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crítica | teatro

Luz hermosa, sin llama

Lluís Pasqual dirige al Clásico en una versión de ‘El caballero de Olmedo’ comunicativa, desenfadada y con punta de energía

El actor Javier Beltrán interpreta a Don Alonso. Ampliar foto
El actor Javier Beltrán interpreta a Don Alonso.

La idea de formar una compañía de actores muy jóvenes en paralelo a la titular, ensayada primero por la Compañía Nacional de Danza (que la tomó a su vez del Nederlands Dans Theater), ha sido provechosa para los beneficiarios, pero también ha dado buenos montajes al Clásico. Este de El caballero de Olmedo tiene un primer acto fulgurante, muy bien movido por Lluís Pasqual y por el maestro de armas Isaac Morera, iluminado espléndidamente por el propio Pasqual y Fernando Ayuste e interpretado coralmente con desparpajo y alegría por once actores prometedores, la mitad proveniente de La Kompanyia, sección joven del Lliure, y por Carmen Machi, que con salero oficia de maestra de ceremonias en su papel de Fabia, celestina de Inés.

En ese acto, el director expone el código que manejará durante el espectáculo: ruptura de la cuarta pared, inclusión de música y de canciones populares en vivo, frescura en las interpretaciones, presencia continua de todo el elenco sobre el escenario, dirección ocasional de la palabra a compañeros que no intervienen en esa escena, pero que la observan; escucha atenta…, todo ello bien traído y ejecutado. A una mayoría del público le resulta novedoso y encantador ver una representación de un clásico tan comunicativa, desenfadada y con semejante punta de energía, pero tales logros no excusan que se pase como de puntillas por el segundo acto, seno del conflicto, y que en el tercero el final trágico llegue precipitadamente y sin pathos.

El caballero de Olmedo

Autor: Lope de Vega. Adaptación de Lluís Pasqual, a partir de la versión de Francisco Rico. Intérpretes: Javier Beltrán, Mima Riera, Carmen Machi, Pol López, Francisco Ortíz, Samuel Viyuela, Laura Aubert, Paula Blanco, Jordi Collet, Carlos Cuevas y David Verdaguer. Músicos: Pepe Motos y Antonio Sánchez. Vestuario: Alejandro Andújar. Escenografía: Paco Azorín. Dirección: Lluís Pasqual. Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico. Hasta el 9 de marzo.

En este Caballero veloz falta pasión y carnalidad entre Don Alonso y Doña Inés: aún teniendo sus intérpretes presencia, aplomo y buena dicción, si entre ellos no prende la hoguera, si cuando se tocan no desatan tempestades, poco nos importa la suerte que corra su amor. Pero lo que quizá echo más en falta, en suma, es la horizontalidad palpable en los clásicos puestos en escena de un tiempo acá por compañías jóvenes (en las que director, figurinista, músicos y escenógrafo son coetáneos de los actores, cuando no compañeros de promoción), que suele traducirse en que no solo están todos a una como aquí, sino vibrando también en idéntica longitud de onda, sumidas sus almas en la misma búsqueda y apostándolas a una carta.

Añoro en las producciones recientes de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico lo que hallo en las mismas o similares obras montadas a escala 1:5 por actores jóvenes dirigidos por sus pares: un punto de vista nuevo, reflejo de inquietudes y pasiones genuinamente suyas, de textos escritos alguno de ellos por nuestros clásicos cuando tenían sus mismas edades. Pero es esta una preocupación personalísima, no compartida por la inmensa mayoría de un público que está abarrotando el Pavón (no hay localidades para lo que queda de semana), que aplaude a rabiar y que sale harto satisfecho con un espectáculo fresco y dinámico.

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