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OPINIÓN

El espacio de la corrupción

Hay en España una casta, que no se limita al PP, ni a la derecha, ni siquiera a la política

“La delgada línea que separa el realismo político del cinismo moral es muy fácil de cruzar, y el precio de hacerlo, con el tiempo, acaba pagándose con un espacio político corrupto”. Se lo decía Tony Judt a Timothy Snyder en las conversaciones recogidas en esa especie de testamento intelectual publicado bajo el título de Pensar el siglo XX.Parece una reflexión de sentido común, pero esa sensación engaña un tanto. Porque relacionar el cinismo moral con la corrupción, y alertar sobre la delgada línea que separa la astucia o la lucidez de la trampa y el autoengaño, va mucho más allá de las sumarias condenas o los exabruptos que hoy por hoy suscita el deplorable derroche de basura política que nos sofoca. E incita a plantear preguntas.

¿Cuándo se cruzó esa delgada línea? ¿Quién la cruzó? ¿Lo hicimos todos o sólo ciertos gobernantes y personajes de la actividad partidista? La irrupción de nombres que suenan de otros casos, como Ángel Sanchis Perales (¿se acuerdan de Naseiro?) en el escándalo que protagoniza el extesorero del PP Luis Bárcenas sugiere, por ejemplo, que en la cúpula de la derecha política hace ya muchos lustros que se pasó la tenue frontera entre el pragmatismo y el cinismo, hasta convertir la trampa en un sistema, en una forma de estar en el poder o de usufructuarlo. Lo que se sabe ahora del caso Gürtel, lo que empieza a conocerse de las adjudicaciones a Over Marketing (tan similares en la operativa a las de Orange Market) y lo que quedó en las hemerotecas de Naseiro trazan toda una ejecutoria de financiación oscura. Hay en España una casta, que no se limita al PP, ni a la derecha, ni siquiera a la política, que concibe su actuación en sociedad como si las reglas del juego que afectan a la mayoría no tuvieran nada que ver con ella. Los viejos marxistas, o no tanto, la describirían como una oligarquía. La oligarquía de la corrupción, de añejos regustos franquistas en su motivación, aunque modernizada en sus formas y su composición.

Pienso en los valencianos, no sólo porque Sanchis Perales, ese extesorero del PP terrateniente es de aquí, ni porque el de Naseiro fuera un caso de ramificaciones autóctonas bien conocidas, ni lo hago porque el caso Gürtel, esta versión moderna de lo mismo, metiera un tentáculo, o varios, en nuestras instituciones. Ni porque los asuntos de Urdangarin u Over Marketing pringuen de lleno a quienes han gobernado eufóricamente nuestra tierra. Pienso en los valencianos porque hay muchos que regresan del otro lado de la delgada línea expresando con energía una indignación impostada ante el hedor que desprende la basura que en otro tiempo defendieron como si fuera el Grial.

El elogio del cinismo político llenó las páginas de ilustres periodistas en los tiempos en los que se estableció que defender la honradez era ser imbécil y abogar por la sostenibilidad o la austeridad, por la sobriedad y el recato, un síntoma de falta de riego en el músculo de la ambición colectiva. Hoy hablan de austeridad quienes cruzaron la delgada línea y muchos publicistas entusiastas miran hacia otro lado, como si no hubiéramos tenido ocasión, en aquellos tiempos de ebriedad, de quedarnos con sus caras. Judt alertó sobre la delgada línea que separa el realismo político del cinismo moral. Entre nosotros, por lo menos entre los valencianos, y puede que ese sea un factor distintivo, un hecho diferencial, el movimiento hacia la corrupción se engrasó con abundantes dosis de falsa autoestima y de sublimación colectiva.