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Miró en la cúpula del MNAC

El gran mural, instalado ahora en el museo, fue realizado en 1978 para el vestíbulo de entrada de la sede de IBM

El mural de Joan Miró instalado en la Sala de la Cúpula del MNAC.
El mural de Joan Miró instalado en la Sala de la Cúpula del MNAC.

El mural que realizaron Joan Miró y el ceramista Joan Gardy hace 35 años por encargo de la entonces puntera IBM probablemente ha llegado a su morada definitiva: la Sala de la Cúpula del MNAC. Las 406 baldosas de vivos colores —azul, verde, rojo, amarillo— con negro y sobre fondo blanco forman el enorme mural: 2,80 por 8,72 metros. Su destino inicial fue el vestíbulo de entrada del edificio de la IBM, en la Via Augusta de Barcelona, que la Generalitat compró en 1994 y se convirtió en la sede del departamento de enseñanza. Meses antes de que los problemas económicos forzaran a la Generalitat a vender por 40 millones el edificio a la aseguradora AXA, en la primavera pasada, los departamentos de cultura y economía decidieron que el mural de Joan Miró era patrimonio público y que se trasladaría al MNAC. “A la vista está que fue un acierto”, destacaba ayer el consejero de Cultura, Ferran Mascarell.

El cambio le ha ido bien al mural que ha pasado de un vestíbulo a un espacio diáfano y luminoso —y grande, como todo el Palau— del MNAC. La incorporación del Miró no es ajena a la decisión del museo de ser lo más inclusivo posible en cuanto a expresiones artísticas: desde el románico, renacimiento y barroco, Tàpies, en 2014 fondos de los siglos XIX y XX, pasando por muestras de fotógrafos puntales. “Tenemos mucho espacio y queremos atraer a cuantos más visitantes mejor”, subrayaba Pepe Serra, director del museo, que ayer mismo se planteaba la búsqueda de “algo” que pueda confrontrarse al colorido mural de Miró en la Sala de la Cúpula.

El proceso del traslado del mural se inició en la primavera pasada. Y al principio tuvo su complejidad porque no había mucha seguridad en cómo se había instalado. “Vimos que eran plafones, no baldosas por baldosas, lo que después ya facilitó la operación”, comentaba una de las responsables del traslado. El ceramista Gardy explicaba que para realizarlo tardaron unos seis meses porque las baldosas de gres que lo conforman —406— pasaron por el horno prácticamente una por una: “Nosotros preparamos el fondo en el suelo del taller y venía Miró y lo pintaba. El proceso de horneado posterior era diferente según los colores”. Gardy recordaba que era “un placer” trabajar con Miró que conoció a su padre, Joan Gardy Artigas, en los años 1910 en la escuela de arte que el pintor Francesc Galí tenía en Barcelona. De él son, precisamente, las pinturas realizadas en 1929 de la cúpula del vestíbulo del primer piso del MNAC, donde ahora se exhibe el mural de Miró. Artista y ceramista mantuvieron una relación profesional a partir de la década de los cuarenta del siglo pasado. Fruto de ella son, por ejemplo, los grandes murales cerámicos de la Unesco de París o el del aeropuerto de Barcelona. Mezcla, como el instalado en el MNAC, del lenguaje de Miró con las cualidades de las artes de la tierra y el fuego.