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OPINIÓN

Escuelas reales, escuelas virtuales

‘Mestres’, de TV-3, dibuja un panorama incompleto, se queda en los efectos de la superficie

He seguido con interés decreciente el programa Mestres, que desde hace unos meses programa TV-3. De entrada, como a todos los programas que no arriesgan demasiado, y hasta ahora Mestres ha arriesgado poco, cuesta encontrarle defectos porque también cuesta encontrarle virtudes. Mestres dibuja un panorama incompleto. Se desgranan todos los problemas que tiene la enseñanza, sí, pero se queda en los efectos de la superficie y las causas reales de algunos de ellos brillan por su ausencia. El tono de quienes intervienen es cercano y amable, es cierto, pero tanta cercanía y amabilidad contrastan con una realidad que en muchos casos supera el plató. Un programa puede ser un eufemismo, la realidad es otra cosa. Los invitados visitan los colegios, se encuentran con su profesor preferido y, es justo y necesario, reconocen su labor. Sin embargo, no vemos el contraste que nos explique por qué tenemos un 30% de fracaso escolar, en las antípodas del eufemismo. Algunos de estos invitados también podrían decirnos cuál de sus profesores era una nulidad.

Mestres dice la verdad, pero no toda la verdad. En beneficio de muchos profesores que son un ejemplo, que trabajan con tesón y a los que debemos más que su sueldo, tenemos que decir que hay otros que sería mejor que se dedicasen a otra cosa, que hay profesores incompetentes protegidos por el sistema funcionarial o, en la acera de enfrente, por la antigüedad adquirida en colegios concertados que no pueden costear su despido. Sí, estoy hablando de despido. ¿O acaso no lo despedirán a usted si no hace bien su trabajo? Mientras no asumamos que una parte (antes de que me tiren la tiza, subrayo, una parte) de eso que llamamos fracaso escolar se debe al fracaso profesoral, nos estaremos haciendo trampas al solitario. Tratar a todo el mundo por igual significa faltar al respeto a los profesores que tiran del carro y que hacen que la enseñanza no esté peor de lo que está.

El tercio de fracaso escolar bastaría para explicar una crisis como esta. Hablamos de futuro, de riesgo y de innovación, y tenemos un esquema funcionarial que trata igual a los maestros de sobresaliente y a los de suspenso. Recuerdo que cuando llegábamos al instituto en el autobús nos encontrábamos a uno de los profesores durmiendo la mona en un banco cercano a la estación. Horas más tarde aparecía o no, depende. Llevaba muchos años de esta guisa y duró en el instituto muchos más. Es un ejemplo extremo, pero el absentismo laboral en otros casos era dramático, vaya, que lo de hacer novillos no era patrimonio del alumnado. Y pasaba en el instituto y en la universidad: a algunos profesores no les vimos el pelo más que el día del examen. Cierto es que había otros a los que era mejor no habérselo visto jamás. Los buenos tenían que suplir a los malos.

Sí, ya sé que queda mejor decir que la culpa es de la sociedad, de las familias y, sobre todo, del sistema. He pasado por todos los niveles y ámbitos del sistema escolar, desde infantil a la universidad, público y privado, desde la Zona Franca a los happy few, como profesor y como alumno... Hay familias que desgastan tanto como algunas leyes, pero el profesorado no está en ningún limbo. Sí, ya sé que no es popular, que quedaría como un rey diciendo que toda la culpa es del sistema y algunos tópicos más al uso, pero ni ustedes esperan que yo les diga eso ni yo que se lo traguen. Es un secreto a voces, seguro que el corporativismo tiene algo positivo, pero me parece que el blindaje en este caso forma más parte del problema que de la solución. Porque, si hay taxistas buenos y malos, policías decentes y algunos corruptos, articulistas y arquitectos increíbles o desastrosos, tiene que haber profesores competentes e incompetentes. Y con el daño que hacen estos últimos, ¿por qué tenemos que aguantarlos año tras año?

Mestres es tan bienintencionado como parcial. Uno de sus retos es poner en valor al profesorado, pero los problemas complejos necesitan miradas complejas y relatos completos. Si lo que se persigue es la credibilidad, claro está.