IDA Y VUELTA
Columna
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Elizabeth Hardwick: lecciones de estilo

La escritura de la autora de ‘Noches insomnes’ es un gran ejemplo de prosa híbrida y no sujeta a las convenciones de los géneros

Elizabeth Hardwick (derecha) y Mary McCarthy, en casa de esta última en 1980.
Elizabeth Hardwick (derecha) y Mary McCarthy, en casa de esta última en 1980.Susan Wood (Getty Images)

Me fijé por primera vez en el nombre de Elizabeth Hardwick en un ensayo de David Shields que me había hecho mucha impresión, Hambre de realidad. En un tono de polémica, y urdiendo las páginas de lo que él llamaba “un manifiesto”, con todo tipo de citas y fragmentos de libros, montados como un collage, Shields proponía una literatura que, para captar más plenamente la inmediatez de lo real, la variedad y el desorden del presente, eludiera las formas tradicionales de la novela o de las memorias, o las mezclara sin miramiento, añadiendo también rastros del ensayo, del diario, de la crónica de periódico. El “hambre de realidad” de un lector contemporáneo, decía Shields, ya no pueden satisfacerla los géneros literarios establecidos, anquilosados, cerrados sobre sí mismos, empeñados en una coherencia interior que excluye lo azaroso, lo fragmentario, los materiales baratos y confusos de nuestra experiencia del mundo.

El libro de Shields me influyó más porque justo en ese tiempo yo había estado releyendo, con lápiz y cuaderno, para un seminario, El amante, de Marguerite Duras. Como pasa tantas veces, yo creía recordar bien el libro, así que mi sorpresa fue muy grande al descubrir en qué medida lo había olvidado, dejando además que mi recuerdo se confundiera con el de la película. El descubrimiento fue el de una absoluta libertad narrativa en la que se disolvía el hilo principal de la historia, en un ir y venir entre el pasado y el presente, entre pasados distintos, que a lo que más se parecía era a las divagaciones, a las discontinuidades, a los caprichos de la memoria, a las corrientes inseguras de la rememoración. Mi educación estética y mis inclinaciones personales me han llevado muchas veces a construir mis libros de una manera muy organizada, con un sentido muy poderoso de la forma, de lo que se expresa, a mi juicio no sin antipatía, en la palabra “estructura”: estructura suena a armazón, a ingeniería, a gravitación y espesor de materiales muy sólidos.

Lo que había en esa novela de Duras era liviandad en vez de peso, fluidez y no gravedad, no un camino marcado desde el principio ni una composición en la que se oyera el chasquido de las piezas que encajan sino una especie de tanteo, un ir y venir dejándose llevar por los procesos de la memoria y del acto mismo de escribir, una cautela o un respeto para que las imágenes y las sensaciones alcancen al lector con la limpieza suficiente para no abrumarlo con informaciones agotadoras, para hacerle consciente de los silencios y los espacios en blanco.

Entre los ejemplos de prosa híbrida y no sujeta a las convenciones de los géneros que citaba David Shields estaba Sleepless Nights, de Elizabeth Hardwick. Un buen lector es un propagandista. Shields hablaba con tanto entusiasmo de ese libro casi desconocido que yo me puse a buscarlo de inmediato. Se había publicado en 1979, y durante muchos años fue inencontrable. Por fortuna se había reeditado en 2001 en la colección de literatura rara y rescatada de The New York Review of Books, libros de bolsillo con un diseño hacia el que se van golosamente las manos y los ojos. Hardwick perteneció al grupo de los fundadores de la revista y escribió en ella a lo largo de los años ensayos memorables, reseñas extensas y profundas de libros, crónicas de viajes, retratos del natural de personas a las que había conocido. En abril de 1968 fue a Memphis y estuvo en la marcha de protesta por el asesinato de Martin Luther King, y luego a Atlanta para asistir a su entierro. Su prosa no tiene la rapidez voluble de Joan Didion, ni su agudeza para distinguir lo revelador en lo trivial, pero a cambio es mucho más reflexiva, y más cordial con la experiencia humana, mucho más conmovida, sin esa extrañeza atónita que le sirve a Didion para marcar su distancia hacia todo. Elizabeth Hardwick escribe sobre una figura del pasado, Melville o Henry James o George Eliot o Virginia Woolf, y le otorga una densidad y una cercanía de persona real a la que ella hubiera conocido. Y cuando escribe sobre alguno de sus contemporáneos, Truman Capote, por ejemplo, combina el retrato certero y ácido del natural con la evaluación cuidadosa de la obra literaria. Situada, en el mundo intelectual de Nueva York, en una posición de privilegio, aunque también lateral —durante muchos años fue conocida sobre todo por ser la esposa y luego la viuda de Robert Lowell—, Eliza­beth Hardwick aprovechó por igual las ventajas de la cercanía y las de la cierta distancia. Sin duda no brilló en vida tanto como hubiera merecido, pero también tuvo el sosiego suficiente para leer y observar, para empaparse sin aturdimiento de las cosas, los libros, la vida política, el pulso de Nueva York, la memoria indeleble de su origen en el sur, los viajes por Europa, los paisajes agrestes, las soledades invernales de la costa de Maine.

Todo ese mundo suyo está en Sleepless Nights. Con el título de Noches insomnes, Marta Alcaraz lo tradujo hace unos años para una bella edición de Navona. Algunos capítulos los había ido publicando Hardwick a lo largo de los setenta en The New York Review. Su brevedad, unas 140 páginas, es una parte de su atractivo y su misterio. Fernando Pessoa concebía su Libro del desasosiego como una “autobiografía sin hechos”. En Noches insomnes hay una confesión pudorosa, una autobiografía implícita en la que la vida en soledad de la mujer que cuenta está definida por las ausencias que sugiere, el “nosotros” que fue natural para ella en otro tiempo y ya no puede usar, las cartas de los años cincuenta rememoradas o inventadas, dirigidas a una “querida M.” que sin duda es Mary McCarthy, en las que se da cuenta de una vida en común en sus comienzos, todavía lejos de la amargura, la enfermedad mental, el abandono. En su soledad de mujer madura en Nueva York, Hardwick recuerda el mundo por igual opresivo y adánico de su infancia en el sur y sus encuentros con los músicos de jazz en los años cuarenta, en los hoteles grandes y sórdidos al oeste de Broadway, en uno de los cuales convivió con Billie Holiday, y fue testigo de su belleza, su talento supremo, su vulnerabilidad y su fiereza, su propensión al desastre. Criada en el sur, Elizabeth Hardwick tenía una sensibilidad particular para el sufrimiento y la injusticia. Ahora que lo pienso, su retrato de Billie Holiday es su obra maestra.

Noches insomnes

Autora: Elizabeth Hardwick.



Traductora: Marta Alcaraz.



Editorial: Navona, 2018.



Formato: 216 páginas, 23 euros.


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