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El Empordà se prepara para recuperar sus bosques tras el gran incendio

Un jefe de bomberos sostiene que la teoría de las colillas “es un cuento chino”

Bomberos y forestales, ayer, en Terrades controlando los últimos focos del incendio.
Bomberos y forestales, ayer, en Terrades controlando los últimos focos del incendio.

Hace seis días empezaba en La Jonquera el gran incendio que ha arrasado el Alt Empordà. Lo hacía con una fuerza descomunal: las llamas llegaron a quemar 1.200 hectáreas por hora. Una barbaridad. “Ningún servicio de bomberos del mundo puede con esto”, reconoció Enric Cano, experimentado jefe del cuerpo en la provincia de Girona. El fuego quedó ayer controlado no sin antes dejar exhausta a la población y a los servicios de extinción. Los alcaldes de los 17 municipios afectados por el gran incendio se reunieron con la vicepresidenta de la Generalitat, Joana Ortega, para empezar la reconstrucción de la zona y la regeneración de los bosques.

A Cano se le vio estos días dando órdenes con los ojos enrojecidos, sin dormir durante horas, en medio del trajín, instalado en el centro de mando en Figueres. Poco pudieron hacer los bomberos el domingo, el día que prendió el fuego, salvo intentar poner a salvo a los vecinos. Pero dos personas murieron por el incendio de La Jonquera y otras dos en otro fuego, más pequeño, en Portbou. Cano se siente impotente cuando piensa en los muertos. “Nunca había visto un incendio como este”, afirma. Las llamas arrasaron bosques, (de las 14.000 hectáreas, aproximadamente la mitad eran de alcornocales), cultivos, granjas y se llevaron por delante algunas casas.

Ortega anunció ayer que la Generalitat implantará líneas de ayudas para los vecinos y para que los Ayuntamientos puedan reparar las infraestructuras dañadas. El Consistorio de La Jonquera ha contabilizado 90.000 euros de pérdidas, de los cuales una gran parte corresponde a las horas extra que han trabajado los policías municipales. El cementerio se ha quemado “todo”, según la alcaldesa Sònia Martínez. En Capmany ha ardido el 90% del bosque y un cámping ha quedado totalmente calcinado. “Al salir del pueblo se ve la catástrofe”, resume el alcalde, Jesús Figa. También ha quedado afectado el cementerio de Biure. Su alcalde, Albert Camps, pedía ayer que la Generalitat acuerde una subvención para el ganadero del pueblo que perdió todo su rebaño de 500 ovejas.

El Gobierno catalán, ya desde el primer día, dirigió el foco de las reprobaciones hacia los fumadores que lanzan colillas a los márgenes de las carreteras. Primero fue el presidente Artur Mas y luego su consejero de Interior, Felip Puig, quienes descargaron toda responsabilidad por los incendios en los “imprudentes” fumadores. Los Mossos d’Esquadra investigan a los incautos que lanzaron las dos colillas que originaron ambos fuegos. Pero hay quien cree que hay que ir más allá para encontrar la verdadera causa del desastre: una deficiente gestión agrícola y forestal que hace que los bosques catalanes sean un “polvorín”.

La crítica la lanza un veterano jefe de bomberos que ya trabajaba en el gran incendio que afectó a la misma comarca en 1986. “Lo de las colillas”, afirma, “es un cuento chino, una maniobra para que no se hable del problema real”. También han salido a la palestra los representantes sindicales de CC OO del cuerpo de Agentes Rurales, que lamentaron que con “los medios humanos y materiales actuales” no pueden abarcar todas las acciones preventivas necesarias en materia de incendios. Los agentes recordaron que corresponde a la Generalitat limpiar de vegetación los márgenes de las carreteras que son de su titularidad.

Los expertos insisten estos días en que los bosques, con las actividades agrícola y ganadera en retroceso desde hace décadas, se han convertido en enormes depósitos de materia combustible.

En las zonas afectadas ya no se observa la frenética actividad de días pasados. Un puñado de retenes de agentes de los bomberos hacían ayer guardia cerca de Terrades, en una de las zonas más castigadas. El fuego ha dejado a su paso un paisaje de muerte. La ceniza forma un manto de color gris blanquecino a ambos lados de la carretera. Los olivos que han resistido al fuego se han teñido de amarillo, chamuscados por el paso de las llamas. El olor a tierra quemada persiste y quién sabe por cuánto tiempo. Aparece una tímida lluvia que arrastra la suciedad acumulada en el aire y pronto cesa. En el bosque abrasado, todo es silencio.