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LA CRÓNICA DE BALEARES

Precio y materia de la corrupción

Estamos rodeados, pisamos, usamos y pagamos la herencia de la corrupción aunque lo ignoremos

La corrupcción está oculta, basada en las leyes de la mafia.
La corrupcción está oculta, basada en las leyes de la mafia.

Estamos rodeados. Pisamos, usamos y pagamos la herencia de la corrupción aunque lo ignoremos. Habitamos sobre la materia del delito. Pagamos sus consecuencias y las hipotecas invisibles. Nos cruzamos con corruptos sueltos, imputados o sin citar en los juzgados y vemos a otros marcados en la omerta o condenas calientes.

Supuestos puristas lanzan, infalibles, soflamas de honestidad y anatemizan al otro aunque han crecido en su tufo. La esencia mafiosa obliga a despreciar, ignorar y ocultar. La verdad, la herida, no se sella y sus hipotecas no vencen.

El corrupto contemporáneo deja su huella a la vista o bajo tierra, porque el fraude a los intereses generales se evidencia, es concreto, existe en cifras. La comisión, el soborno, el abuso pactado del sistema de mero amiguismo comporta merma de calidad y servicios. Lo que se echa en falta es el precio de lo robado, la mordida. Es el tanto por ciento que se malversa de la caja común para satisfacer a la red de cobradores, a los capos y su cadena: comisionistas, husmeadores, conseguidores, receptores y hombres de paja.

Con esos sobrecostes, las obras, servicios, materiales y medios son peores o más caros. En la aplicación del camuflaje, el robo, está hinchar las facturas y horas de excavadoras, más camionadas que las reales, la reducción de centímetros de grava y asfalto en millones de metros cuadrados.

Lo que se oculta y no se ve es incuantificable. Debajo del pavimento, en acequias o túneles. Se dieron sospechosas compras masivas de piedra pavimento a precio desmesurado. Está en Palma, en grandes paseos y plazas.

Debajo de una de esas superficies de piel corrupta debió horadarse un paso subterráneo gigante, soterrar una gran vía. No se ejecutó y se pagaron 300.000 euros para evitar el reto. Con los años, allí se abrió el suelo y es una gran obra, pésima. Se hizo a tramos con muchas empresas agraciadas y el proyecto se trazó sobre la marcha, como avanzaba el tren en la conquista del Oeste.

Tal cual, con prisa, menos materiales y acabados, las infraestructuras son deficientes y ultra caras. Pocas veces las carreteras, diques, edificios públicos, túneles, se ajustan al precio de la adjudicación. Los costes finales se disparan porque los proyectos siempre se modifican y complementan. En estos sobrecostes están las ganancias y el pacto invisible. A los grandes contratistas se les impuso socios locales y esos buscaron a subcontratistas. Camuflaje y reparto de riesgos.

El amiguismo, la manipulación y los ojos cerrados de los puristas se mueven tras los sobres cerrados de las concesiones, concursos, subastas, compras y privatizaciones de facto. La corrupción nace y se paga. Tiene precio, fidelidades, sobreentendidos, a veces bastan miradas y gestos.

Con esos sobrecostes, las obras, servicios, materiales y medios son peores o más caros

Con esos amaños se levantaron castillos de naipes, complejos inacabados, se hicieron y destrozaron parques para empeorarlos, se alzaron pirámides de exaltación personal inservibles, más otros despropósitos monumentales en desuso, que se oxidan ante la mirada de todos. Otro despilfarro son los años perdidos.

Las preguntas con dardo van hacia la mampostería de piedra y mármol, en los millones de adoquines siempre idénticos, kilómetros de rejas, miles de farolas, contenedores, toneladas de tapas de fundición mil veces repetidas.

La piel y la materia de la corrupción de Palma estuvieron en los ataúdes, en las tumbas y servicios fúnebres. El sistema sucio con sus métodos hundió a empresas. El escándalo funerario se concretó, ahora, con tres años de cárcel para el sujeto.

Un alcalde constructor de Palma, mientras era concejal, anunció a su mujer que le habían regalado una participación en la sociedad que iba a crear un camposanto privado. Otra empresilla del edil hizo obras en el cementerio faraónico y cargó una deuda privada de seis millones de euros. El Gobierno, la caja y el banco locales se pillaron los dedos con decenas de millones. El alcalde constructor quebró, su números rojos fueron perdonados y él, con dinero de todos, compró el cementerio ruinoso a sus bancos.

La corrupción lo ha contaminado casi todo, está adherida fatalmente al paisaje político y se extiende a la vida social, está siempre presente. Es una inercia histórica que se ha extendido como una doble piel natural sobre el cuerpo de la realidad democrática. La tradición tiene ya casi cuatro décadas aunque la raíz proviene de la dictadura. Tiene nombres y autores. No es una maldición natural.