Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
LA SUCESIÓN EN EL PNV

Un partido al mismo compás

Andoni Ortuzar toma el relevo de Iñigo Urkullu en la presidencia del PNV en el momento de mayor unión interna. La afinidad Sabin Etxea-Ajuria Enea será total

Xabier Arzalluz y Carlos Garaikoetxea durante la celebración del Alderdi Eguna, día del PNV, en 1983. Ampliar foto
Xabier Arzalluz y Carlos Garaikoetxea durante la celebración del Alderdi Eguna, día del PNV, en 1983.

Andoni Ortuzar subirá con todos sus bártulos a la última planta de Sabin Etxea, hasta la cúspide de la pirámide del PNV, desde donde ejercerá, oficialmente desde hoy, el liderazgo del partido en perfecta comunión ideológica y estratégica con el Gobierno vasco que preside Iñigo Urkullu. Desde la altura de su nuevo despacho divisa una organización apaciguada, que rema en la misma dirección desde que en la última etapa hayan quedado arrinconadas las viejas polémicas internas entre autonomistas moderados e independentistas radicales.

El relevo relámpago en la cúpula peneuvista se ha dado del modo más natural posible, por la sintonía total existente en el tándem Urkullu-Ortuzar, a diferencia de anteriores sucesiones. El PNV no quiere caer en la misma piedra del pasado, y ser un partido que se hunde en crisis cuando su posición es exitosa. Le ocurrió tras arrollar en las elecciones autonómicas de 1984, que desembocaron dos años después en la escisión de Eusko Alkartasuna (EA) a causa del choque frontal entre Carlos Garaikoetxea (lehendakari) y Xabier Arzalluz (presidente del partido). Volvió a suceder, aunque de forma algo más atenuada, en 2004, cuando hubo que sustituir a Arzalluz en la presidencia después de haber logrado en 2001 marcas electorales desconocidas. Y tampoco fue muy placentero en 2008 el recambio de Imaz por Urkullu, aunque ambos estaban en la misma clave política. No fue un traspaso al uso por la forma inesperada y en contra la voluntad de muchos correligionarios que tuvo el primero para apartarse.

“La sucesión de Urkullu llega en un momento dulce”, reconoce un militante de base guipuzcoano. La entrega de poderes a Ortuzar se da al poco tiempo de recuperar las llaves del Gobierno vasco, en manos de los socialistas entre 2009 y finales del año pasado, y después de instaurar la calma, al menos de puertas afuera, en las bases y en los cuadros directivos. En los cinco años de presidencia, Urkullu ha sabido mantener la armonía interna, en ocasiones alterada por las acometidas que le llegaban desde las sensibilidades críticas con su discurso, instaladas principalmente en Gipuzkoa y Álava. Guardando siempre los equilibrios internos, con concesiones que han neutralizado cualquier atisbo de desobediencia, el líder nacionalista cede los trastos a Ortuzar para que conduzca la nave por los mismos derroteros.

Ortuzar es observado en todas las esferas como una prolongación de su antecesor, lo que supone una garantía para que en lo venidero todos toquen la misma partitura. Es un hecho que el PNV ha tenido históricamente facilidades para decidir sus estrategias y elegir a sus dirigentes cuando prevalecían en su seno la unanimidad y la aclamación, como parece suceder ahora. Atrás quedaron episodios marcados por la división, los juegos hostiles que mantenían al partido centenario en una continua tensión interna.

El nuevo presidente del Euskadi Buru Batzar hereda un partido en calma

Las tiranteces afloraron en el pasado con toda la crudeza cuando más se excitaron las dos sensibilidades ideológicas que siempre han estado latentes dentro del PNV, la que aboga por el pragmatismo autonomista y la que prefiere la vía independentista. Esa ambivalencia —los profesores Santiago de Pablo, Ludger Mees y José Antonio Rodríguez lo denominaron “el péndulo patriótico” en el libro del mismo nombre— ha permitido combinar un mensaje de radicalidad que contentaba al sector más nacionalista con una gestión práctica desde el Gobierno autonómico dirigido a la mayoría de la sociedad. Pero ese doble juego también causó demasiados problemas en la práctica.

La apuesta por una estrategia soberanista en 1998, que lideró el exlehendakari Juan José Ibarretxe durante casi todo su mandato con el paraguas de Arzalluz, hizo saltar las chispas cuando Imaz se puso al mando del partido y adoptó un tono más templado y conciliador con el sector no nacionalista de la ciudadanía. Imaz le ganó a Joseba Egibar, siempre en el mismo cauce que Arzalluz y muy inclinado a las tesis de Ibarretxe, en una reñidísima batalla por la dirección del partido en 2004. Pero los cuatro años de Imaz en Sabin Etxea fueron tan tormentosos que había riesgo de recuperar episodios de la ruptura de mediados de los 80. “El riesgo de división en el Partido Nacionalista Vasco añadiría dosis de inestabilidad y radicalidad a la política vasca”, escribió Imaz en el artículo que anunciaba su adiós a la política.

El actual presidente de Petronor se batió en retirada para evitar males mayores: “Un partido no puede llevar adelante una modernización necesaria en un contexto de competición por el discurso”. “Primero la paz y después la política”. Son frases que acuñó en su despedida de la dirección del PNV, que pasó a asumir en 2008 Urkullu con un alto grado de consenso entre la militancia. Desde el EBB, el actual lehendakari mantuvo fidelidad al discurso pactista y tradicional que abanderó a su predecesor.

Ahora impera el pragmatismo frente a la radicalidad del pasado

Ese año, con la izquierda abertzale ilegalizada, el PNV estaba al frente del Gobierno vasco y de las tres Diputaciones forales, con un control casi absoluto de la situación. El panorama ha cambiado de manera sustancial desde entonces. Ha recuperado el Ejecutivo autonómico, tras derrotar a EH Bildu en las urnas el año pasado, y mantiene su poder en Bizkaia, pero en las otras dos provincias —Gipuzkoa está gobernada por Bildu y Álava, por el PP— se encuentra en la oposición. </CF>

En 2013, ya no se prevé ese pulso soterrado entre la cúpula del partido y la oficina del lehendakari. Al contrario. Urkullu ya ha dejado claro que la prioridad de su Ejecutivo va a ser hacer frente a la crisis económica, lo que sitúa en un segundo plano la consecución de “un estado vasco en Europa”, como proclamó en la campaña electoral. Y Ortuzar, que pertenece a la misma generación política y le une una gran amistad con aquel, está en la misma onda de abordar lo urgente antes de agitar de nuevo las esencias ideológicas del partido.