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La punta de la lengua
Columna

El sesgo de sincronización

Nos sintonizamos al dar palmas, al gritar en el estadio. Y cuando nos influye una idea generalizada, aunque sea falsa

Se puede notar en las emisiones de radio en directo cuándo entra una grabación y cuándo habla un redactor cuya voz se transmite al aire del instante. Quien dirige el espacio da paso a la crónica y el oyente atento sabe deducir si se halla ante una comunicación simultánea o, por el contrario, ha sido registrada con anterioridad para su emisión en diferido. ¿Por qué?

Los aplausos en los teatros suenan acompasados aunque no haya mediado ensayo del público para tal conjunción rítmica. Ocurre también con las palmas que animan a un equipo; y con la gran mayoría de las voces que corean una protesta o que cantan cuando los intérpretes de moda se callan de pronto y muestran el micrófono al público para que articule el estribillo: de repente percibimos que los asistentes se han conjuntado con la armonía adecuada. Nos afinamos unos con otros, aun sin disfrutar de conocimientos musicales, ni siquiera de un buen oído. Y un estadio entero que vocea en el mismo tono (a elegir entre 12 tonalidades básicas mayores y 12 menores) no deja de ser un pequeño milagro.

Así sucede con las tertulias. El sonido de los participantes se va afinando de forma inconsciente, hasta adquirir una tonalidad común cuya ruptura se nota enseguida si alguien eleva la voz; momento en que los demás la suben también, para equipararse de nuevo. Otro tanto ocurre cuando se da paso a periodistas y colaboradores: la persona que presenta el espacio va estableciendo un tono con el que se igualan quienes están en disposición de hacerlo… pero no quienes han dejado su crónica grabada.

Tenemos una tendencia a unirnos a las corrientes dominantes. Cuando alguien se queda dormido en un auditorio y lo despiertan los aplausos de los demás, lo primero que hará será aplaudir.

Por eso son tan importantes hoy en día los millones de bots en las redes, manejados por no sabemos quién, que logran crear una apariencia de opinión pública para arrastrar a un alto porcentaje de desnortados y activar en ellos el sesgo de confirmación.

El llamado experimento de conformidad fue desarrollado por Solomon Asch a mediados del siglo XX, y repetido infinidad de veces con resultados similares. Este psicólogo estadounidense organizó 18 grupos de ocho personas a quienes mostraba distintas cartulinas con cuatro líneas rectas de variada longitud para preguntarles cuál de ellas estaba repetida. Siete de los ocho participantes se hallaban compinchados con él para dar una misma contestación claramente errónea, y se trataba de averiguar qué diría en cada ocasión el individuo restante tras oír las demás respuestas. El pobre desavisado, influido por su soledad, cedía a la presión del grupo en el 36,8% de los experimentos. (Moscovici, Serge. Psicología social, I. Paidós, 1985. Página 45).

También un mendigo sabe que es más eficaz para los donativos una gorra con monedas que una gorra vacía.

Esa tendencia de sumarse a una corriente se aprecia en muchos sondeos sobre la situación económica. En ocasiones, un altísimo porcentaje de los encuestados responde que a ellos les va estupendamente, pero opinan que la economía del país está fatal. Esto se debe a que se hallan expuestos a mensajes abrumadores en tal sentido.

Se ve, pues, que sincronizamos nuestros pensamientos con un mecanismo similar al que sincroniza nuestras voces y nuestros aplausos. Ese efecto de rebaño funciona ahora con millones de ovejas robóticas en las redes que armonizan sus balidos para que nos sumemos a ellos.

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