CRÍTICA TEATRAL | TRIGO SUCIO

Desarmar al desalmado

La correcta puesta en escena de ‘Trigo sucio’ dirigida por Juan Carlos Rubio no le saca punta ni matices interpretativos al orillado y políticamente incómodo texto de David Mamet

Eva Isanta y Nancho Novo, en 'Trigo sucio'. En vídeo, tráiler de la obra.

¡Qué difícil es caminar por el filo de la ironía de David Mamet! Trigo sucio, su comedia recién estrenada en Madrid, es una aguzada sátira sobre la industria cinematográfica estadounidense, fábrica de sueños cuyo motor se alimenta a veces con capitales de origen inconfesable, necesitados de blanqueo rápido. El autor de la pieza caricaturiza la prepotencia, la ignorancia y la lascivia de alguno de los productores con los que se ha ido encontrando en su larga andadura, utilizando como modelo a Harvey Weinstein, cofundador de Miramax, empresa que dio a luz películas como El paciente inglés, Pulp Fiction, Shakespeare in Love… Acusado por varias actrices, Weinstein fue condenado en 2020 por sendos delitos de agresión sexual y violación.

Mamet estrenó Trigo sucio en Londres un año antes de la condena de Weinstein (con John Malkovich en el papel de Barney Fein, trasunto del productor enjuiciado) y la crítica le dio para el pelo. Especialista en técnicas de acoso y derribo, cínico hasta la médula, Fein no despierta simpatía alguna en el espectador: resulta abominable, pero lo que cuenta y la ironía con la que lo cuenta tiene interés y pellizco humorístico. Es un personaje endiabladamente difícil: le sobra cinismo. Mamet lo usa para pasar ríos de información: esto no es siempre un defecto, pero supone un inconveniente para su intérprete, Nancho Novo, que hace un trabajo notable de composición física y vocal de un tipo bien diferente de los que él da con naturalidad. Cuando más abyecto se muestra su personaje es cuando más punta le saca. Se permite, incluso, encajar cuatro morcillas en el texto y añadir alguna acción, todo ello con propiedad.

En su cabal adaptación, Bernabé Rico ha cambiado el personaje de la actriz asiática por una de origen ruso, por un imperativo obvio y aprovechando que Mamet ironiza por extenso sobre la recurrencia de EE UU a demonizar a sus adversarios. El montaje de Juan Carlos Rubio pasa de puntillas sobre los pasajes más políticamente incómodos del texto, sin pronunciarse sobre ellos. Eva Isanta encarna con fidelidad pero apenas sin modulación la figura de la asistente personal que trae al magnate neoyorquino las noticias del exterior. La Irina original tiene una picardía y un cierto misterio que no asoman en la ingenua Irina interpretada por Candela Serrat bajo la dirección de Rubio. La función se sigue con interés fijo y su final está bien resuelto.

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