Pasajes sin salida

Las galerías comerciales de Madrid, antaño símbolo de pujanza burguesa, languidecen sin remedio víctimas de los nuevos hábitos de consumo urbano y de la crisis

Pasaje del Comercio Calle Montera 33.
Pasaje del Comercio Calle Montera 33. Álvaro García

Los pasajes comerciales se crearon en París a principios del siglo XIX, cuando París era el centro del mundo y el faro intelectual de Occidente. Eran lugares bulliciosos y elegantes, construidos con mármol, metal y cristal, donde convivían comercios lujosos, animados cafés, donde se discutía de política, y las primeras luces de gas. Un mundo en miniatura símbolo de la modernidad. Como todas las tendencias parisinas de la época, pronto se contagiaron a otras ciudades del continente.

No tardaron en llegar a Madrid. Durante el reinado de Isabel II, el auge de las doctrinas liberales y las desamortizaciones que habían liberado el suelo (gran parte de él anteriormente ocupado por conventos) llevaron a algunos empresarios a comprar terrenos y a crear pesajes en ellos, en los alrededores de la Puerta del Sol, que se configuraba como un creciente nudo comercial y de ocio. “Después de la Revolución Francesa la ciudad deja de estar bajo el control del Rey y pasa a manos de la burguesía. Los pasajes son de las primeras iniciativas privadas que cambian la ciudad”, explica Carlos Sambricio, catedrático de Historia de la arquitectura y del urbanismo de la Universidad Politécnica de Madrid. “En Madrid son una ruptura con la ciudad medieval, trastocan la idea del viejo comercio y enuncian lo que va a ser la ciudad moderna. Y triunfan”.

“Los pasajes reunían diferentes comercios, facilitaban el tránsito, ofrecían espacios de ocio como cafés, salas de exposiciones y teatros”, explica la historiadora Carmen del Moral, profesora emérita de la Complutense y autora del libro Los pasajes comerciales de Madrid (La Librería). “De alguna forma, en combinación con los grandes almacenes posteriores, fueron los precursores de los actuales centros comerciales”.

Calle Montera donde Los Guerrilleros.
Calle Montera donde Los Guerrilleros.Álvaro García

La mayoría de los pasajes comerciales del XIX han desaparecido bajo la piqueta (el pasaje del Iris, el Jordá o la Galería de Exportación Comercial) y los construidos ya en el siglo XX conservan poco del antiguo esplendor burgués: el tránsito es ahora residual y los pocos comercios que sobreviven (tiendas especializadas, sex shops o de compra venta de oro) conviven con verjas bajadas y establecimientos cerrados que aún conservan sus viejos rótulos congelados en el tiempo.

En París, en cambio, los pasajes, como el de Vivienne, Choiseul o des Panoramas (que inspiraron el Libro de los Pasajes de Walter Benjamin) tienen buena salud, revitalizados, albergando comercio y hostelería. Incluso la ruta de los pasajes es utilizada como reclamo turístico. ¿Qué pasó en Madrid?

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"Cuando la burguesía deja el centro de la ciudad y se traslada al ensanche, el Barrio de Salamanca, y comienza a tener allí sus comercios, los pasajes empiezan a dedicarse al comercio menor y decaen", explica Sambricio. Otros factor que puede explicar la languidez de estos espacios puede ser el climatológico. "Realmente los pasajes tienen mucho sentido allí donde ofrecen un refugio contra el mal tiempo", explica Del Moral, "y Madrid tiene un tiempo que favorece la vida al aire libre y una viveza en la calle que no tienen otras ciudades".

¿Qué hacer con los semiabandonados pasajes madrileños? El domingo pasado terminó una iniciativa de recuperación en el pasaje de Fuencarral 77: una exposición de arte contemporáneo que se ubicó en los locales abandonados de esta galería. "Lo que hace falta es iniciativa privada, gente con visión que los recupere igual que se han recuperado otras zonas en el entorno de las calles Fuencarral y Hortaleza. Hay que ofrecer algo exclusivo, algo que no se encuentre en otro sitio", opina Del Moral.

Estos son algunos de los pasajes que, adormilados, agujerean el centro de Madrid:

Las cuevas de Montera. Se accede por unas zonas abovedadas y se cruza a cielo abierto. Uno de sus flancos está cubierto por andamios que tratan de devolverle su antiguo esplendor. El pasaje de Murga (por el empresario que lo construyó en 1846) cruza de Montera a la calle Tres Cruces. Bajo su luz han ido desapareciendo los comercios, ahora apenas quedan una tienda de telefonía móvil y la Tienda del Espía. "Al no estar a pie de calle tenemos cierta privacidad", explica Víctor Moreno, uno de los empleados, "y está bien, porque muchos de nuestros clientes prefieren no ser vistos".

Bajando la misma calle Montera, a la altura del 27, está uno de los pasajes más sórdidos de la ciudad, que cruza a la plaza de El Carmen. Las prostitutas se apostan en la puerta y dentro, además de escaparates desolados, solo queda un estanco. Unas escaleras clausuradas llevan a un piso superior donde, la verdad, no apetece mucho subir. Enfrente, en el número 24 hay cierta animación. En este pasaje, que da a la calle Jardines en su quiebro final, hay una tienda de tatuajes y piercing y varias tiendas especializadas en joyería, abalorios, plata y gemología.

El pasaje de los relojeros. Desde aquí se distribuyen gran parte de las piezas de relojería de España, de ahí su nombre. Cruza de la calle Carretas 12 a la calle de la Paz. "Antes había bares, tiendas de ropa, discos o de artículos religiosos, pero se han ido concentrando las tiendas de relojería", cuenta Manuel Rodríguez de la relojería Elmerfor y, a la sazón, presidente de la comunidad de vecinos. "Es un espacio protegido, pero no tenemos ninguna ayuda del Ayuntamiento para conservarlo".

Pasadizo al arte. Espacio e Identidad fue una propuesta para reutilizar este espacio construido en los años 50 y que ahora es propiedad de la Tesorería General de la Seguridad Social. "Se trataba el concepto del espacio y la identidad frente a los tiempos consumistas y confusos que vivimos", dice Almudena Mora, la coordinadora artística. Hasta el domingo pasado y durante un mes, 69 artistas de 12 nacionalidades intervinieron en una exitosa actividad que organizó la Embajada de Alemania. Expusieron en los comercios abandonados —solo queda activa la Joyería Monge— que conservan el sabor de otras épocas.

Las obras aún no han sido retiradas y se pueden realizar visitas guiadas solicitándolo en el perfil de Facebook del evento. Según cuenta Mora, están negociando una prorroga o la cesión del espacio para otras actividades.

Un laberinto y el Ratoncito Pérez. Nadie diría que detrás de este gran portón se esconde un mundo tan extraño. En el Centro Comercial Arenal 9, ubicado en el Palacio de Gaviria, se ubican un montón de tiendas de relojes, transistores, otros chismes electrónicos y una conocida discoteca. No es estrictamente un pasaje, porque solo hay una entrada, pero sí es una galería comercial. Si uno se adentra un poco se verá sorprendido por un inopinado patio modernista con techo de claraboya. Rosa Sánchez lleva 40 años apostada en su puesto, llamado Rojocar: "Esto no ha cambiado demasiado. Aquí es donde se vendían los artículos decomisados en las aduanas, pero como ahora no hay aduanas vendemos lo mismo pero traído de China". "Las tiendas de aquí abajo resistimos, pero arriba casi todas han cerrado", cuenta. En efecto, subiendo por unas escaleras entramos en un espacio laberíntico de barandillas y plazuelas lleno de comercios clausurados entre los que sobreviven una escuela de claqué, otra de teatro clown o una tienda de artículos para yoga. Y el silencio.

En la misma calle Arenal hay un pequeño pasaje en el que encontramos una pequeña estatua del Ratoncito Pérez. En este edificio, Arenal 8, cuenta la ficción de Luis Coloma que vivía el célebre ratón, dentro de una caja de galletas Huntley. En el piso de arriba está su Casa Museo.

De galería a calle. El pasaje de Matheu es ahora una pequeña calle cerca de Sol, entre Espoz y Mina y Victoria, pero en otros tiempos —se creó en 1840— fue una galería cerrada por un techo de metal y cristal. Tenía tres pisos de tiendas de lujo y cafés, y era el epítome de la modernidad. "Fue de los primeros lugares de la ciudad donde los cafés sacaron mesas a la calle, las primeras terrazas", cuenta Marco Besas, coautor de los libros de la serie Madrid Oculto. "La anécdota es que uno enfrente de otro montaron bares dos franceses de ideologías contrarias. Uno era de un exiliado de la Comuna de París (el Café de Francia), mientras que el otro era de un conservador y monárquico (el café de París). Cada uno atraía a su público pero, según parece, nunca llegaron a las manos".

Sobre la firma

Sergio C. Fanjul

Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) es licenciado en Astrofísica y Máster en Periodismo. Tiene varios libros publicados y premios como el Paco Rabal de Periodismo Cultural o el Pablo García Baena de Poesía. Es profesor de escritura, guionista de TV, radiofonista en Poesía o Barbarie y performer poético. Desde 2009 firma columnas y artículos en El País.

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