El cine antes y después de la pandemia

Carlos Losilla recoge en ‘Deambulaciones’ reflexiones suscitadas en tiempos de covid sobre el cine y su relación con él y con su propia escritura

Espectadores en un cine de Terrassa.
Espectadores en un cine de Terrassa.Cristóbal Castro

¿Ha muerto el cine? ¿Ha resucitado? Si es que lo ha hecho, ¿cuántas veces? ¿Y de qué cine estaríamos hablando? ¿Y de qué clase de muerte, y de resurrección? ¿Lo que ha muerto es el cine o su crítica? ¿Qué clase de crítica? ¿Son todavía posibles el uno y la otra? A la exploración de esa dimensión metafísica del cine, entre otros asuntos, se entrega Carlos Losilla (Barcelona, 60 años) en su último libro, Deambulaciones. Diario de cine, 2019-2020 (Muga), un texto surgido de varias crisis, personales y colectivas, que se encabalgan y acaban enriqueciendo y haciendo mutar un texto que se revuelve contra sí mismo y encuentra precisamente ahí, en el propio concepto de crisis, su razón de ser.

La primera de esas crisis atañe al propio autor. A mediados de 2019, Losilla, miembro del consejo de redacción de Caimán. Cuadernos de Cine y profesor de cine en la Universidad Pompeu Fabra y la ESCAC, empezó a escribir de forma cotidiana fragmentos y notas sueltas, casi a la manera de pecios ferlosianos, cansado, cuenta, de las servidumbres y las rutinas que comporta la escritura de artículos académicos y de ensayos más o menos pegados a la actualidad. Esas reflexiones que se pretendían descolgadas de un discurso coherente y unívoco empezaron a adoptar la forma de un diario, pero pronto se convirtieron en otra cosa. No son ajenas a esas transformaciones dos sacudidas externas que hicieron a Losilla replantearse de nuevo el sentido de su escritura. La primera, las sentencias contra los líderes independentistas en el Supremo y los disturbios posteriores, tras los cuales el autor interrumpió el diario y no lo retomó hasta cuatro meses después. La segunda, la pandemia y el confinamiento, que acentuaron el pesimismo que empapa el libro.

Losilla, a vueltas con el estado de alarma y los cierres de los cines, desliza reflexiones nada complacientes sobre el estado de la exhibición en salas y sobre lo que comporta someterse a la dieta cinematográfica de las plataformas, esas donde las películas han pasado a ser contenido, como alertaba Martin Scorsese en su reciente ensayo sobre Fellini, y se entrega a un soliloquio repleto de enmiendas. Dice ser objeto de una “doble posesión demoníaca” por parte de las imágenes y la escritura; escruta la evolución y el sentido último de esa relación íntima que mantiene con ambas, y ejerce de lector crítico de sus propios textos paridos en días previos para, de nuevo a la manera de Ferlosio, llegar a cuestionar la forma y el fondo de lo que escribe, la pertinencia de cada palabra, de cada concepto en el que se ha apoyado para hilvanar un discurso.

Aunque Losilla rechaza la idea de un hilo conductor, acaba encontrando uno que le lleva a explorar las crisis que se dan en el modelo de narración cinematográfica en los años cincuenta y los setenta, periodos que el autor entiende más ricos que otras etapas supuestamente más vigorosas, precisamente porque es entonces cuando los cineastas se muestran más dispuestos a atisbar nuevas formas, a tantear caminos poco explorados. Las crisis vistas como oportunidades de que afloren creadores nuevos y discursos frescos. Las crisis como vacunas contra el adocenamiento. Puede que Losilla no sea tan pesimista, después de todo. Al fin y al cabo, dice considerar estas Deambulaciones una intentona fracasada, pero no renuncia a dejar constancia de ellas. Esa lección, la del valor intrínseco del proceso creativo, es la que aprendimos con Víctor Erice y aquel membrillero que Antonio López no lograba acabar de pintar en El sol del membrillo (1992).

Antes de renunciar a seguir perfilando su teoría, Losilla da cuenta de esa muerte de una cierta idea de cine que se da en los años ochenta, esos en los que considera que el cine perdió una centralidad cultural que ya no ha recuperado. El autor compara, a ese efecto, dos películas de 1981: En busca del Arca Perdida, de Steven Spielberg, y Todos rieron, de Peter Bogdanovich, que él prefiere. En la de Spielberg identifica un “artefacto regido por una lógica implacable”, una apisonadora de cine-espectáculo que “nunca duda de sí misma” y no deja espacio al espectador, solo le pasa por encima, el tipo de narración que se ha impuesto y en el que se intuye el origen de esa progresiva rebaja del cine comercial a su condición de contenido. En el filme de Bogdanovich, por el contrario, los personajes, explica, “se dedican a recorrer Nueva York en apariencia con un propósito definido, en la práctica bajo la forma de un vagabundeo que siempre encuentra obstáculos que a su vez propician tanto un cambio de rumbo como una redefinición constante de las estrategias a seguir”. La metamorfoseante escritura de Losilla se parece a las películas que ama.

Deambulaciones. Diario de cine, 2019-2020

Autor: Carlos Losilla.

Editorial: Muga, 2021.

Formato: Tapa blanda. 152 páginas. 18 euros.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS