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¿Cómo se descoloniza un museo?

Hay que afrontar la devolución patrimonial a los países de origen y dejar la construcción de los discursos e imágenes a las comunidades provenientes de ese origen

El presidente de la República Democrática del Congo, Felix Tshisekedi, y el rey Felipe de Bélgica descubren la máscara Katuungu, procedente del Museo Real de África Central de Tervuren, durante una visita al Museo Nacional del Congo, en Kinshasa en junio pasado.
El presidente de la República Democrática del Congo, Felix Tshisekedi, y el rey Felipe de Bélgica descubren la máscara Katuungu, procedente del Museo Real de África Central de Tervuren, durante una visita al Museo Nacional del Congo, en Kinshasa en junio pasado.NICOLAS MAETERLINCK (BELGA MAG/AFP via Getty Images)

El ministro de Cultura, Miquel Iceta, acaba de hacerse la pregunta que sirve de título a este artículo: “¿cómo se descoloniza un museo?” Desde su mismo enunciado, es evidente que asume la obligación de abordar en serio este asunto; pero también que le parece una tarea titánica y que no sabe cómo ni por dónde empezar.

No es ninguna noticia que los museos —tengan o no un sesgo colonial— están sometidos a un fuego cruzado bajo el cual dirimen hoy su modelo, su estrategia, su significado, su nombre o su supervivencia. En estos años, lo mismo se ha pretendido cambiar su acepción que dirimir si nos decantamos entre los museos franquicia y aquellos que optan por un programa desde un proyecto de elaboración propia. Los primeros arrastran manadas de turistas y salvan temporadas en los resultados de visitantes, los segundos rechazan la exposición Blockbuster y apuestan por una relación diferente entre las obras y quienes interactúan con ellas. En España, a partir del efecto Guggenheim, el Modelo Málaga ha consolidado la primera línea y todo indica que esta seguirá creciendo. Es lo que tienen las economías de servicios, que acaban configurando culturas de servicios.

Pero, volvamos a lo que nos concierne. “¿Cómo se descoloniza un museo?”, se pregunta el ministro, y lo cierto es que, queriéndolo o no, ha dado en el clavo. Porque esta no es una pregunta más, sino la pregunta que cualquier ex Metrópoli colonial debe hacerse para fijar una política cultural coherente con la representación pasada, presente y futura de buena parte de su ciudadanía. Y porque esa puesta al día rebasa las paredes mismas del museo y atraviesa el uso y origen de sus colecciones hasta impactar en millones de personas que llevan décadas mirándose en un espejo en el que no se reconocen. Un reflejo que les devuelve estereotipados, como seres exóticos a los que, en el mejor de los casos, se les dispensará un multiculturalismo condescendiente desde unos templos inmutables que hablan por ellos, pero jamás desde ellos.

¿Cómo se descoloniza un museo? Para empezar, afrontando la devolución patrimonial a los países de origen y, al mismo tiempo, el traspaso de poder en la representación y construcción de los discursos e imágenes que hasta ahora le han sido usurpadas a las comunidades provenientes de ese origen.

Por más que España ni siquiera se acerque a las más tímidas y superficiales, en Europa no han faltado iniciativas en estos procesos de descolonización. Una de las más sonadas fue SWICH, acotada entre 2014 y 2018, que contó con diez museos asociados.

En Estados Unidos, por su parte, el Museo de la Cultura Afroamericana de Washington y otra decena con propósitos similares se han venido emplazando desde 2015 para reivindicar el impacto cultural de la sociedad negra en toda la nación. Desde la esclavitud hasta el movimiento Black Lives Matters (que ha disparado estas respuestas institucionales), pasando por el blues, el jazz, las marchas por los derechos civiles, el rap, la literatura y las artes urbanas.

Si en Europa la transformación pasa por la revisión del horror colonial, en Estados Unidos lo hace por la revisión de la segregación y la esclavitud. En ambos casos, la propia figura “museo” resulta estrecha a la hora de plantear un espacio anticolonialista, cuya función expositiva o coleccionista es solo un capítulo de un programa que demanda, a partes iguales, arqueología y pedagogía, restitución y activismo, la revisión de viejas historias coloniales y la inclusión de nuevos sujetos anticoloniales.

Es urgente? Sí, pero requiere un análisis profundo que no puede despacharse a la ligera ni con golpes de efecto. ¿Es progresista? También, pero sin un amplio consenso político y social no tirará adelante

Claro que solo desde la demagogia se puede afirmar que estamos ante una encomienda fácil. ¿Es urgente? Sí, pero requiere un análisis profundo que no puede despacharse a la ligera ni con golpes de efecto. ¿Es progresista? También, pero sin un amplio consenso político y social no tirará adelante. En Bélgica, por ejemplo, no hizo falta un gobierno izquierdista para que el Museo Tervuren iniciara un proceso de descolonización (que incluyó un cierre temporal para pensar el camino a seguir, haciendo caso de especialistas y sociedad civil). En Barcelona, un Ayuntamiento gobernado por la izquierda no ha conseguido pasar del timorato blindaje de un espacio tan desfasado como el Museo Etnológico y de las Culturas del Mundo.

Y es que, para algunos museos, con esto de la descolonización pasa como con la propaganda a favor del coche eléctrico: al final no sabemos si se quiere salvar el planeta o la industria del automóvil. De la misma manera que tales museos, más que descolonizarse, solo intentan extender su vida desde el gatopardismo más obvio.

Tampoco resulta de mucha ayuda la invasión, en el activismo, de la jerigonza “decolonial” emanada de la Academia norteamericana, de la que no queda claro si lo que pretende es licuar el anticolonialismo por la vía de deconstruir el colonialismo.

Fuera de esos espacios cerrados, resulta que nuestras ciudades son un museo al aire libre del colonialismo. Pero también lo son, y lo serán cada vez más, del anticolonialismo. Y que el actual flujo revisionista —contradictorio y variopinto— revela heridas del pasado que siguen sin cerrarse y fronteras del presente que siguen sin abrirse.

En esa circunstancia, poco importa cuánto quieran protegerse las instituciones que se niegan a un replanteamiento profundo de su lugar en el siglo XXI. Y es que, por más que intenten alargar su vida desde una obsolescencia programada, no van a poder evitar el descalabro de una defunción sin programa.

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