2016—2020: el germen de la polarización
En esta era las urnas parecían haberse vuelto locas. Las noticias que recogía EL PAÍS hablaban de guerra de realidades: el rechazo del plebiscito de Colombia, el Brexit, la primera victoria de Trump. Noticias que La polarización lo ocupó todo. Los hechos dejaron de ser objetivos. La identidad se convirtió en la única certeza. Y el debate político se vació

Hubo un año en que las urnas empezaron a decir lo contrario de lo que se daba por hecho. No una vez, sino tres: el no en Colombia, el Brexit en el Reino Unido, Trump en Estados Unidos. Podría atribuirse al azar, pero el azar no tiene ideología. Algo más profundo estaba ocurriendo: no solo cambiaban los resultados, cambiaba el suelo sobre el que se producían.
Ese mismo año, en marzo, cuando todavía no se había consumado ninguna de esas fracturas, Anne Applebaum publicó en The Washington Post un artículo con una pregunta: “¿Es este el fin de Occidente tal como lo conocemos?”. Su respuesta era una advertencia formulada con frialdad: bastaban dos o tres citas electorales adversas para que el orden liberal occidental dejara de existir. Era un diagnóstico preciso pero incompleto. Applebaum identificó el riesgo sin ver del todo el mecanismo que lo hacía posible. Para que sociedades distintas votaran desde mundos que ya no se reconocían entre sí, tenía que haberse roto algo anterior y más profundo que un ciclo político. No perdimos primero las elecciones. Perdimos primero la realidad compartida desde la que discutirlas.
Lo que se inauguró en 2016 no fue solo una serie de resultados inesperados. Fue algo distinto: la era de las guerras de realidad. Durante años lo llamamos “polarización”, como si el problema fuera la intensidad del desacuerdo. Pero las sociedades democráticas siempre han vivido del desacuerdo, es su condición normal. Lo nuevo no era la fuerza del conflicto sino su naturaleza. Ya no discrepábamos sobre valores o políticas. Discrepábamos sobre los hechos mismos. Cada bando habitaba una versión distinta de lo ocurrido, construida con materiales diferentes y distribuida por canales distintos, impermeables entre sí. La polarización fue la consecuencia; la guerra de realidad, la causa.
Esta distinción tiene un nombre en la literatura política: posverdad. Pero la palabra sugería que el problema era la mentira, esto es, que alguien decía cosas falsas y la gente las creía. El mecanismo era más sofisticado y más destructivo. Lo que producían las fake news, los algoritmos de las redes sociales y las maquinarias de desinformación como Cambridge Analytica —cuya escala de intervención en las campañas del Brexit y de Trump empezamos a conocer en 2018— no era credulidad sino agotamiento epistémico: la fatiga de quien, sometido a un flujo ininterrumpido de versiones contradictorias, termina por dejar de creer en la posibilidad misma de la verdad. No se trataba de que la gente creyera una mentira en lugar de una verdad. Se trataba de que dejara de creer en la diferencia entre ambas.
La politóloga Susan Stokes ha señalado que los líderes que erosionan la democracia no se benefician de esta fragmentación de manera oportunista: la producen. La polarización es un instrumento de gobierno, no un efecto secundario. Necesitan ciudadanos que no compartan una realidad mínima porque así no pueden organizarse en torno a hechos comunes. Solo pueden hacerlo en torno a identidades. Pero esta táctica solo funciona si encuentra un terreno abonado. Y ese terreno lo habían preparado décadas de desigualdad creciente: millones de personas que sentían que el sistema no los representaba, que las instituciones hablaban un idioma que no era el suyo. En ellos la frustración material se había sedimentado en resentimiento político. Y el resentimiento, a diferencia de la reivindicación, no busca argumentos, sino enemigos.
Aquí entra la segunda dimensión de las guerras de realidad: lo que podríamos llamar las verdades de identidad. En el Brexit, en la campaña de Trump, en el procés catalán —tres fenómenos distintos que comparten una misma gramática—, la pregunta que organizaba la adhesión política no era “¿qué es verdad?”, sino “¿de qué lado estás?”. Creer algo dejó de ser un acto de conocimiento para convertirse en uno de pertenencia. La lealtad al argumento se subordinó a la lealtad al grupo. Y esto resulta especialmente corrosivo para la democracia porque vacía de contenido el debate público: si los hechos son simplemente marcadores de identidad, el argumento no persuade, solo agrede. Cuando Michael Gove declaró durante la campaña del Brexit que la gente de su país ya había tenido suficiente de los expertos, la frase no generó escándalo sino adhesión. Eso era lo revelador: no que alguien lo dijera, sino que se aplaudiera. El conocimiento se había convertido en la marca del enemigo.
Entender esto ayuda también a entender la ultraderecha que comenzó a ganar posiciones en Europa durante estos años —en Italia, en Austria, en Hungría, en España— y el negacionismo que fue consolidándose como posición política. El negacionismo climático, el negacionismo histórico, el negacionismo científico no son fenómenos de ignorancia sino de estrategia: negar los hechos es la forma más eficiente de sostener una identidad que esos hechos amenazan. Si el hecho te incomoda, no lo refutas; lo impugnas como parcial, ideológico, parte de la conspiración del enemigo.
Una institución pagó un precio especialmente alto: el periodismo. No solo porque fue atacado, sino porque llegó a esa batalla ya herido por sus propias contradicciones: una parte de la ciudadanía había dejado de reconocerse en él antes de que los autócratas lo señalaran como enemigo. Pero el problema más profundo era estructural: el modelo que justificaba su función se resquebrajó. El periodista había sido históricamente el intermediario entre el hecho y el ciudadano: alguien que verificaba, contextualizaba, jerarquizaba. Las redes sociales no eliminaron ese papel, sino que lo deslegitimaron. Y los autócratas entendieron antes que nadie el potencial de esa deslegitimación. No había que destruir el periodismo: bastaba con convencer a suficiente gente de que era el enemigo. Cualquier desmentido podía presentarse como censura, cualquier verificación como sesgo, cualquier jerarquización como manipulación. El ataque a los intermediarios no fue un efecto colateral de la revolución digital. Fue una táctica deliberada de los mismos actores que declararon las guerras de realidad.
Y entonces llegó la covid. Fue el desenlace brutal del ciclo que aquí describimos. La pandemia trajo de vuelta la realidad con una fuerza que no admitía versiones alternativas: cuerpos, cifras, hospitales colapsados. Y sin embargo —aquí está la medida de cuánto daño habían causado las guerras de realidad—, incluso eso fue disputado. El negacionismo, las teorías conspirativas sobre las vacunas, los gobiernos que eligieron la ficción frente a la evidencia: la desorientación fabricada durante años era tan profunda que dejó una herida duradera en la confianza institucional. Hablamos de una cicatriz cívica cuyos efectos, según los estudios, pueden prolongarse durante décadas.
Lo que se inauguró en 2016 tardará en cerrarse. Las guerras de realidad no terminan con armisticios. Terminan, si terminan, cuando las sociedades reconstruyen pacientemente las condiciones mínimas para compartir un mundo: instituciones que merezcan confianza, intermediarios que rindan cuentas, ciudadanos dispuestos a que los hechos les importen más que la pertenencia. Es una tarea larga. Y sabemos, desde 2016, que nadie va a hacerla por nosotros.


























































