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Yacimientos de goma laca contra la singularidad

El álbum ‘Excavated Shellac: An Alternate History of the World’s Music’ recoge una selección del inconmensurable trabajo de catalogación y digitalización de la música vernácula impresa en discos de 78 rpm realizado por Jonathan Ward

Portada del catálogo discográfico de música rusa editado por de Columbia Records, en 1955.
Portada del catálogo discográfico de música rusa editado por de Columbia Records, en 1955.Dust-to-Digital (DUST-TO-DIGITAL)

El patriotismo cultural es de catetos. Esa es la opinión de Béla Bartók, al menos: “El descubrimiento de valores culturales implícitos en la poesía y la música populares fue una notable contribución al desarrollo del orgullo nacional, aun porque, al no existir en el comienzo de estas investigaciones la posibilidad de estudios comparados, cada pueblo terminaba creyendo que tales tesoros eran su exclusivo y peculiar privilegio”. La fonofijación, desde su mismo comienzo, se puso al servicio de la construcción de esta imagen bisoña de la singularidad grabando en miles y miles de discos de goma laca las músicas supuestamente propias de cada nación. Las grandes multinacionales discográficas y las élites burguesas de cada país vieron claramente la rentabilidad de explotar dichas músicas vernáculas, unas por dinero, las otras buscando la hegemonía. Es así como estas músicas tomaron forma y distinción más allá de lo razonable, más allá de su morfología, promulgando por decreto la propia rareza: “El flamenco es único”, “el canto difónico es patrimonio del pueblo mongol”, etcétera.

Una cura contra esta alienación es la escucha comparada, como proponía Bartók. Y no siempre es fácil realizarla, pues, aun hoy día, los sellos que se ocupan de las músicas vernáculas las siguen vendiendo como productos exóticos e incomparables bajo el aura de la autenticidad. Afortunadamente, no es el caso de Excavated Shellac, un proyecto web en el que su creador, Jonathan Ward, lleva desde 2007 digitalizando y poniendo al servicio de quien le preste oído su absolutamente apabullante colección de músicas vernáculas en discos de 78 rpm. Recientemente, el meritorio sello Dust-to-Digital —que también lleva un buen montón de años en estas lides— acaba de publicar una compilación de la colección que, bajo el nombre Excavated Shellac: An Alternate History of the World’s Music, contiene más de 100 grabaciones y un libreto de 186 páginas con textos y anotaciones del mismo Ward. Y es una ocasión magnífica para llevar a cabo este tipo de escucha, dejarse confundir por un coro búlgaro que resulta ser albanés, una línea de fado que resulta ser rebético, una pianola de vodevil que resulta ser música birmana, una canción sarda que recuerda a una petenera.

¿Cómo es posible este parecido? En un primer momento, la confusión puede deberse a una mera falta de pericia, pero, si se profundiza, los parecidos subsisten. Hay una explicación esotérica que puede ser del gusto de algunos: la de la migración mágica de los símbolos. Es la sostenida por Rudolf Wittkower. Pero se antoja más bien una forma de dar nombre a la ignorancia. Una tesis más plausible es la de que, si ha existido y sigue existiendo un incesante intercambio, cruzamientos e injertos entre las músicas ver­náculas, es por una sencilla razón: por la migración, no de las almas ni tonterías similares, sino de las personas, y, más concretamente, del proletariado, la emigración, con diferencia, más masiva de la historia. Como bien estudia Michael Denning en Ruido insurgente, el trabajador, cuando emigraba, lo hacía con sus músicas. Y no solo en el recuerdo, también con sus instrumentos y —en muchas más ocasiones de las que se tiende a pensar— con sus discos y reproductores portátiles. La cosa no tiene más ciencia: contacto directo debido a las nuevas condiciones económicas.

Excavated Shellac, cubierta del disco

Por su parte, Manuel de Falla, incómodo con todo esto, era capaz de escribir lo siguiente en 1916: “La horrenda guerra que padece Europa ha de servir, entre otras cosas, y sea cual fuere su resultado, para establecer las que pudiéramos llamar fronteras de razas. Estas fronteras iban desapareciendo de modo creciente y constante, y con ellas uno de los tesoros más sagrados que los pueblos deben conservar: los valores que caracterizan el arte creado por una raza”. Falla no es ciego a la permeabilidad; la reconoce y, por eso, haciendo gala de un discurso dudoso, la rechaza. Para él, siguiendo a Felipe Pedrell, el cante jondo, supuesto tesoro español, era también producto de una amalgama, pero lo suficientemente antigua como para declarar que su forma, como la de la misma España, ya estaba acabada y no necesitaba de ninguna mezcla más. Puede pensarse, para salvar los muebles, que no es necesario hacerse cruces, que cuando antes se decía “raza” se quería referir a lo que ahora se entiende como “cultura”, sin más, sin sustrato “racial”. Afortunadamente, contundentes estudios como el que Samuel Llano realiza en su libro Notas discordantes dejan meridianamente claro que el concepto de raza que se manejaba en ese entorno era básicamente el mismo que el que más tarde estaría tras algunas de las peores tragedias del siglo XX. Llano explica cómo el concepto se asentó en España gracias al impacto y amplia difusión (por cierto, debida al trabajo de miembros de la Institución Libre de Enseñanza) de los textos de los padres del racismo y la xenofobia moderna tout court: Cesare Lombroso, Max Nordau y sus seguidores españoles, Rafael Salillas o Constancio Bernaldo de Quirós.

La singularidad cultural nacional no aguanta la prueba de la escucha. Demasiados parecidos, demasiada poca singularidad. Y es que, si el patriotismo es una forma de alienación, de irracionalismo, el trabajo serio de proyectos como Excavated Shellac es un buen antídoto. Adorno sentencia con claridad: “Bartók, el húngaro, ha sido maltratado por su patria en el quincuagésimo aniversario de su nacimiento. Esto podría extrañar; pues su música tiene una intención nacional, en gran medida folclorista, tal como, por lo demás, gusta al fascismo político; está al margen del proceso de racionalización de la música europea. No obstante, si en su ámbito original, esta música, a pesar de su propensión político-nacionalista, y debido a ella, no halla reconocimiento, esto mismo remite a un doble sentido de lo folclorista. A saber, mientras que el folclore medio, moderado, no meramente glorifica a la patria, sino que la refuerza en su simpleza natural e inculca a los hombres, como la música popular, una esencia con vínculos orgánicos, un folclore serio y radical penetra en las profundidades del material en las que tal unidad y simpleza no persisten, sino que se desmoronan”.


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