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Más que una orquesta sinfónica

Capella de Ministrers cumple 25 años en torno a ocho siglos de legado musical

Concierto en la catedral de St. Patrick, en Nueva York, en diciembre de 2005.
Concierto en la catedral de St. Patrick, en Nueva York, en diciembre de 2005.

“En la música antigua trabajamos en torno a 800 años de historia musical, más años de repertorio que una orquesta sinfónica, que puede abarcar 300 años”, constata con orgullo el violagambista valenciano Carles Magraner, líder de la Capella de Ministrers. La próxima semana celebrará en directo sus 25 años de trabajo en torno a esa música, antigua, medieval, barroca. Ferran Adrià considera que son “un orgullo para Valencia” y que son artistas que hacen avanzar la cultura, porque “tienen un proyecto y tienen pasión”. Para el chef catalán, que colaboró en la edición del último álbum en torno a un género conocido como ensalada, son “gente muy creativa, por la manera innovadora que tienen de enfocar su trabajo”.

Sorprendentemente, sigue siendo “un grupo freelance sin consolidación ni a nivel de espacio ni a nivel económico”, lamenta sin acritud su fundador. “Todavía tenemos que pelearnos por espacios para poder ensayar”. El apoyo de la Universitat de València y del Institut de la Música les ha librado del desamparo institucional absoluto, pero al percusionista Pau Ballester, que se incorporó tempranamente a la Capella, le parece “increíble que en 25 años ninguna entidad pública la haya adoptado en residencia”. Años productivos, por lo demás, con más de 1.000 conciertos por todo el mundo y 43 discos y el reconocimiento a la excelencia de un trabajo que ha implicado a dos centenares de músicos, amén de artistas y profesionales de otras disciplinas, como Mario Vargas Llosa, Bigas Luna, Fernando Delgado, o Juli Leal. “Como conciertos memorables, a lo mejor esperas que diga el de la catedral de St. Patrick en Nueva York”, ironiza Pau Ballester, “pero recuerdo especialmente algunos menos deslumbrantes como el corral de Almagro o en una sala del castillo de Eivissa, donde la relación con el público es más íntima”.

La Capella de Ministrers en La Lonja de Valencia.
La Capella de Ministrers en La Lonja de Valencia.

“Un plato de caliente”. Ese fue literalmente el pago a los músicos dirigidos por Magraner en su primer concierto. Fue en el Juan Sebastian Bach, pub de moda alojado en un palacete del siglo XVII de Valencia. ¿Y el nombre? “Capella era un nombre histórico con el que nos sentíamos identificados, simplemente una colla de músicos que trabajaban contratados por mecenas, reyes o, cabildos”. Alimentados por el afán de descubrir el barroco valenciano, dos años después se embarcaron, “animados por Vicent Ros y Lluís Miquel Campos”, en su debut discográfico, Música barroca valenciana. El disco se llevó el premio del Instituto Nacional de las Artes Escénicas por la contribución “al mejor conocimiento y difusión del Patrimonio Musical Español”. Fue, además, asegura, “la primera producción española de música clásica totalmente digital”. Con el segundo álbum, sobre el Cançoner del Duc de Calàbria, la Capella abundó en la línea de difusión del “patrimonio musical valenciano”, que mantendría en el tercero, una selección de Matías Navarro, maestro catedralicio de Orihuela en el XVII.

Amante del cine, Magraner apela a Woody Allen para justificar la inusual productividad discográfica de la Capella, con una media de dos discos anuales desde mediados los noventa. Un paso decisivo fue generar un sello propio, para impulsar “las producciones que artísticamente puedes defender”, sin sentirse “frenado por depender de multinacionales o de terceras personas”. La Capella ha creado un estilo propio que se ha trabajado “en contacto con otras disciplinas, la multidisciplinariedad también crea estilo”.

"Cuando estudiaba, decían

que no existía

música valenciana del XV"

La materia prima básica es el patrimonio histórico “interminable” de la Corona de Aragón, rico no solo en lo musical, explica, “que ya son mucho Cabanilles o Martin i Soler, sino por la posibilidad de asociarlo a fenómenos literarios como Tirant lo Blanc o Ausiàs March, o pictóricos, como el proyecto Música angélica, inspirado en los ángeles músicos descubiertos en la Catedral de Valencia, pintados al fresco a finales del XV. Cuando Magraner estudiaba Historia de la Música, al llegar al siglo XV se decía que en Valencia no existía música”. Le parecía increíble y su empeño ha sido “recuperar ese siglo de oro valenciano, aunque la música no se hiciera exactamente aquí, sino en Aviñón, en la corte del Papa Luna, en Roma o en Nápoles”. Investigadores como Mari Carmen Gómez Muntané, una colaboradora clave de la Capella, han hecho estudios sobre ello en los últimos años y el grupo valenciano ha podido producir “media docena de discos de música del siglo XV vinculada a Valencia”.

Su materia prima es

el patrimonio musical de la

Corona de Aragón

En el álbum Música en temps de Jaume I (2008) incluían piezas andalusíes del siglo XII, pero el récord de antigüedad lo baten en el disco del 25º aniversario con el Epitafi de Seikilos, una composición griega datada antes de Cristo. La interpretarán el próximo jueves en La Nau de la Universitat de València junto con el resto del álbum, titulado El cicle de la vida, y al lado de una exposición asociada al aniversario, que reúne obras ad hoc de las fotógrafas Isabel Muñoz y Flor Garduño y las artistas plásticas Carmen Calvo y Eva Lootz. “La Capella tiene un sello inconfundible”, asegura Beatrice Traver, historiadora, musicóloga y comisaria de la muestra. “Hemos tratado de extrapolar su concepto de música antigua al discurso del arte contemporáneo”, explica, acorde con el deseo de acercarse a nuevos públicos.

¿Antigüedad e innovación?

Lo de “antigua” puede alejar al oyente moderno. La pregunta es pertinente: ¿se puede ser creativo e innovador hablando de música antigua? “Podríamos estar hablando horas de eso”, se sonríe Carles Magraner, que prepara una tesis doctoral “sobre cómo el intérprete aborda la música antigua, qué hay de historia y qué de creatividad”. Y no hay duda: en la música antigua “cabe la creatividad y la innovación”, pero “no vale cualquier cosa”. Hay unos “pilares básicos”, explica Magraner, que sostienen esa relación y que son el conocimiento de esa materia prima con tantos siglos de historia, la preparación técnica para abordar el repertorio antiguo, tanto desde un punto de vista musicológico como de técnica instrumental, y disponer de las herramientas adecuadas, los instrumentos de época.

Conviene conocer para qué servía cada música, si se trataba de un funeral, de bailar en palacio o de un peregrinaje. Y después de conjugar todo eso, “haces un poco como traductor de una obra literaria”.

Hay que “adaptarlo al lenguaje contemporáneo y presentarlo a un público muy distante de esa realidad”. Es ahí donde el intérprete echa mano de otras herramientas para hacerlo atractivo. Magraner siempre piensa “de una manera muy cinematográfica”, porque “los discos, los conciertos son como películas”. El percusionista Pau Ballester, que también es miembro del Grup Amores, situado en la aparentemente distante orilla de la música contemporánea, tiene claro que “esta y la música antigua están más cerca de lo que parece” y que en ambas la creatividad es fundamental, “más que en la que se hizo desde el barroco hasta principios del siglo XX”.

Para Ferran Adrià, que no podrá estar en el concierto aniversario de la Capella por estar en Japón, “la música que interpretan puede ser totalmente de vanguardia para un oyente profano, tanto como la cocina tradicional japonesa para un occidental que desconoce sus secretos”.