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45 olfatos y una copa negra

El certamen Nariz de Oro congrega a 45 sumilleres para elegir a los mejores catadores

Los semifinalistas tienen que adivinar solo con el olor de qué vino se trata

Un madrileño es seleccionado como el mejor de la convocatoria

Un concursante cata uno de los cuatro vinos. Ampliar foto
Un concursante cata uno de los cuatro vinos.

Ricardo Sanabia lleva quince años catando vinos. Lo que empezó como una afición, se ha convertido en su profesión. Este madrileño fue ayer uno de los 45 semifinalistas de la Nariz de Oro, el concurso para elegir al mejor sumiller de España. La prueba se celebró ayer en el hotel Puerta de América. Sanabia se ha presentado tres veces y nunca ha conseguido pasar a la última fase, esto da una idea de lo difícil que es el examen. Es la edición número 22 de este certamen y, por lo que aseguraban a la salida los participantes, “cada año es más difícil”. Tan solo nueve lograron ayer pasar a la final que tendrá lugar en junio en Madrid.

La prueba parece sencilla pero los nervios demuestran que no lo es tanto. Los aspirantes olfatean cuatro vinos. La enóloga Elena Adell detalla sus características y ellos las anotan. Tienen diez minutos para memorizarlas y volver al aula. El examen les espera dentro de una copa negra, para que ni siquiera el color les pueda dar pistas. Deben adivinar solo con el olor cuál de los cuatro caldos es y escribir su descripción en un folio. Son tintos de La Rioja elaborados específicamente para este concurso.

Los minutos de espera antes de enfrentarse al ejercicio se hacen muy cortos a los concursantes. Los pasillos del hotel se asemejaban a los de un colegio antes del examen de final de curso. “Lo más importante es dejarte guiar por tu primera impresión”, explica Marta Burgos, avulense que participa en el concurso por primera vez. “Es muy difícil porque los cuatro son muy parecidos”, reconoce Javier Moreno, un segoviano a punto de enfrentarse a su tercer intento.

"Hay que guiarse por la primera impresión", dice una participante

Mientras los alumnos repasan los apuntes, el ganador de 2002 y hoy miembro del jurado, Lucio del Campo, pasea sonriente. Este empresario de la restauración, cata vinos desde hace 25 años. “Cuando están haciendo el examen no los miro, porque siento sus nervios”, admite. Del Campo cree que habría que mantener la tradición de “algo tan nuestro” como el vino entre las nuevas generaciones.

Ya frente a la copa negra y mientras el jurado explica el desarrollo de la prueba, algunos mantienen la mirada fija, otros juguetean con el boli. “Nada de chuletas”, especifican los enólogos. El examen comienza y la mayoría olfatea varias veces antes de ponerse a escribir. Tienen cuatro minutos para demostrar todo lo que saben. Después aún les queda un test teórico sobre enología de diez minutos.

Alejandro Rodríguez, del restaurante madrileño Ramón Freixa, se convirtió en el alumno destacado. Este participante obtuvo el premio al mejor sumiller de la convocatoria. Junto con sus ocho compañeros tendrá que afinar su nariz dentro de seis meses para demostrar que es de oro.

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