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ARTE

Las grietas irreversibles de la Bienal de Berlín

La gran cita alemana inaugura su 11ª edición echando el cierre a un proyecto feminista con un guiño al poder de las fracturas

'Ramita seca, la colonialidad permanente' (2019), vídeo de Bartolina Xixa, se exhibe en Gropius Bau, una de las sedes de la Bienal de Berlín. 
'Ramita seca, la colonialidad permanente' (2019), vídeo de Bartolina Xixa, se exhibe en Gropius Bau, una de las sedes de la Bienal de Berlín. 

Como una suerte de entidad mitológica ingobernable del presente, el capitalismo gobierna nuestras vidas bajo la posesión, regulación y opresión de los cuerpos. Un sistema en el que todo son recursos, desde las vidas humanas hasta el agua, pasando por los minerales, los datos que alimentan las bases de un tiempo acelerado, incluso las obras de arte. Este espíritu mitológico se traduce en una creencia cuasi religiosa en muchos de sus cómplices: los mercados, la Bolsa, los algoritmos, todos al servicio del capital. El Antropoceno, tan presente en el arte contemporáneo y en el contexto berlinés, nunca fue un término satisfactorio. El capitalismo es el responsable de la transformación del planeta. Pero el Capitaloceno convierte la cosmogonía del capital en una historia trágica del fin. La actual pandemia parece una prueba irrefutable de esta teleología. ¿Podemos subvertir esta narrativa? Las grietas del sistema existen y son visibles. La disidencia es real y mutante. ¿Hasta qué punto puede ser una bienal un espacio disidente, pagano? Y si lo es, ¿contra qué disiente?

La grieta comienza dentro (traducción de The Crack Begins Within) es el título de la 11ª Bienal de Berlín. Es una grieta que quiere invertir el orden establecido, ser disidente, incluso hereje. Mientras las masas del fascismo coexisten con las multitudes desobedientes es importante restituir las historias, las prácticas y las formas de vida que el capitalismo colonial utiliza y niega. Es también una grieta que evidencia la génesis y el presente colonial del museo como forma de contrato social con los objetos y con los sujetos. Asumiendo la diversidad de una realidad que contradice las narrativas lineales aprendidas, sus cuatro comisarias (María Berríos, Renata Cervetto, Lisette Lagnado y Agustín Pérez Rubio) escriben un statement por partes que se corresponden con cada uno de los espacios en los que emerge este Epílogo de la bienal, inaugurado hoy. Un capítulo final que continúa el trabajo de todo un año en ExRotaprint, en el barrio de Wedding, y que añade tres sedes emblemáticas de la ciudad: KW, Daadgalerie y Martin Gropius Bau.

La Bienal de Berlín apareció en 1996, inspirada por el concepto de lo “glocal” como el modo de definir la interdependencia entre el “aquí” y el “allá”. Ahora que esta pandemia ha puesto en evidencia la peligrosidad trágica de la globalización, las comisarias han encontrado estrategias para que todas las artistas invitadas desde el principio estén presentes aunque la mayor parte no hayan podido ir a montar o inaugurar. Y sin embargo es una bienal que hace entrar en el centro de Europa cuerpos y voces que no entraban tan a menudo o tan cerca unos de otros cuando las fronteras parecían abiertas. Sus más de 75 artistas enuncian una historia y un presente del arte alejados del paradigma eu­ropeo. No es una bienal para ir a recorrer la liturgia de los nombres habituales. Sus artistas no son sólo cuerpos disidentes por su relación con el colonialismo europeo o sus jerarquías internas, sino que llegan a serlo por su propia situación dentro de sus territorios y culturas de procedencia.

Tampoco es una bienal que descubre o explora, aunque tenga que negociar con los impulsos extractivistas del conocimiento occidental. Es una bienal que quiere desmantelar la casa del amo sirviéndose de las herramientas del amo para incorporar muchas otras. Empieza a la contra de la Iglesia en KW, entendida desde la religiosidad del capitalismo colonialista. Otra(s) espiritualidad(es) como arma política. Contra el Padre, el Patriarcado, el Patrimonio. Las chicas se entrenan para luchar, de Elena Tejada-Herrera. La iglesia se traviste en templo queer, Schreber finalmente se convierte en mujer gracias al colectivo El Palomar, para dar paso al escaparate de los cuerpos disidentes en Daadgalerie. Las apariencias y la indumentaria son una segunda piel, escudos de protección y elementos de resistencia, como los trajes de Santa Sara Kali George, de la artista Delaine Le Bas. Gropius Bau presenta un museo invertido al que se accede por la puerta de atrás y con paredes en diagonal hechas a base de telas. Aparecen fragmentos de otros museos: el Museu de Imagens do Inconsciente, el Museo de la Solidaridad Salvador Allende o el Museo para el África Central, con los animales disecados y diseccionados escogidos por Pélagie Gbaguidi. Son gestos sutiles pero importantes en una institución reacia a los cambios. Quizás la casa se empieza a desmantelar sin la violencia del amo. Y, en todo caso, las grietas son sutiles, pero también irreversibles.

The Crack Begins Within. 11ª Bienal de Berlín. KW, Daadgalerie, Gropius Bau y ExRotaprint. Hasta el 1 de noviembre.