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OPINIÓN

Camino de Enlloc

Es un estado, pero mental, de los centenares de miles de cerebros conectados alrededor de una idea y de un símbolo

Artur Mas, tras su discurso en el Foro de Marcas en Barcelona
Artur Mas, tras su discurso en el Foro de Marcas en Barcelona

No pregunten dónde está Enlloc. Podría ser el nombre de un santuario: Santa Maria d'Enlloc, o de una remota localidad comarcal: Enlloc de l'Empordà, d'Urgell o de La Sagarra. Yo no sé dónde está, aunque muchos pretendan saberlo ahora mismo, empezando por el presidente de la Generalitat. Me hablan de tal lugar cada día. Cada día pretenden indicarme el sitio que ocupará en el mapa y en la historia. Enlloc, ya saben, quiere decir en castellano en ningún lado o en ninguna parte. Es hacia donde vamos con absoluta certeza y con un grado de resolución y convencimiento realmente admirables. Novelerías.

En cualquier caso, no lo sabe Artur Mas, por más que diga, pero tampoco lo sabe Oriol Junqueras, aunque éste último parezca más convincente cuando finge saberlo. No saben cómo se va. Pero tampoco saben ni siquiera por dónde cae. Si al menos ellos tuvieran alguna idea e incluso certeza suficiente de que existe un lugar tan anhelado, al menos ya habríamos avanzado algo. Pero la verdad es que ni ellos, por más que lo oculten, ni nosotros, crédulos o incrédulos, ilusos o escépticos, sabemos que exista e incluso tenemos suficientes datos para pensar que ni siquiera pueda existir a estas alturas. Una palabra vacía. Vamos rumbo a lo desconocido, como dijo prematura y premonitoriamente el propio presidente. Por eso podemos darle el nombre de Enlloc, aunque otros le busquen otros nombres más bellos y acordes con la hipótesis tan improbable de su existencia.

Hay muchos que creen fervientemente en ella. Y no tan solo entre sus partidarios sino también entre sus enemigos. Para sus partidarios es una idea que concentra toda la belleza y la bondad del mundo. Exactamente lo contrario que significa para quienes se oponen. Unos y otros trabajan denodadamente, ya sea para recorrer el camino, ya para obstaculizarlo. Esos trabajos a veces titánicos producen unos resultados ciertamente sorprendentes porque son los que dan mayor vida a la quimera que se persigue y a los instrumentos para alcanzarla. Sin obstáculos no hay camino y sin camino no hay obstáculos.

Enlloc ha crecido gracias a la fuerza del mundo digital. La imaginación de sus creyentes tiene el dibujo entero de cómo es este no-lugar producido por los poderes meramente mentales del deseo democrático. Es un estado de la mente multiplicado por los centenares de miles de cerebros conectados al ímpetu de una imagen, que encarna y simboliza la estelada. De una tal conexión colectiva salen las movilizaciones y el activismo frenético, hasta ahora incansable, que hemos visto desde la Diada de 2012, pero es dudoso que exista la capacidad, es decir, los poderes, para convertir esos estados mentales en un Estado, material, tangible, reconocido como tal por todos, por más que nos la vendan como lo normal en un país normal. No, esta capacidad democrática de convertir los deseos en realidades pertenece más bien al mundo de lo paranormal.

Tan entusiasmados se hallan unos y otros en esta actividad frenética, unos en abrirse camino y otros en cerrarlo, que fingen no tener tiempo para meditar y debatir argumentos en mano sobre lo que va a suceder en cualquiera de los casos. Pero en su fuero interno tropiezan con una idea que inmediatamente rechazan como un inevitable inconveniente para sus reflexiones. Como que no existe, habrá que conformarse con acomodarse con lo que se alcance en el camino. No habrá más remedio que sustituir la brillante quimera por una gris y plana realidad tangible, sustancial y eficaz pero sin adorno alguno de lirismos ni mitos. Eso en el mejor de los casos. También es posible que no haya un punto medio con el que conformarse, sino que el esfuerzo termine en un brutal retroceso respecto a lo que se había conseguido al menos en los últimos 35 años. No sería la primera vez que sucede.

El punto medio y gris no gusta. Ni a los perseguidores de la quimera ni a sus enemigos. Los primeros se consideran insultados por la mediocridad de la propuesta y los segundos por el ventajismo que denuncian en quienes piden siempre lo más de sus ensueños para obtener lo menos de sus intereses. Pero saben unos y otros que es ahí donde terminará todo en el mejor de los casos, aunque sea en el último minuto, incluso si se han traspasado todos los rubicones imaginables.

Y en el peor, en el de un choque de trenes auténtico, no saldría dañado únicamente el autogobierno sino la propia democracia española, como ha sucedido otras veces, con las consecuencias imprevisibles que deducimos si aplicamos la hipótesis a sus efectos europeos. La ecuación de las sinergias positivas del federalismo maragalliano quedaría diabólicamente invertida en el momento en que la democracia quedara tocada: menos Cataluña, menos España y menos Europa, es decir, una Cataluña más disminuida, en una España menor y dentro de una Europa inexistente.

Cuando todos pierden, hora es de apuntarse a que todos ganen, win win, como ha sugerido, por primera y lúcida vez, el líder carismático que guía esta marcha hacia ninguna parte.