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Saludar al calor desde 4.100 sitios

La oferta de terrazas en la capital se ha duplicado en dos años

La temporada alta arranca con la ampliación de horarios y quejas vecinales

Terraza La Cantina, en Matadero Madrid. Ver fotogalería
Terraza La Cantina, en Matadero Madrid.

“El otro día vi a los clientes de una terraza en la calle de Jorge Juan fumando y con cara de mucha satisfacción”, decía Alberto Ruiz-Gallardón (PP) hace poco más de un año. Por entonces, el ahora ministro de Justicia no tenía otra cosa en la cabeza que seguir siendo alcalde de Madrid, a tenor de sus palabras, aunque su ambición estética pasaba desde hacía tiempo por reconducir el casticismo de esta ciudad hacia modelos urbanos más chic. Por ejemplo, París.

El regidor, que lo fue entre 2003 y noviembre de 2011, aprovechó la oportunidad que se le presentó en enero del año pasado con la entrada en vigor de la ley antitabaco aprobada por el anterior Gobierno socialista. Si los madrileños querían fumar en un establecimiento, que lo hicieran en su terraza. Gallardón (a quien nadie recuerda con un cigarro en la mano) soñaba con esa ciudad de cenadores acristalados reflejada por la nouvelle vague, y buscó para ello la complicidad de los hosteleros. Como tantas veces sucede, la consiguió a medias.

Madrid sigue sin parecerse a París, entre otros motivos porque en los recintos exteriores acristalados también está prohibido fumar. Pero sí han proliferado las terrazas, con sus ventajas más que evidentes y una ristra tampoco menor de problemas.

En 2009, el Ayuntamiento tenía constancia de la existencia de 1.996 terrazas en toda la ciudad, que se convirtieron en 3.244 al año siguiente. La cifra provisional en 2011 ascendía a 4.100. Entre 2007 y 2009, la recaudación municipal por los permisos correspondientes rondaba los 4,7 millones de euros al año. En 2010 se disparó un 21%, hasta los 5,6 millones. En 2011, la cifra pendiente de liquidación superaba los 6 millones, tras otro incremento del 7,4%.

Mesas en la terraza del restaurante Lamucca, en Malasaña. ampliar foto
Mesas en la terraza del restaurante Lamucca, en Malasaña.

Hace justo un año, Gallardón adaptó las ordenanzas municipales a la directiva europea de servicios, flexibilizando entre otros trámites la obtención de permisos para instalar terrazas. Por ejemplo, “se eliminó el procedimiento de homologación para sillas, mesas y demás mobiliario”; se permitió abrir terrazas a los hoteles; y se “autorizaron los dispositivos de climatización con el fin de ampliar su periodo de funcionamiento”. Este último punto se resume en siete letras: estufas. O, en estos tiempos de austeridad, en solo cinco: setas.

Los sistemas de calefacción exterior son ahora tan abundantes en algunas calles del centro que incluso en invierno se está mejor paseando que en casa. Por no hablar de la guerra estética entre establecimientos vecinos, que tratan de seducir a los viandantes con estufas cada vez más refinadas o cojines de piel.

Respecto al mobiliario urbano, pese a que ya no se obliga al hostelero a adquirir sillas y mesas homologadas, sí pervive el celo preciosista del anterior alcalde. “Los locales deben enviar fotos de cómo va a quedar la terraza para obtener la autorización de las juntas municipales, que en algunos distritos o barrios son muy estrictas”, asegura La Viña, principal asociación regional de hosteleros con más de 3.000 empresarios. Habla por ejemplo de la plaza Mayor o de Santa Ana, donde se pasó de una variedad cañí de mobiliario a una agradable uniformidad que últimamente empieza a desbocarse de nuevo.

En esta ciudad que solo parece conocer dos estaciones, un invierno poco fiable y un verano cada vez más ambicioso, las terrazas evitan que los madrileños puedan echar de menos esa lluvia que no llega, desayunando en compañía, tomándose el vermú o alargando la caída de la tarde. Fuera del periodo estival, pueden abrir de diez de la mañana a medianoche. En temporada alta (de ayer al 31 de octubre), el cierre se retrasa a la una de la madrugada entre semana y hasta las 2.30 los viernes, sábados y vísperas de festivo.

Los vecinos reniegan del ruido que arman aquellos que las disfrutan. La Plataforma Madrid Centro, que agrupa a las asociaciones de las Cavas-Costanillas, Chueca, Ópera-Austrias, plaza Mayor y plaza de Santa Ana, presiona estos días al Ayuntamiento para que adelante una hora su cierre. Sería una de las posibles medidas del plan de protección acústica que el Gobierno local tiene previsto aprobar en breve en este distrito. No tiene visos de prosperar, si acaso como último recurso. Los hosteleros bufan cada vez que se menciona un posible adelanto de horarios, y aspiran a ir incluso más allá: piden al Ayuntamiento que permita a los bares de copas instalar terrazas en las mismas condiciones que el resto de locales, algo ahora vedado.

Paradójicamente, las terrazas son un antídoto institucional contra formas desordenadas de ocio nocturno como el botellón, al que vecinos, hosteleros y gobernantes coinciden en culpar de buena parte del ruido. Los empresarios estiman que hasta 100.000 jóvenes de 14 a 30 años se emborrachan en las calles y plazas de toda España durante los fines de semana con alcohol comprado en tiendas y supermercados. Las asociaciones de vecinos señalan esta práctica como uno de los principales focos de molestias, junto con el barullo a la puerta de locales.

Las terrazas son también un instrumento contra la degradación en algunas zonas urbanas. Tanto es así que el propio Ayuntamiento aprobó en 2010 la concesión de quioscos-cafetería con hasta 100 metros cuadrados de terraza en las plazas de Vázquez de Mella, Soledad Torres Acosta y Jacinto Benavente.

Ayer comenzó oficialmente el dulce verano de terrazas y azoteas de Madrid. Disfrútelo con la misma satisfacción que aquellos jóvenes a los que vio Gallardón en la calle de Jorge Juan. Quién sabe, quizá uno de ellos era usted.

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