LIBROS / CRÍTICA DE 'CÓMO SER ANTICAPITALISTA EN EL SIGLO XXI'Crítica
i

Hay otros mundos, pero están en este

En su búsqueda de un modelo económico compatible con la democracia, Erik Olin Wright no propone saltos al vacío en ‘Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI’, sino el refuerzo de mecanismos sociales que ya se dan en el sistema actual

Cola para recibir una bolsa de comida en el Comedor Social de las Hijas de la Caridad de Madrid, en mayo de 2020.
Cola para recibir una bolsa de comida en el Comedor Social de las Hijas de la Caridad de Madrid, en mayo de 2020.Luis De Vega Hernández

La acción colectiva no se basa tanto en la conciencia de lo mal que están las cosas como en la confianza en las propias fuerzas y una esperanza disponible y creíble. A falta de ella, hoy el malestar se disipa o adquiere mil formas monstruosas. Las utopías han sido muy denostadas, pero el descreimiento y el cinismo son paralizantes y carcomen la confianza social.

Erik Olin Wright, profesor en la Universidad de Wisconsin, llevaba años embarcando en su proyecto Construyendo utopías reales (2010) cuando decidió escribir una obra más didáctica y menos académica que resumiese sus tesis sobre qué contornos tendría una sociedad más justa y más libre y, más importante, cómo sería la transición hacia ella. Con escritura sencilla e ideas sólidas, Olin Wright se atreve a proponer pistas para esa transición. No todas esas pistas son igual de sólidas o sugerentes, pero sin duda se agradece el coraje, porque es siempre mucho más sencillo y agradecido para un intelectual el socorrido: “Yo no vengo a plantear respuestas, si acaso a abrir nuevas preguntas”, o teletransportarse de la situación actual criticada a la sociedad emancipada del mañana sin explicar el camino.

Olin Wright arranca dando cuenta de la creciente incompatibilidad del actual modelo capitalista con la democracia y cita a Angela Merkel para darle la vuelta a su propuesta: “Es sabido que Angela Merkel, la canciller alemana, pidió una democracia conforme al mercado; lo que necesitamos, por el contrario, es un mercado conforme a la democracia, una economía de mercado que esté efectivamente subordinada al ejercicio del poder democrático”. Aquí se encuentran ya dos temas centrales en su pensamiento: por una parte, el rechazo a la idea, tan extendida como falsa, de la equivalencia entre capitalismo y mercado. Olin Wright pone el acento en las diferentes formas de poder e instituciones que modelan el funcionamiento de los mercados y cuál es la lógica que predomina en cada caso: hoy claramente oligarquizante. En segundo lugar, analiza las economías como ecosistemas, que combinan diferentes formas de poder en forma híbrida aunque siempre con el predominio de una que determina el carácter general del sistema y subordina al resto. Esto significa que en todo modelo se encuentran relaciones e instituciones que responden a diferentes lógicas, y que, por tanto, en el mundo actual hay ejemplos de formas de organización y funcionamiento económico democrático. En lugar de soñar con saltos al vacío o tabulas rasas, Olin Wright propone una estrategia que combine las innovaciones sociales y económicas con la construcción de mayorías democráticas que desde el poder político protejan, estimulen y expandan los elementos socialistas —en tanto que democratización económica— que ya se dan en el sistema actual, aunque en sus márgenes o sometidas a la lógica predominante.

El capítulo IV del libro es una sugerente recopilación de algunas de estas ideas para un programa de reformas hacia la democratización de la economía que desarrolle relaciones o instituciones hoy ya existentes: pasar de los ingresos mínimos a una renta básica universal no solo como derecho social, sino como herramienta para el fomento de la economía social y solidaria, el impulso a las cooperativas, la democratización en el interior de las empresas privadas, la extensión de la provisión estatal de bienes y servicios fuera de la lógica mercantil (hoy el sistema de salud pública puede ser considerado de hecho un trozo de socialismo en una economía capitalista: se financia en función de la capacidad de cada cual y atiende en función de las necesidades de cada cual) o el desarrollo de las formas colaborativas o procomún de producción, como la Wikipedia, Linux o las bibliotecas de diseños abiertos.

“Es sabido que Angela Merkel, la canciller alemana, pidió una democracia conforme al mercado; lo que necesitamos, por el contrario, es un mercado conforme a la democracia”, escribe Wright

Frente a las visiones fatalistas que ven el orden actual como una conspiración perfecta, Olin Wright llama la atención sobre su carácter contradictorio e inestable. Al igual que todo sistema económico es una combinación de relaciones capitalistas y no capitalistas, todo Estado está atravesado por contradicciones. Porque, además de un entramado institucional, un Estado es, en términos de García Linera, un campo de fuerzas fluidas que negocian y chocan produciendo equilibrios inestables. Y porque, en su función de proveer estabilidad, tiene que regular tendencias autodestructivas del capitalismo y al hacerlo puede proveer de soluciones a corto plazo al mismo tiempo que introduce dinámicas que en el largo plazo pueden erosionar el predominio capitalista diluyendo su peso en el ecosistema económico. Las reformas tienen así siempre un carácter ambivalente: fortalecen al mismo tiempo que transforman un determinado orden.

La propuesta de Olin Wright es iniciar un ciclo virtuoso de reformas políticamente orientadas que genere siempre mayor poder social para los grupos subalternos y, por tanto, mayor capacidad para ir siempre a por más, fijarse metas más ambiciosas. A esto sólo le haría dos objeciones: en primer lugar, que tenemos abundante experiencia empírica para saber que los procesos de cambio social por acumulación de reformas nunca son lineales ni están faltos de momentos de ruptura. En segundo lugar, que, en todo caso, esta “transición”, en libertad, no acaba nunca y el mayor objetivo de los demócratas es que las conquistas de hoy sean el suelo del que partan las luchas del mañana. En la actualidad, Wright detecta dos tendencias susceptibles de abrir contradicciones políticamente productivas: hacerle frente a la destrucción del planeta y emprender la transición ecológica, y desarrollar políticas que aborden la inseguridad económica masiva generada por el cambio tecnológico y la automatización. Se trata de dos inmensos y urgentes problemas para los que las fuerzas del mercado por sí solas no parecen tener respuestas. Wright no llegó a conocer la pandemia mundial de covid-19, pero habría encajado perfectamente en esta lista. Para hacer frente a estos retos —ya lo hemos visto— no basta el business as usual: se necesita el fortalecimiento de las instituciones de solidaridad social, la provisión masiva de bienes públicos y el aumento de la capacidad fiscal de los Estados. Eso debilita política e ideológicamente al neoliberalismo y puede devolver centralidad al Estado, lo público y lo comunitario como las instancias que garanticen seguridad en el tiempo de la incertidumbre y el riesgo.

Nada garantiza, en cualquier caso, que la salida a las crisis actuales se dé en clave democrática y no reaccionaria. Ninguna suma de sufrimientos o agravios por sí sola producirá la nueva mayoría necesaria, que solo puede ser articulada en una amplia y persistente lucha de valores. Este libro póstumo, que Olin Wright acabó ya enfermo de leucemia, es un buen arsenal de ideas para ella.

Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI

Erik Olin Wright. Traducción de Cristina Piña Aldao. Akal, 2020. 192 páginas. 18 euros
Búscalo en tu librería

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50