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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Malikian o el carisma escénico

Es rehén de las expectativas que genera por lo que hace, por cómo lo hace y por lo que dice

El violinista armenio Ara Malikian, en su casa de Madrid.
El violinista armenio Ara Malikian, en su casa de Madrid. Luis Sevillano.

El milagro de Malikian es ya un fenómeno irreversible. El violinista clásico que mandó al infierno cualquier asomo de solemnidad -y no digamos ya de encorsetamiento estilístico- desconoce aún los límites de su capacidad de convocatoria. No es infrecuente verlo en Clamores, pero da igual: anoche, martes de resacas múltiples e indigestiones encadenadas, la sala lucía un lleno abigarrado para seguirle con el Ara Malikian & Fernando Egozcue Quintet, su faceta más híbrida y, por eso mismo, estimulante. El argentino aporta sus ya célebres (y celebradas) partituras, intersecciones perfectas entre el nuevo tango y el jazz contemporáneo para guitarra, pero de embrujar a la audiencia se encarga ese armenio estrafalario de melena tan ingobernable como sus fraseos.

Los dedos priorizan seguramente el virtuosismo a la finura, pero es innegable que le asiste el carisma escénico: hechiza por lo que hace (la velocidad), por cómo la hace (los saltos enloquecidos) y hasta por lo que dice. A pocos castellanoparlantes de cuna se les ocurriría una frase tan delirante como esta: “Fernando era en Argentina un músico acabado y vino a España a acabarse aún más”.

Egozcue siempre ha hermanado en su escritura a Astor Piazzolla y Ralph Towner, músicos amigos de las fugas, los compases irregulares y las frases diabólicas, y en alguna composición más reciente (‘Rumba’) se lanza en tromba a las disonancias y los semitonos como un temerario Bernard Herrmann. El material es excelente, salvo por los títulos (Ser dos, Creo, Situaciones), horrorosos. Y Malikian se debate entre la diversión, sanísima, y la parodia de sí mismo. Las expectativas entre las mesas son tales que solo cabe elevar la distancia entre sus pies y las tablas en cada salto. O el número de cerdas pulverizadas por la frotación severísima del arco. O el desgaste de esos vaqueros color teja cada vez que hinca las rodillas en el suelo.

 

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