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Aldous Huxley: la eternidad es tan real como la mierda

En ‘Las puertas de la percepción’ y otras de sus obras, el escritor y filósofo exploró la intuición de que la experiencia psicodélica nos obligará a reevaluar muchas de las ideas tradicionales sobre la naturaleza de la mente, la ética y la religión

El autor británico Aldous Huxley en una visita a Toronto, en una imagen sin fecha.
El autor británico Aldous Huxley en una visita a Toronto, en una imagen sin fecha.Reg Innell (Toronto Star / Getty Images)

Si las puertas de la percepción fueran depuradas,

todo se mostraría tal cual es, infinito.

William Blake

La frase se la dijo Aldous Huxley bajo los efectos de la mescalina a la terapeuta italiana Laura Archera. Más tarde, ella se convertiría en su mujer. La pareja se instaló en Los Ángeles, justo detrás de la O del famoso letrero de Hollywood, corría el año 1955. Los Huxley se imbuyeron de lleno en la investigación con psicotrópicos, las tradiciones orientales, el hipnotismo y la visión mística de la realidad. Viajaron a México para conocer de cerca a María Sabina, chamana mazateca experta en ceremonias de curación con hongos sagrados. La investigación con psicodélicos proseguiría hasta el final de su vida. Laura administrará 100 miligramos de LSD a Huxley, enfermo terminal de cáncer, y el escritor atravesará serenamente el umbral el día en que John. F. Kennedy es asesinado en Dallas.

Aldous Huxley es nieto del biólogo T. H. Huxley, presidente de la Royal Society y conocido como “el bulldog de Darwin”, por su férreo agnosticismo y su defensa acérrima de la teoría de la evolución. Por parte de madre, desciende del poeta y teólogo Matthew Arnold. En su figura convergen las ciencias y las humanidades. Su familia (donde no es admisible no ser brillante) forma parte de la élite intelectual inglesa. Recibe su educación en Eton y Oxford, pero vivirá relativamente aislado de los círculos intelectuales, en pequeños pueblos de Italia y Francia, en las estribaciones del desierto de Mojave y en colinas de Hollywood. No inventa nada, no es un pionero ni un descubridor. Como Confucio, se limita a trasmitir una cultura antigua, una filosofía perenne. Tiene olfato para la distopía, para anticipar posibles escenarios de la historia. Como dice una de sus biógrafas, su obra produce una sensación de déjà vu. Uno de sus temas recurrentes es el excesivo desarrollo tecnológico y su impacto en los ecosistemas, el otro, sobre todo al final de su vida, el llamado “germen místico” (que habita en todas las personas) y una particular teoría de la mente en la línea de William James, de algunas filosofías orientales y de sus propias experiencias psicodélicas.

Salir del propio círculo de luz. Cada ser vivo vive en un universo propio. El de la tortuga, el búho o la berenjena poco tienen que ver con el nuestro. Pero el nuestro, con sus galaxias, estrellas y años luz, no es más verdadero que aquellos. La inteligencia vegetal, como la vírica o bacteriológica, forma parte de lo que somos. La seta, fruto del hongo, es el puente entre el mundo vegetal y el animal. La seta carece de clorofila y está formada de celulosa y quitina (ambos componentes animales que se encuentran en los caparazones de los insectos). Su naturaleza ambigua la acerca al coral, animal plantado en los fondos marinos. La inteligencia vegetal puede penetrar en la humana.

En la última década de su vida, Huxley participó en diez sesiones psicodélicas (documentadas). Bajo supervisión médica experimentó cuatro veces con mescalina (cactus), cuatro con LDS y dos con psilocibina (hongos). En ellas constató que el mundo interior es tan vasto como el espacio exterior. En una carta a Thomas Merton, defendió el uso de estas sustancias para suscitar experiencias unitivas, en general afortunadas, aunque también las hay infernales y profundamente turbadoras. Nada nuevo. Ya ocurrió a los Padres del desierto o en las llamadas “tentaciones” de Buda o San Antonio. Sea como fuere, la experiencia resulta profundamente significativa y la persona nunca volverá a ser la misma. “Mi primera experiencia fue primordialmente estética. Las experiencias posteriores fueron de otra naturaleza y me ayudaron a entender muchas de las oscuras afirmaciones de místicos cristianos y orientales. Un sentimiento inefable de gratitud por el hecho de haber nacido en este universo. La gratitud es el cielo mismo, había dicho Blake. Ahora sé exactamente a qué se refería. Una trascendencia respecto a la relación corriente sujeto-objeto. Una trascendencia respecto al miedo a la muerte. Un sentimiento de solidaridad con el mundo y con su principio espiritual y la convicción de que, a pesar del dolor, la maldad y todo lo demás, las cosas están de alguna manera en perfecta condición”. El mundo es bueno tal cual es. Se puede confiar en él. La confianza y la gratitud son los ejes fundamentales de este tipo de experiencias. “Aunque Él me mate, confiaré en Él” (Julian de Norwich). Huxley comprende, con su cuerpo y su mente, que Dios es Amor. La experiencia es pasajera (como todo lo de aquí abajo) pero su recuerdo tiende a reaparecer luego, espontáneamente o durante la meditación, y ejerce una influencia prolongada y beneficiosa en el sujeto.

En una mañana de mayo de 1953, en las colinas de Hollywood, el doctor Osmond agita un vaso mientras observa cómo los cristales blancos de mescalina giran y dejan un rastro aceitoso en el agua. No sabe si la dosis será excesiva o insuficiente. Teme convertirse en el hombre que hizo enloquecer a Huxley. El escritor ha adquirido un dictáfono para la ocasión. Inspirado en William Blake, su intención es limpiar las puertas de la percepción, dejarlas diáfanas para que se manifieste la persona tal cual es: infinita.

Dos años más tarde (diciembre de 1955), Huxley tendrá su primera experiencia con 75 microgramos de LSD 25. La sustancia le parece más potente que la mescalina. Los efectos son parecidos: la transfiguración del mundo exterior y la comprensión de que el Amor es Uno y constituye el sustrato esencial de la existencia. No hay visiones. Ni siquiera con los ojos cerrados. Escucha la Ofrenda musical y la Suite en sí menor de Bach. La experiencia es abrumadora. En comparación con Bach, el canto gregoriano le parece grotesco. “La voz solitaria que berreaba sus aleluyas y kiries me parecía un gigantesco lacayo rindiendo servil homenaje a Luis XIV”. Bach le parece, por el contrario, capaz de expresar la naturaleza de la realidad, la creación perpetua, y, al mismo tiempo, una demostración de que la muerte es necesaria y la eternidad axiomática. La música de Bach ilustra “la inmensa manifestación de lo Otro, pero lo Otro canalizado, controlado, accesible mediante la intervención del intelecto, los sentidos y las emociones”. Siente la perfección esencial del universo y la imparcialidad del Uno. Bach le parece más fiel a la realidad que la música religiosa sentimental (réquiems o misas solemnes). El amor es el puente entre lo objetivo y lo subjetivo, la unidad y la multiplicidad, nirvana y saṃsāra.

En la última década de su vida, Huxley participó en diez sesiones psicodélicas. En ellas constató que el mundo interior es tan vasto como el espacio exterior

La mescalina y el LSD son potenciadores de la educación no verbal y puede resultar terapéuticos para alcohólicos y enfermos terminales. La sustancia guía la mente del paciente (sin las palabras, sugerencias o imposiciones del médico o clérigo), hacia el hecho primordial (cuya comprensión implica la salud perfecta mientras dura la experiencia). Huxley saca algunas conclusiones: el efecto estroboscópico no es retiniano. El simbolismo, como el lenguaje, es un señuelo hediondo. “Ojalá el viejo Jung no fuera tan aficionado a los símbolos. El problema de los alemanes es que siempre recuerdan la frase más tonta de Goethe: ‘Lo efímero es sólo una parábola’. Jamás se dijo un embuste mayor”. (Coincido con la intuición lisérgica de Huxley). El mundo natural, proteico y mutante, es tan real como lo eterno e inmutable. Lo divino es su relación, el magnetismo amoroso que se establece entre ambos. Lo divino no es lo inmutable, tampoco el cambio, lo divino es esa devoción mutua. El señuelo del simbolismo, que es el señuelo del lenguaje: “Esto presente representa a aquello trascendente”, ha desorientado a las mentes más brillantes. “De ahí la jungla en la que viven los jungianos, y su estilo ampuloso y exuberante”.

Pero Huxley quiere dejar de lado la tendencia a juzgar. Abandonar la discusión, como sugería Nāgārjuna, “conocer el estado de Amor y permanecer en él”. La experiencia desmiente a Platón. Lo real no es el Bien, la Belleza y la Verdad. Lo real es Amor. La visión platónica “es una formulación incorrecta de los hechos. El bien implica el mal y por lo tanto perpetúa el dualismo. El Amor reconcilia todos los opuestos y es el Uno”. Todo lo demás es idolatría. Siente la intensidad de la presencia de las cosas, su inextricable belleza y luminosidad. “El amor des-objetiva la cosa o la persona percibida y al mismo tiempo des-subjetiva al perceptor, que deja de ver el mundo exterior con deseo o aversión, que no juzga, que deja de ser un yo cargado de emoción, sino que se descubre como elemento de una realidad dada, que no es un conjunto de objetos y de sujetos, sino una unidad cósmica de amor”. El amor es la vía a la compresión intuitiva del otro. La ventaja de esta visión es incalculable. Ya no teme morir, “pues la muerte debe ser como esta transición de lo conocido (compuesto por los hábitos de toda la vida asociados a la dinámica sujeto-objeto) al hecho cósmico desconocido”. Ahora bien, la teofanía es pasajera. Aunque dejará un recuerdo indeleble.

El modelo de mente que baraja Huxley es análogo al de William James o Bergson. El cerebro no produce los pensamientos. Es más bien una válvula reductora. Un dispositivo encargado de filtrar y seleccionar, dentro de las incontables experiencias, aquellas que son biológicamente útiles. Tanto la enfermedad grave como el choque emocional, la experiencia estética o la iluminación mística, tiene el poder de inhibir (cada uno a su manera), las funciones de la personalidad normal, de la actividad cerebral corriente. Lo mismo ocurre con psicodélicos. La idea del siglo XVIII de que el cerebro produce los pensamientos como el hígado de bilis es ridícula. Por la sencilla razón de que la bilis comparte la misma naturaleza que el hígado, mientras que el pensamiento nada tiene que ver con las interacciones químicas y eléctricas que se producen en el cerebro. Son de naturaleza distinta. La química del LSD o la mescalina afecta a ese filtro que es el cerebro, lo abre, recorta su poder reductor, esencial, por otro lado, para la supervivencia biológica de la especie.

Los hindúes dejaron de utilizar sustancias psicoactivas mucho antes de la época védica. La respiración rítmica y la concentración mental ocuparon el lugar de dichas sustancias. Pero incluso en la tierra del yoga, el cannabis sigue siendo ampliamente utilizado. En la upaniṣad mandukya aparece la idea de que el liberado se transforma en luz del mundo, calor de las estrellas, verde de las plantas, azul del mar, rojo del fuego. El tambor de Śiva convoca a la existencia de las cosas, el fuego las destruye. Sonido creador, luz regeneradora. Con su mano derecha, Nataraja dice: “No temáis”. Su pie derecho está plantado sobre una horrible criatura, un poderoso enano, manifestación del egoísmo, ávido y posesivo. El pie izquierdo, alzado, desafía danzante la gravedad y su baile mantiene el ritmo del universo.

El fariseo es virtuoso, pero su virtud es compatible con la emoción negativa, por lo que sus experiencias visionarias serán infernales y no beatíficas. La experiencia visionaria no debe confundirse con la experiencia mística, que trasciende el ámbito de los opuestos. La experiencia visionaria se mantiene dentro de ese ámbito dual, de ahí que pueda ser dichosa o atroz. El cielo implica el infierno y viceversa. Ambos son psicológicamente ciertos. Como en la vida, todo tiende a cambiar de signo cuando perdura demasiado. Incluso el cielo puede resultar abrumador. Los budistas lo advirtieron: visitar el cielo no es más liberador que zambullirse en el horror.

Los antiguos revolucionarios, ya fueran idealistas bondadosos o simples arribistas deseosos de poder, pretendían transformar la naturaleza humana cambiando su entorno social. Un error estratégico. Los revolucionarios del futuro (que es hoy) se abalanzan sobre las mentes y los cuerpos, sobre la propia naturaleza humana. La biotecnología está en ello. Es la herramienta fundamental de los nuevos totalitarismos: las guerra bacteriológicas y virológicas.

Huxley sugiere que sería interesante observar cómo afecta la sustancia a matemáticos puros, a filósofos y artistas plásticos. El ácido lisérgico y la mescalina, como la hipnosis, abren la puerta al “otro mundo”. Un otro mundo mental, tan extenso e inconmensurable como el universo, con sus vastos paisajes y desiertos interestelares, con sus cúmulos interminables de galaxias. Todos llevamos con nosotros ese vasto universo no humano. Huxley llama a estos mundos las “antípodas de la mente”. Allí se encuentran criaturas tan raras como los canguros. Podemos ir donde están y observar estos bichos, que viven al margen de nosotros y fuera de nuestro control. Hay quienes se complacen en ignorarlos, o prefieren limitarse a las barrabasadas de monos encolerizados, pero están ahí y antes o después hay que enfrentarlos. Explorar esos mundos es el empeño de Huxley al final de su vida. Los viajes del pasado son ahora viajes al interior.

Se produce una gran intensificación de la luz, que se experimenta tanto con los ojos abiertos como con los ojos cerrados. Se siente que lo visto y lo escuchado tiene un sentido profundo. Pero no simbólicamente. Lo visto y lo escuchado no es algo que represente otra cosa, no significan nada al margen de sí mismos. Lo relativo se torna absoluto, lo transitorio eterno. Los habitantes de estas antípodas no son los símbolos jungianos, ni tienen que ver con la historia secular de la raza. Hay racimos de frutos transparentes con un brillo interior, hay leones con cabeza humana y toros alados. Hay un asno bajo un matorral, también elementos familiares, rosas y lirios sobre una pradera.

Una conciencia desvinculada del ego

William James atribuía el éxito del alcohol en nuestras sociedades a que estimulaba las facultades místicas. Buñuel a que reconciliaba con el mundo. Mientras que la sobriedad reduce y discrimina, la embriaguez expande y dice sí. Ese poder afirmativo, según James, “transporta a su devoto de la periferia glacial de las cosas a su núcleo radiante. Entre los pobres y los analfabetos ocupa el lugar de los conciertos sinfónicos y la literatura”. Pero los vislumbres de la mente embriagada son sólo un atisbo de la experiencia mística. Huxley duda si los avances en farmacología a largo plazo serán beneficiosos (nos darán benevolencia, paz y alegría) o perjudiciales (nos atraparán en un laberinto psíquico), lo que tiene claro es que nos obligarán a reevaluar muchas de las ideas tradicionales sobre la naturaleza de la mente, sobre ética y religión. Además, la experiencia psicodélica revela aspectos fundamentales sobre la naturaleza del universo. La certeza de que el yo y el mundo exterior son uno. El postulado “Dios es Amor”, que se comprende con la totalidad del propio cuerpo y la mente y cuya veracidad parece axiomática (a pesar del dolor, la injusticia y la muerte inherente a la existencia). O la idea de que “la gratitud es el cielo mismo”, como afirmaba William Blake, que se resulta luminosamente comprensible bajo los efectos del LSD. Todas estas vivencias, que se saben verdaderas, resultarán absurdas o incomprensibles desde la experiencia cotidiana.

Las puertas de la percepción tendrá un profundo impacto en la cultura estadounidense. “Ser arrancado de raíz de la percepción ordinaria y ver durante unas horas sin tiempo el mundo exterior e interior, no como aparece a un animal obsesionado por la supervivencia o a una persona obsesionada con palabras y conceptos, sino como lo percibe directa e incondicionalmente una Inteligencia Libre. Se trata de una experiencia de valor inestimable para cualquiera y especialmente para el intelectual”.

Los escritores Laura y Aldous Huxley, en su casa de Londres, en una imagen sin fecha.
Los escritores Laura y Aldous Huxley, en su casa de Londres, en una imagen sin fecha. Bettmann Archive / GETTY IMAGES

Abrir la válvula reductora del sistema nervioso, escamotear el filtro del ego. Abrirse a lo que Huxley llama la Inteligencia Libre, esa que sólo puede experimentarse si han sido depuradas las puertas de la percepción. Bajo los efectos de la mescalina, la capacidad de pensar no se ve disminuida, las impresiones visuales se intensifican (“cuanto más cercana la cosa, más divinamente otra”), el ojo recobra algo de la inocencia perceptiva de la infancia, el interés por el espacio y el tiempo disminuye y casi se reduce a cero, la voluntad experimenta un cambio profundo, no hay nada urgente, de hecho, no hay nada que hacer. El mundo está bien como está. Ojos transfigurados. Basta con mirar. No se quiere hacer otra cosa. Si fuera siempre así, ¿qué sería de la supervivencia de la especie?

“Todo lo que el ego consciente puede hacer es formular deseos, realizados luego por fuerzas a las que apenas gobierna y a las que no comprende en absoluto. Cuando hace algo más, se preocupa, siente aprensión por lo futuro…”. En el estado psicodélico la conciencia se ha desvinculado del ego, está, por así decir, en sí misma. Se experimenta que la mente (ego) y la conciencia son cosas distintas, separables.

Huxley menciona a los indígenas, custodios de estos hongos sagrados, y esboza una crítica del logocentrismo y el supremacismo blanco (mucho antes de que existieran estos términos). “En realidad nosotros, los ricos y muy educados blancos, somos lo que andamos con el trasero al aire. Nos cubrimos por delante con alguna filosofía —cristiana, marxista, freudiana, física— pero por detrás andamos al aire, a merced de los vientos de las circunstancias. El mísero indio, en cambio, ha tenido el ingenio de proteger su trasero complementando la hoja de parra de una teología con el taparrabos de una experiencia trascendental”.

Todos los escritores experimentamos el cansancio ontológico de la palabra. Hablamos demasiado, deberíamos dibujar más. Dejar de mirar al mundo a través de los conceptos y las palabras, de escuchar a los fariseos de la ortodoxia verbal. “Cuanto más lo pienso, más me convenzo de que hay algo inútil, mediocre y hasta afectado en la palabra. En cambio, cómo impresiona la gravedad y el silencio de la naturaleza, cuando se está cara a cara con ella, sin nada que nos distraiga, ante unos desolados montes”. No podemos prescindir, si queremos estar sanos, de la percepción directa. Esa meditación soleada es fundamental para la salud mental. “Lo real es un infinito que está más allá de toda comprensión, pero puede ser percibido directamente, u desde cierto punto de vista, de modo total”. La educación en la percepción es más eficaz y realista que la educación en lo verbal y la insolencia del razonamiento. Quien regrese, tras haber atravesado las puertas de la percepción, ya no será el mismo. Y, paradójicamente, “estará más equipado para comprender la relación de las palabras con las cosas, del razonamiento sistemático con el insondable misterio”. Quien lo probó, lo sabe.

Las sesiones

Huxley ingiere mescalina dos veces en 1955. En cinco horas recibe una serie de ilustraciones luminosas de la máxima cristiana “no juzgues y no serás juzgado” y de la budista “la enfermedad de la mente consiste en oponer lo que te gusta a lo que te disgusta”. La experiencia, guiada por Laura Archera, es abrumadora. “La conciencia directa y total del Amor como hecho cósmico primordial y fundamental. Escuchando a Bach comprende la perfección del universo y experimenta la reconciliación de los opuestos (nirvana es samsara). En el periodo comprendido entre esas dos sesiones, muere de cáncer su esposa Marie (que también había experimentado con hipnosis, mescalina y ololiuqui). Durante las últimas horas de Marie, Huxley le lee pasajes del Libro tibetano de la liberación mediante la audición. La mayor parte de su ensayo Cielo e infierno es escrita este año.

Un año después confiesa por carta a Victoria Ocampo que, tras haber ingerido mescalina, ha llegado a la convicción de que, a pesar de todo el dolor y toda la tragedia que asola el mundo, el universo está en perfectas condiciones. A veces sobreviene una gran aflicción, pero ese dolor es algo necesario. Se acerca a Leibniz. Poco después conocerá a T. S. Suzuki en New York. “Un anciano maravilloso que te hace comprender que, en cuestiones de psicología, los budistas de Asia oriental han sido más sutiles que los occidentales”.

En la sesión psicodélica resulta muy útil escuchar música (ya se dijo, preferiblemente a Bach), consultar libros de pintura y oír grabaciones de poesía o disertaciones religiosas. En 1958 escribe a Albert Hofmann, la primera persona que experimentó los efectos del LSD en 1943, y que acaba de identificar y aislar con éxito la psilocibina de los hongos sagrados de México. Ambos coinciden en la función afirmativa de estas sustancias, que pertenecen a la “escuela del sí”, a la filosofía simpática (frente a la crítica, puritana y farisea), que ayudan a percibir el “núcleo radiante” de las cosas. Puede darse un tipo especial de sentimiento o intuición, el de la unidad de todas las cosas, el “tú eres eso” de las upaniṣad se convierte en fatum indiscutible. “Una experiencia doblemente valiosa que ofrece a quien la experimenta una mejor comprensión de sí mismo y del mundo, al tiempo que lo ayuda a vivir una vida menos egocéntrica y más creativa”. Nos amamos a nosotros mismos hasta el punto de la idolatría, continua Huxley, pero también nos aborrecemos y nos encontramos indescriptiblemente aburridos, de ahí la búsqueda de salidas, la necesidad del olvido de sí. En todos nosotros coexisten esas dos tendencias, el yo idolatrado y el deseo latente de escapar de nuestra individualidad, de la cárcel el ego. Ese anhelo de trascendencia es inherente a la condición humana. Es la manifestación de capacidad de la mente (egóica), de participar de la conciencia (no egóica).

Los riesgos de las sustancias psicodélicas son evidentes. La vida misma es riesgo, aventura. Hay una minoría lunática, inclinada a verdades absolutas, que debe evitar estas sustancias

Para la mayoría de las personas la religión es una cuestión de símbolos, una reacción emocional, intelectual y ética a dichos símbolos. Huxley considera que la experiencia psicodélica nos ayuda a desembarazarnos de esa dependencia simbólica, para centrarnos en la experiencia y la intuición. Busca un lenguaje adecuado para hablar simultáneamente de teología, piscología y bioquímica. No lo hay. El erizo no puede compartir su experiencia con el zorro. En literatura, hay escritores erizo y escritores zorro. Hay quienes se ensimisman y quienes se las saben todas. El paradigma de zorro es Shakespeare. El del erizo, Dante. En las ciencias, el problema de la especialización es la proliferación de erizos. De ahí que la psicología no haya sabido aprovechar la mirada de la literatura, la extraordinaria sutileza psicológica de los grandes novelistas, Flaubert, Balzac, Proust o Dostoievski, no se estudia en las facultades de psicología. “Sorprende la pobreza de las formulaciones científicas cuando se la compara con la riqueza y sutileza extraordinarias que estos autores deslizaron en sus novelas mediante la observación y a intuición”. Tampoco se estudian los mitos, los sueños o la imaginación, tres pilares fundamentales de eso que llamamos mente.

Y ahora estamos subyugados por aquello que creamos. La agresión al ser humano por medio de la biotecnología, la libertad amenazada. El terror, soviético o hitleriano, es un método ineficiente si se compara con la persuasión. De ahí que hayamos llegado al punto de entregar el sistema inmunológico a una gran compañía farmacéutica. Nuestras defensas son ahora activos en bolsa. Ante el miedo, muchos prefieren entregar su libertad a cambio de seguridad. Pero esa sumisión acaba por convertirse en una trampa indeseable que amenaza la libertad.

Psicodelia en la Universidad

En noviembre de 1960 Huxley y el psiquiatra Humphry Osmond viajan a Cambridge para encontrarse con Timothy Leary, que está llevando a cabo un experimento a gran escala con LSD en la Universidad de Harvard. Allí Huxley probará la psilocibina por primera vez con un grupo de personas. Le parece curioso que el vedānta no diga nada del amor, mientras que para el budismo mahāyāna la identificación afectiva es un elemento clave en la vocación del bodhisattva (y el nirvana sin compasión no es mejor que el infierno). Leary invita a Huxley a almorzar al Club de Profesores de Harvard. En el menú, sopa de setas. El inglés le parece “un Buda gris, encorvado y gigantesco, pálido y algo endeble, sabio y bondadoso, con la cabeza bellamente delineada”. Es elegante y sonriente, salvo cuando eleva el tono con indignación pasajera ante temas como la superpoblación o el engreimiento de los psiquiatras. La conversación versa sobre los modos de utilizar y estudiar las drogas que expanden la mente, evitando interpretar el éxtasis como manía, la serenidad como catatonia o el estado visionario como psicosis. Tampoco seguirán las tesis conductistas, que excluyen la conciencia y la introspección. A Leary le asombra la erudición de Huxley, que salta con gracilidad del pasado esotérico del Areopagita o Plotino al presente bioquímico de un genio suizo. Albert Hofmann ha sintetizado la psilocibina y ha enviado de vuelta sus píldoras a la chamana mexicana que se la descubrió. La oaxaqueña celebra poder realizar sus rituales todo el año, sin tener que esperar la lluvia que hace brotar los hongos.

Huxley y Leary diseñan juntos un proyecto piloto de investigación psicodélica, donde plantean su administración a alcohólicos, enfermos de cáncer y enfermos terminales, con la esperanza de que el hongo convierta la agonía en un proceso más espiritual. También se abren a la posibilidad de estudiar la telepatía bajo los efectos del LSD. Se tratará a los participantes como astronautas, se les preparará cuidadosamente y se les suministrará toda la información posible. Luego se les pedirá que piloten sus propias naves espaciales, que hagan sus propias observaciones y que las trasmitan al control de tierra. Los sujetos del experimento no serán pacientes pasivos sino exploradores heroicos. Huxley participa en las reuniones previas al estudio. Aunque a veces desconecta y entra en trance meditativo, lo que ofusca a los investigadores, que equiparan conciencia con conversación.

Los riesgos de las sustancias psicodélicas son evidentes. La vida misma es riesgo, aventura. Hay una minoría lunática, inclinada a verdades absolutas, que debe evitar estas sustancias. Por otro lado, “hay personas a las que unas pocas horas en el infierno, el infierno que ellas mismas se han empeñado en crear, pueden resultarles infinitamente beneficiosas”. Sus efectos difieren en función del temperamento y la configuración psíquica de quienes las ingieren. Habrá quien, tras las evocaciones abrumadoras de materiales sepultados, se quede en el camino. No siempre es conveniente escarbar en el pasado (tan insondable como el futuro). De ahí el riesgo de proferir formulaciones demasiado generalistas. El alcohol no afecta del mismo modo al poeta que al ingeniero, a Cassio (marcial y agresivo) que a Falstaff (melancólico y flemático). Los mismo puede decirse del LSD o la mescalina.

Fuego

Como a los brahmanes, a Huxley le interesan cada vez más las piedras preciosas. Son muestras de otros mundos, instancias de lo inmutable y eterno, de un mundo inteligible y platónico, donde todo brilla. Las esmeraldas y los rubíes no son sino fragmentos infinitesimales de las piedras que pueden verse en esa otra tierra. Nos recuerdan algo que de algún modo está en nuestras mentes. Los diamantes tienen fuego y, al mismo tiempo, una extraordinaria dureza. Las piedras preciosas son fuego cristalizado.

En 1961, un incendio forestal destruye la casa de los Huxley en Deronda Drive, detrás del célebre letrero en la montaña de Hollywood. Arden los cuatro mil volúmenes de su biblioteca y muchos manuscritos, con la excepción del ya casi completo de Island. Es como empezar de cero. Y le resulta extraño a su edad. Concede la entrevista más larga a la BBC y se encuentra finalmente con Albert Hofmann en Suiza, tras una gira europea de congresos de psicología aplicada y parapsicología (lleva años interesado en la hipnosis, la telepatía y los fenómenos psi, como lo estuvo su admirado William James). Reitera su idea de no embellecer ni dramatizar los psicodélicos ante el gran público. Se entera de que en San Francisco se ha administrado LSD a cien artistas, que han estado pintado antes, durante y después de ingerir la sustancia. Los óleos están siendo valorados por un equipo de críticos. En carta a Leary confiesa: “Tienes razón en lo que concierne a la improductividad del enfoque “científico”. Estos idiotas quieren ser pavlovianos y no etólogos lorenzianos. Pávlov nunca vio un animal en su estado natural: sólo en condiciones de maltrato. Los chicos ‘científicos’ del LSD proceden del mismo modo con sus sujetos. No es extraño que den testimonio de psicosis”.

El escritor, psicólogo e icono de la contracultura Timothy F. Leary, con Laura Huxley, entonces viuda de Aldous Huxley, en una imagen sin fecha.
El escritor, psicólogo e icono de la contracultura Timothy F. Leary, con Laura Huxley, entonces viuda de Aldous Huxley, en una imagen sin fecha. Joe Sohm (Visions of America / Universal Images Group / Getty Images)

Más adelante escribirá a Timothy Leary, con quien planea crear una escuela: “Debemos estar atentos a los medios idóneos para expandir la conciencia”. Yo diría, a los medios adecuados para expandir la mente y participar, en mayor grado, de la conciencia. Potenciar la educación no verbal del individuo. “Somos beneficiarios de la cultura y, al mismo tiempo, sus víctimas”. Sin la cultura y el lenguaje el ser humano sería otra especie de mandril. Pero eso tiene su precio. La cultura libera e hipnotiza al mismo tiempo. Hay que perforar boquetes en los muros de la cultura. Mejor holgar con hongos que darse de palos por palabras. “La mente colectiva humana es muy viscosa y fluye de una posición a otra con la renuente parsimonia de una marea de cieno”. Disponemos de poco tiempo. Las amenazas: el avance de la tecnología, del nacionalismo y de la población mundial.

Se trata de un asunto urgente. Hace falta una educación sobre el silencio mental y la receptividad pura. La conciencia estética puede transformarse en conciencia visionaria. Este mundo es perfecto, esa es una verdad axiomática para el místico. Se comprende la irritación del revolucionario, que quiere transformarlo.

No permitas que tu mente te distraiga

Los Huxley comparten casa con Ginny Pfeiffer en Mulholland Highway. Aldous realiza otra prueba con psilocibina. La mayor parte de la sesión la graba en cinta magnetofónica su esposa Laura, que ejerce de acompañante. Constata algo que ya sabe (lo ha leído en la Bhagavadgītā y en los textos budistas), el secreto es hacer las cosas con pasión y, al mismo tiempo, con una actitud desprendida hacia sus posibles frutos. Experimenta, de nuevo, la “cordura fundamental” que existen en el mundo, “a pesar de toda la distracción y absurda necedad”, a pesar de todos los dolores e injusticias. Asoma las narices por el umbral de la muerte, de la mano de su querido libro tibetano.

En la sesión del día 22 de enero de 1962 ha utilizado una dosis pequeña de psilocibina, por no disponer de mucho tiempo. La sesión dura desde las 10.40 a las 15.00 horas. Esta sustancia interrumpe su efecto de modo drástico a las pocas horas, mientras que el LSD queda latente durante muchas horas después de pasado el punto culminante. En la habitación hay flores y frutas frescas, libros de arte y discos, unas ramas de acacia que acaban de florecer en el jardín, un magnetófono y dos pequeños sillones. Experimenta una “comprensión” que debe distinguirse del “conocimiento”. La comprensión es la conciencia directa de materiales en bruto. El conocimiento se adquiere y puede compartirse mediante palabras y símbolos. El conocimiento es público, la comprensión privada.

La sustancia tarda en hacer efecto. Mientras, escuchan una cantata de Bach. Normalmente, el sujeto de la experiencia psicodélica se mueve poco. Pero en esta ocasión Aldous se levanta y empieza a recorrer el pasillo. Parece preocupado y tiene un aire de agitación. Masculla algo en voz baja y poco clara. “Confusión, terrible confusión…”. Sus movimientos reflejan una agitación inusitada. Laura le pregunta dónde se manifiesta esa confusión. Responde que en la experiencia después de la muerte, menciona la palabra limbo (por bardo). Laura comenta: “La confusión es aterradora e intensa, en absoluto agradable, no parece querer o poder traducirla en palabras”. Transcurre una media hora. Después, repentinamente, Huxley dice: “Ahora ya está bien”. Su semblante se transfigura. Se sienta en el sillón, junto al magnetófono, dispuesto a hablar de la experiencia. Habla de la “distracción total”, de la imposibilidad de “fabricar cubos de hielo en un río que fluye”, del peligro de la adicción exclusiva a la meditación, de la adicción exclusiva al conocimiento (a lo simbólico), de la adicción exclusiva a la sabiduría sin amor. Uno no puede aislarse de sus semejantes y de su entorno. Lo divino es una relación. No existe salvación privada: uno puede atascarse incluso en la Luz Pura, en lugar de infundirla al “Amor y el trabajo”. Tras un rato, se produce un cambio de talante. Laura escribe: “En la voz de Aldous flota una sonrisa tierna, envolvente, mi sonrisa. Creando una atmósfera de amor y de regocijada sorpresa, pero, sobre todo, de ternura”.

“Este cráneo tremendamente duro tiene un agujero en alguna parte (risas)”. Quiere dar a entender que todas estas ideas han penetrado en su cabeza, no salido de ella. Menciona a Bergson y su idea de cerebro como filtro. “Yo soy mil personas”. “Cuando no tienes ningún lugar donde anclar”. Según Laura, Huxley ha experimentado el estado incorpóreo que sucede a la muerte del cuerpo físico. Ha entrado en el bardo. No hay donde agarrase. Hay mil personas corriendo en direcciones distintas. Mientras estamos bajo el influjo de la gravedad, en el espacio-tiempo, estamos relativamente controlados. Aquí es otra cosa. Se ha asomado al estado intermedio descrito por Padmasambhava, donde se exhorta al moribundo a seguir adelante, a ir más lejos, a no dejarse estrobar por su cuerpo presente, por amigos y familiares, ingresando en un estado de conciencia más dilatado. A los que se quedan, les aconseja que piensen en el ser amado y en su necesidad de un nuevo estado de conciencia, que olviden su propia pena, que lo ayuden a “seguir adelante”. “El bardo está en lo cierto”, afirma Huxley. Hay que aferrase a lo que se sabe, pues de otro modo uno queda a merced de un tornado. “Deberíamos empezar a prepararnos… a tener conciencia de la cordura fundamental a pesar de todas las cosas aterradoras…, y también de las extáticas y maravillosas. No debes ir al cielo, tampoco al infierno, hay que seguir…”.

El bodhisattva no busca la salvación personal. No desertar del Amor y del trabajo. Emprender los proyectos con pasión y con desapego. Deseo irónico. Ese es el gran misterio de la actividad humana. Huxley ha interiorizado la Bhagavadgītā. “Toda vida va acompañada de pequeñas muertes. Hay muchas maneras de equivocarse, las personas mejor intencionadas se equivocan. Contemplaré este Rembrandt”. (A su juicio, el pintor más extraordinario).

Huxley ha experimentado, en estado psicodélico, ese sentimiento de solidaridad afectuosa, la perfección fundamental del mundo. El flujo amoroso entre lo eterno y lo pasajero. “Ese es el apogeo del yoga: percibir”. Imposible trasmitir su naturaleza. Los símbolos, las palabras, no sirven. Esa visión no es para los escapistas.

‘Finale’

La muerte de Huxley, como la de David Hume, está cuidadosamente documentada. Respecto al escocés, agnóstico, tuvo pendiente a toda la nación, que esperaba ansiosa su conversión. No la hubo y murió en paz. Su amigo Adam Smith dio cuenta de ello. Hume escribió el mejor libro que he leído sobre la religión: Los diálogos de la religión natural. En el caso de Huxley, la cronista es su mujer Laura, que se refiere a su muerte como una “prolongación de su obra”. El moribundo se parece al recién nacido. No puede decirnos cómo se siente, pero absorbe nuestros sentimientos, escucha nuestra voz y siente nuestro contacto. El mayor canal de comunicación es probablemente el tacto. Huxley, según Laura, murió plenamente consciente y aparentemente sin dolor, escuchando la lectura de un manuscrito sobre la experiencia psicodélica, inspirado en el libro tibetano de la liberación mediante la audición.

El guía aborda al moribundo con el saludo: “Oh, tú que has nacido noblemente, no dejes que te distraiga tu mente. No te dejes atrapar por visiones celestiales o infernales, que no son reales, sino proyecciones ilusorias de tus pensamientos y emociones, de tus temores y tus deseos. Hay que seguir adelante. Tener conciencia de la vida universal e impersonal que vive a través de cada uno de nosotros”.

El cielo es peligroso, confunde. Además, es temporal. Los pensamientos son objetos. El individuo muerto ve estos objetos y puede quedar atrapado en ellos. Hay que seguir avanzando sin comprometerse con ellos. Comprender que sólo son distracciones. Los tibetanos repiten la admonición: “Oh, tú que has nacido noblemente, no permitas que tu mente te distraiga”.

Aldous nunca cambió la escritura a mano por dictados o grabaciones. Sólo utilizaba el magnetófono para grabar pasajes literarios que le gustaban y escucharlos momentos antes de conciliar el sueño, o para registrar sueños o ideas para futuros libros. La noche antes de su muerte tiene una idea: alquilar un apartamento para que su convalecencia no moleste a Ginny, con quien comparten casa. A la mañana siguiente se encuentra muy agitado e inquieto. Quiere que lo muevan continuamente. Ninguna posición lo alivia. Tiene dificultades para hablar. Tras una llamada de Laura, acude a la casa un médico amigo, pionero en el uso de LSD. Laura le pregunta si alguna vez ha administrado LDS a moribundos. Sidney Cohen contesta que en dos ocasiones. En una parece haber producido una reconciliación con la muerte, y en la otra no hubo efectos. Laura le pregunta si le parece adecuado ofrecérselo a Huxley. El médico duda. Laura tampoco lo tiene claro. El médico sugiere que lo haga de forma indirecta.

En la habitación contigua la televisión está encendida. Los noticiarios abren con el asesinato de J. F. Kennedy en Dallas. Poco después Huxley pide un bloc y escribe. “Prueba LDS intramuscular, 100 microgramos”. A Laura le tiemblan las manos. El médico se ofrece a poner la inyección. Laura logra serenarse. Quiere hacerlo ella. Ambos respiran. Laura le pregunta si quiere que ella también tome una dosis. Aldous asiente. Después de una hora, y sin efectos visibles, Laura le inyecta una nueva dosis. Comienza a hablarle. “Liviano y libre. Te dejas ir ligero y libre, cariño, hacia adelante y arriba. Vas hacia delante y arriba, vas hacia la luz. Voluntaria, conscientemente, y lo haces maravillosamente…, vas hacia la luz, hacia un amor mayor…, es tan fácil y tan bello”. Son las dos de la tarde. Laura susurra estas palabras al oído de Aldous y continúa haciéndolo durante tres o cuatro horas. “¿Me oyes?”. Él le aprieta la mano. La respiración se torna cada vez más lenta, no hay forcejeo ni contracciones. “El cese de la vida no es dramático, concluye dolcemente, como una pieza musical”.

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