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“Contigo tanto se va...”

Emotiva y literaria despedida a Ana María Moix

Rosa Sender recibe el consuelo de Raimon tras el funeral por Ana María Moix.
Rosa Sender recibe el consuelo de Raimon tras el funeral por Ana María Moix.

La niña de la estación cantada por Concha Piquer (el punto de picardía, de lo popular, de la ironía); una canción de la francesa Bárbara (la melancolía, la sensibilidad extrema); el Trío Opus 100 de Schubert (la exquisitez de lo culto) y un sobrio ataúd de pino claro de tres capas (la elegante sencillez). Simbolizada así, como era, caleidoscópica, se fue ayer la escritora, poeta, traductora y editora Ana María Moix en su funeral laico en Barcelona, tras fallecer el pasado viernes.

“Quería que el acto lo presidiera el humorista Eugenio y que se la incinerara y luego que sus cenizas se echaran al váter y tiráramos de la cadena; pero en estos últimos tiempos de enfermedad, que pasó en su sillón de orejeras, se lo repensó y decía que prefería que se la petrificase allí y así nos podía escuchar e intervenir con sus comentarios audaces”, recordaba Martí, el pequeño de los hijos de Rosa Sender, la que fuera compañera de Ana María tantos años y con la que habían compartido más de un viaje en Renault 5 camino de Calafell, con la Piquer sonando en el radiocassette.

Dijo Maruja Torres que el tiempo hará justicia a Ana María quizá en otros tiempos, y no en estos en los que de la literatura se mide solo su utilidad, recordando su labor de cicerone de lecturas, de “descubridora de autoras” para una generación. Se daba así cuenta la periodista de algo que el catedrático de Literatura Luis Izquierdo, otro compañero de armas vitales y de letras, casi versificó en su intervención: “Contigo tanto se va que somos ya ahora menos”, máxime cuando la escritora mostró siempre, y en especial en los últimos años, un compromiso social y público que creció “en estos momentos de tanto outlet y satisfacción por superar cabos de Hornos”.

Ella, “siempre tan joven y despierta”, decía Izquierdo, como esa niña que copiaba a mano versos de Bécquer (el mismo que la Piquer cita en la canción), tal y como le confesó al periodista Juan Cruz en su última entrevista. “Era una mujer fuerte”, apuntó Cruz sobre quien en sus últimos tiempos cultivó las memorias por escrito, donde, amén de describir “la casa loca que era su casa”, surcaban imponentes las figuras de sus inseparables Castellet, Gil de Biedma, Barral…

Recitó Ana Becciu un fragmento de la novela Walter, ¿por qué te fuiste? de una Moix a la que la unían amistad, versos (poetisas ambas) y la pasión por Alejandra Pizarnik. Y también habló su hermano Terenci a través de un fragmento de sus memorias que leyó la que fuera su secretaria Inés. Sí, un día de los años 60 descubrió que en su hermana estaba “el germen de un ser excepcional” y se preguntó si quizá la perjudicó al colocarse siempre él, voluntad de astro solar, en el centro preponderante de la familia. Ana María contestó como fue siempre, sabiamente silenciosa a su lado. “Ella era el lazarillo de mi soledad”, escribió Terenci, “compartió todo lo que me gustaba” y acabó siendo la excusa ante el quiosquero al que compraba tebeos románticos.

Bécquer brotó de nuevo al final, de la memoria de Pere Gimferrer, novísimo junto a ella, con la rima “Yo sé un himno gigante y extraño / que anuncia en la noche del alma una aurora…”.

Teresa Gimpera, Colita, Benet i Jornet, Sergi Pàmies, Raimon, Rafael Borrás, Jorge Herralde, Rosa Vergés, José Montilla, Ferran Mascarell… Los asistentes, los amigos, fueron centenares. En el recordatorio, sin cruz alguna —“Ana María Moix Meseguer. 12 d’abril de 1947 - 28 de febrer de 2014”—, rezaba escuetamente una frase de su primer libro, el poemario Baladas del dulce Jim: “Y un solo de trompeta en la calle oscura al final del día”. Pero a muchos les quedó una que era un latiguillo muy de ella: “¿Y a ti quién te enseñó a leer y a escribir?”, o sea, a vivir. Y muchos pensaron que ella.

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