre. Precedida por otras ocho sesiones, la actuación que se comenta va seguida este sábado por la del Cor de la Generalitat Valenciana y, el lunes siguiente, por la de Amores grup de percussió. Esta agrupación celebra ahora 25 aniversario, y con tal motivo presentará la ópera de bolsillo “El mal vino”, cuya música se debe a uno de los miembros del grupo, Jesús Salvador Chapí.

Serenatas 2014

Orquesta de Valencia. Director: Hilari García. Violín solista: Javier Montañana. Fagot solista: Alexandre Molina. Obras de Palau, Mozart, Weber y Turina. Claustro de la Universidad. Valencia, 4 de junio de 2014.

La sesión del viernes estuvo abierta a la colaboración entre una orquesta curtida y experimentada y músicos más jóvenes. Así, fue Hilari García Gázquez, actual director de la Orquesta Filarmónica de la Universidad, quien llevó la batuta, en un programa donde predominaron texturas ligeras que dejan al descubierto cualquier fallo, por pequeño que sea. Quizá por eso su actuación pareció muy pendiente de la precisión en las entradas y el ajuste entre las secciones. Máxime en las obras donde los solistas fueron músicos con los estudios recién acabados o próximos a ello: Javier Montañana para el Concierto núm. 4 de violín de Mozart, del que se tocó el Allegro inicial, y Alexandre Molina como fagot solista del Andante e rondo ungarese de Weber (originariamente escrito para viola). Ambos se enfrentaron con valentía y entrega a ese trago, tan duro al principio, del ensamblaje con un considerable número de músicos que tocan por detrás. Hilari García les ayudó eficazmente en su empeño. También los profesores de la Orquesta de Valencia mimaron a sus jóvenes colegas, luciendo un sonido recatado que favoreciera a los instrumentos solistas.

Para cerrar el concierto, se unieron a la agrupación quince miembros de la orquesta universitaria, interpretando todos juntos –y muy bien- la Sinfonía sevillana de Turina. Quizá por el carácter de la partitura, por los efectivos más numerosos o por la textura más densa, Hilari García jugó cartas más arriesgadas, como la de un fraseo más elástico y un énfasis mayor en los contrastes dinámicos que, sin embargo, no rozaron nunca la grandilocuencia. A destacar el misterio que se cernió sobre el primer movimiento y la delicada ensoñación con que fue interpretado el segundo. Muy apropiados, sin duda alguna, para una bonita noche de verano.

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