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Skrowaczewski magistral en A Coruña

A sus 90 años, es el último de una saga de legendarios directores como Karajan o Bernstein

Stanislaw Skrowaczewski ha dirigido este fin de semana la Orquesta Sinfónica de Galicia, en una actuación verdaderamente magistral que ha cosechado dos grandes éxitos en los conciertos de abono de viernes y sábado. En los atriles, un largo, denso y comprometido programa, con el Concierto nº 1 para piano de Beethoven y la Sinfonía nº 4 de Bruckner. Piemontesi se sivió de la herramienta de su impecable técnica, con digitación de claridad inmaculada y bellísimo sonido, para hacer una sólida y muy inspirada versión del Concierto para piano nº 1 de Beethoven, de gran adecuación estilística y fuerza interior. En la larguísima cadenza del Allegro con brio inicial mostró su gran virtuosismo y fuerte musicalidad. El acompañamiento tuvo toda la claridad, delicadeza y brío requeridos por la partitura.

A sus 90 años, Skrowaczewski es el último de una saga de legendarios directores como Karajan, Celibidache o Bernstein que marcaron de una u otra forma el camino de la dirección orquestal durante la segunda mitad del s. XX. Bruckner es precisamente uno de los compositores fetiche de de Celibidache y de Strowaczewski; este mostró el porqué en A Coruña esta semana. El maestro polaco posee un pulso interno implacable; un gran control del sonido y una visión permanente de la totalidad de la obra. Justo la trinidad de cualidades imprescindibles para poner a Bruckner en el altar de los grandes sinfonistas de la Historia.

El pulso de Strowaczewski es firmísimo, pero dotado de tal y tan sutil flexibilidad que permite a la orquesta respirar con la mayor naturalidad. Su control del sonido, tanto en potencia como en color orquestal, da a su versión una infinita riqueza tímbrica, como se pudo gozar en unas cuerdas de sutileza sedosa, profundas, o capaces de mantener sólidamente unos tutti de máxima contundencia, como soporte de unos metales tan redondos, equilibrados y potentes como nunca. Esta Cuarta es conocida por muchos músicos como “la sinfonía de las violas”, por el inusitado protagonismo que les da el autor. Por la calidad de su intervención, que llenó el Andante quasi allegretto con el sentimiento de un profundísimo lirismo tocado de gracia y pasión, hay que mencionar esta semana a esa magnífica sección de la Sinfónica, comandada esta semana por Eugenia Petrova.

Pero es la visión de la obra “da capo a fine” que tiene Skrowaczewski la que da a su lectura su larguísimo aliento. El que convierte en versión de referencia, en obra maestra, lo que en tantos directores no pasa de sucesión más o menos acertada de motivos, temas, dinámicas y clímax. En esta visión global de la obra resaltó la dialéctica temática que surge en sus movimientos, como el contraste entre los briosos temas de caza del Scherzo y la bucólica placidez de su Trio. O la que se muestra entre el primero y el segundo tema del Bewegt, nicht zu schnell inicial, todo un reflejo de la lucha de Bruckneer entre su grandeza como compositor y su natural timidez de campesino: un contraste que Skrowaczewski resuelve con tal naturalidad que lleva a sospechar que fue precisamente así como sonó en la cabeza de Bruckner antes de plasmarlo en su manuscrito.

Entre los muchos y grandes solos de esta sinfonía -flauta, oboe, clarinete o trompeta- destacaron las largas y continuas intervenciones de David Bushnell a la trompa, tan sólidas, brillantes y llenas de música como siempre; nada menos. Han sido dos magníficos conciertos -fruto evidente del mucho y minucioso trabajo en los ensayos, recibidos con fuertes y muy sonoras ovaciones de músicos y público; en especial el sábado, con una mayoría del auditorio puesto en pie apenas acabada la magnífica ejecución de la sinfonía.