Marie-Claire Blais: “Nuestra conciencia de las injusticias es cada día más profunda”

La precursora de la autobiografía con dosis de ficción, maestra de Margaret Atwood y Emmanuel Carrère, afirma no sentirse “pionera de nada”. Por primera vez se publica en español su obra ‘Sed’

La escritora Marie-Claire Blais en 2006, en París.
La escritora Marie-Claire Blais en 2006, en París.Ulf Andersen (Getty Images)

Lo que ocurre cuando eres un escritor de clase obrera, dice Marie-Claire Blais (Quebec, 81 años), la titánica maestra de, a la vez, Margaret Atwood y Emmanuel Carrère, es que nadie te entiende. “Especialmente, si empiezas a publicar muy joven. Piensa en Rimbaud. Conocer a Verlaine le salvó”, añade. A ella, hija de una familia muy pobre del Canadá francófono, que había estudiado de niña en un convento y que empezó a trabajar de secretaria a los 15 años, le echó una mano Jeanne Lapointe, la primera mujer que impartió Literatura en la Universidad Laval, la de Quebec. Lapointe la animó a escribir sus primeras dos novelas, que publicó a los 20 y 21 años. Las dos trataban, con una ironía salvaje, de lo complicado de ser escritora cuando eres extremadamente pobre porque tu familia es de clase obrera. La protagonista era ella y no lo era.

Porque lo suyo ha sido siempre la autobiografía ficticia, de ahí que resulte una influencia fundamental en el trabajo de Carrère. “No me siento pionera de nada, solo me siento una escritora con su propia concepción del mundo”. Está en Key West, Florida, en su pequeña casa en un lugar de retiro para escritores en el que hoy ella es la única escritora. “Estaría muy sola si no fuera por mis tres gatos”, añade. Su relación con Estados Unidos ha sido muy estrecha desde que empezó a publicar. A los 24 años recibió una beca Guggenheim —Edmund Wilson, el reconocido crítico, ejerció de padrino al descubrir lo flamantemente hipnótico de su prosa— y se trasladó a Cambridge. Al poco se instaló en un pequeño pueblo de Massachusetts y se enamoró de la pintora Mary Meigs, que por entonces salía con otra escritora, Barbara Deming.

La voz narrativa ardorosamente libre de Sed (Literatura Random House), la primera de sus novelas que se traduce al español, tiene algo de aquel para quien la vida lejos de casa —lejos de la claustrofobia de la falta de recursos— consiste en dejarse llevar. Meigs, Deming y Blais estuvieron juntas seis años, a finales de los sesenta y principios de los setenta. “No sé si Renata tiene mucho de mí”, comenta sobre la protagonista de Sed, una mujer que se hospeda en un hotel de lujo, en el Golfo de México, y la invaden en todo momento —como si ella fuese un universo sin tiempo— recuerdos de un pasado lumpen, que para nada encajan con el presente de riqueza, en todos los sentidos, en el que vive. “Creo que está inspirada en muchas de las mujeres que he conocido a lo largo de mi vida. No da por descontada su libertad, trata de inventarse una forma de libertad propia”.

Sed es la primera entrega de un ciclo de 10 novelas que la escritora compuso durante 20 años, y que pretende fotografiar la vida —pasada y presente— de un puñado de personajes tan cercanos a la autora que en realidad están hechos de pedazos de ella misma. “Supongo que los escritores nos traicionamos a través de los personajes que creamos porque estamos por todas partes”, asegura. ¿Que cómo llegó a crear ese paraíso, también estilístico, en el que el lector se deja mecer por la vida sin pausa, pero sin prisa en ese hotel, cincelada por una prosa sin puntos, pero muchas comas, hace 26 años? “Cuando pienso en la forma en que está construida, pienso en el sonido de las olas, y lo que veo no es una isla, sino el mundo en miniatura. Con su belleza, su fatalidad y con todas sus imperfecciones. Es un escenario por el que desfila la sociedad contemporánea, su racismo, sus prejuicios. Estén o no condenados, todos ahí dentro celebran estar vivos”, responde.

De ella ha dicho Margaret Atwood: “La leí con 19 años y sentí que ya llegaba tarde”. Ante semejante afirmación, sonríe. “Oh, Margaret es muy generosa. Es una escritora maravillosa y una gran amiga”, señala. “Como Edmund Wilson, cree que los escritores debemos defendernos entre nosotros como si fuésemos familia. Algo que no ocurre a menudo. Creo que deberíamos visibilizarnos más, sobre todo, las mujeres. Me aterroriza pensar en la vida de las hermanas Brönte, que tan solas estuvieron siempre, y a la vez como escondidas”, agrega. La literatura, afirma, la ha acompañado todos estos años, pero “de una forma íntima y a la vez solitaria”. “Escribo para indagar en la condición humana, para entendernos. Hoy tenemos un sinfín de atrocidades que denunciar como escritores. Renata no es un personaje pasivo”.

Y no lo es porque “está ahí, como lo estaban las protagonistas de mis primeras novelas, para reflexionar y actuar sobre lo que no está bien. Es consciente de la crueldad del mundo”. “Si algo evidencia este ciclo de novelas es de qué forma nos hemos vuelto cada vez más conscientes de lo horrible del mundo. Es así. Nuestra conciencia de las injusticias es cada día más profunda”, sentencia la escritora que lleva, asegura, “desde 1963” tratando de ofrecer “una visión impresionista”, literariamente hablando, “de Estados Unidos”. “Desde el principio me ha parecido un lugar apasionante. Sí, ahí está la violencia, pero también veo un coraje extraordinario, y una necesidad imperiosa de que las cosas cambien, como ocurre ahora que por fin Trump ha desaparecido del mapa”, apunta la que ha sido candidata al Nobel en más de una ocasión.

Hoy no se considera una escritora de clase obrera y, en realidad, no se lo ha considerado nunca. “Solo soy una escritora”. Ha escrito la entrega número 11 del ciclo que inició con Sed, pero considera que puede leerse como un libro “por completo ajeno a la serie”. Lleva por título Petites Cendres ou la capture Pequeñas Cenizas o la captura— y trata de “la tensión racial”. Y esto es así porque lo que ha intentado, desde el principio, “es captar el pulso del presente” en EE UU. “No es una visión realista, es la visión de una escritora, es el mundo deformado por la ficción”. Y en uno en el que el pasado no puede evitar impregnarlo todo. “El pasado siempre va con nosotros. No puedes escribir sobre racismo sin volver la vista atrás a la esclavitud en algún momento. Eso hago”. Fuera, los pájaros cantan, apunta. Hace un buen día en ese rincón para escritores de Florida en el que ya solo está ella.

Puedes seguir a BABELIA en Facebook y Twitter, o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter semanal.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS