ARTE

Salida de emergencia: los cuidados en el arte contemporáneo

Una política de la atención mutua y la apuesta por una mirada social resultan cruciales para que el sistema del arte evite el peligro del colapso

Una de las imágenes de 'Evangelio mayor' (2021), de Javier Codesal, que se expone en el DA2 de Salamanca hasta el 16 de mayo.
Una de las imágenes de 'Evangelio mayor' (2021), de Javier Codesal, que se expone en el DA2 de Salamanca hasta el 16 de mayo.Javier Codesal / CORTESÍA

Hay un pájaro en la mitología de los akanes (grupo étnico en Ghana, Costa de Marfil y Togo) llamado Sankofa que siempre vuela mirando hacia atrás, para saber de dónde viene, pero con las patas hacia delante, para saber adónde va. Es un ave acróbata y nómada, acostumbrada a vivir en la diáspora, a la que le gusta encontrar tantos comienzos como desvíos. Un pájaro que se parece mucho al sistema del arte: otro cuerpo volátil, de difícil equilibrio postural y que también corteja la anarquía. Digo esto como un elogio, consciente de que el arte es un lugar de límites prosaicos que amenaza con convertirse en una plegaria apoteósica y vulgar al mismo tiempo. Un lugar inseguro por naturaleza que tiene el poder de crear nuevas ideas fruto del esfuerzo colectivo, pero también un lugar hostil y estrecho, incómodo para dar vuelo a todas las especies que acoge.

La pandemia no ha hecho más que confirmar que el sistema está colapsado, algo que ya se veía venir observando cuáles suelen ser los medidores de éxito asociados a lo artístico. La lista de mejoras es larga: un museo que no sólo ponga el foco en lo internacional, que apueste por lo local sin pecar de provinciano y que se resista a incrementar la lista de artistas reclamo y de ponentes estrella, pero, sobre todo, de sus trabajadores a bajo coste. Un mercado menos especulativo y más realista. Un sistema profesional más amable y menos rival, que libere al artista de la idea de moverse continuamente para no quedarse con las manos vacías.

Sabemos lo que falla, aunque dando vueltas alrededor de todo esto, contemplándolo desde arriba y desde abajo, parece como si en el ­mundo del arte nos siguiéramos perdiendo algo, algo que no puede decirse ni enseñarse, sino sólo “practicarse”. He ahí la idea de cuidado, que el vocabulario de la pandemia ha puesto de nuevo en circulación, pero que no es nueva. Llevamos años pensando cómo vivir juntos, teorizando sobre lo afectivo y la idea de comunidad, obedeciendo al dictado de los sentimientos tal cual vienen y van, deambulando por el mundo del arte como si uno buscara guijarros en la playa, a sabiendas de que, con toda probabilidad, acabaremos en caminos trillados. Cuidar está muy cerca del mimo, la curiosidad, el ojo avizor. Tiene que ver con la educación, la atención y la prudencia. También con esmerarse, ocuparse y velar por el otro. Y, especialmente, por las otras.

Los cuidados son una de las cuestiones clave de los feminismos, también en el arte contemporáneo, y empujan a pensar en la idea de género, raza y clase social, en los diversos modelos de familia y de maternidad, y en la gestión del tiempo y de las responsabilidades en las tareas de la vida cotidiana. Urge pensar cómo dar respuesta concreta desde las prácticas artísticas a los límites entre el trabajo y la vida. Ver de qué manera los procesos de globalización del mundo son una excusa perfecta para esa trampa llamada productividad y eficiencia. Esa idea de estar, de figurar, de dejarse ver, el postureo que la pandemia también ha puesto en jaque.

Aunque, por encima de todo, los cuidados tienen que ver con la política, con una mirada social que priorice el bienestar general frente al interés particular, con desmontar la trampa de las becas, con mejorar las condiciones laborales de quienes ejercen trabajos de proximidad, con desmontar imaginarios consumistas y reconstruir una comunidad cooperativa real. Una política de los cuidados que confíe en la transitividad de las ideas, en la efectividad de la acción, en la validez de la experiencia y en la valía de la intuición. Que apueste por lo sencillo.

“El museo deberá cuidar como un hospital sin dejar de ser crítico”, dice Manuel Borja-Villel, que impulsa una reflexión sobre los cuidados en el Reina Sofía

Todo esto puede sonar abstracto. El propio viaje de los pájaros en bandada lo es, aunque sabemos que estando juntos les resulta más fácil detectar cualquier tipo de peligro. El futuro inmediato, dice el escritor y filósofo Franco Berardi, Bifo, pasa por reinventar el placer, por pasar de una política del miedo a una política del cuidado. La teórica cultural Nelly Richard habla, incluso, de deseo y de la necesidad de hacerlo reaparecer en medio de la necesidad. Silvia Federici va más lejos y apunta a una revolución. Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, dice que “el museo tendrá que cuidar como un hospital sin dejar de ser crítico”. En sus salas acoge, de hecho, un grupo de estudio que reflexiona sobre lo que han titulado Por un estatuto de los cuidados. Una propuesta de escritura colectiva de una ficción jurídica con efectos reales, coordinada por Luisa Fuentes Guaza y Marta Malo, y pone el énfasis en preguntas sin una respuesta fácil: ¿Quiénes cuidan y quiénes reciben cuidados? ¿Por qué estos cuerpos y no otros?¿Qué estrategias de presión se están ensayando y cuáles cabría imaginar?

Intercambios reales

Bajo esas ideas trabaja, también, Pablo Martínez, jefe de programas del Macba, junto a la Rijksakademie (Ámsterdam) y el colectivo croata de comisarios WHW. Firman el programa Education from below, que explora el arte como espacio de diálogo, aprendizaje colectivo e imaginación, poniendo el foco en métodos y modelos de prácticas artísticas basadas en intercambios reales y que funcionan. En una línea de investigación similar están centros como el CA2M (Móstoles), que entraron de lleno en el tema de los cuidados con la Escuelita, o proyectos como Bulegoa z/b (Bilbao), atentas a epistemologías feministas y activismos en salud.

A la representación no canónica de los cuerpos y al envejecimiento en el contexto de las personas LGTBIQ+ se acerca el último proyecto de Javier Codesal, Evangelio mayor (2021), que expone ahora en el DA2 (Salamanca). La vejez o la enfermedad (sin esquivar la memoria del sida) le permiten experimentar la fragilidad del cuerpo vivo y pensar los límites sociales y culturales ligados a esa idea del cuidado cuando se hace vital, la asignatura pendiente más escandalosa de la sociedad que nos deja la pandemia. Proyectos más globales, como las bienales, también apuntan hacia cómo establecer relaciones más sostenibles para generar espacios de diálogo internacional sin perder la escala humana. Eso mismo se propuso la 11ª Bienal de Berlín, celebrada en 2020, un ejemplo de cómo las nociones de solidaridad, vulnerabilidad y resistencia resultaron claves en todo el proceso. Y por ahí se encamina la próxima Documenta 15 de Kassel, que se celebrará en 2022, enfocada en dilucidar qué es el ecuménico “nosotros”.

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