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Rata

Han desaparecido los márgenes que antes servían de refugio a los temperamentos inadaptados

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Jornada de puertas abiertas del Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares, Madrid.

La primera vez que escuché la palabra “normalización” fue en una oficina en la que trabajé de joven y a propósito de los diferentes tamaños de sobres que se utilizaban para la correspondencia. Vamos a entrar en un proceso de normalización, nos advirtió el jefe de departamento. Entendimos que se trataba de homologar formatos, aunque a mí me pareció que en el fondo de esa iniciativa razonable palpitaba una filosofía que nos acabaría haciendo daño. Volví a mi mesa con un temor difuso instalado en las entrañas y desde esa mesa, que quizá nunca abandoné, he venido asistiendo desde entonces a un proceso de normalización que ha desbordado el espacio burocrático para colonizarlo todo, incluidos los márgenes de la realidad.

Así, las películas que vemos en la actualidad son películas normales; las novelas que leemos son novelas normales; las exposiciones a las que asistimos son exposiciones normales; los discursos políticos que escuchamos son discursos normales; los programas de televisión son programas normales; las obras de teatro son obras de teatro normales; los cuentos para niños son cuentos para niños normales; los muebles de todas las casas son muebles normales.

Han desaparecido, como señalábamos más arriba, los márgenes que antes servían de refugio a los temperamentos inadaptados. Por fortuna, me consta que hay gente empeñada en la creación de nuevos territorios fronterizos en los que descansar de la homologación brutal a la que estamos sometidos. De ese empeño ha nacido, entre otras, la editorial Rata, que acaba de publicar una novela anormal de Han Kang: La vegetariana. No la recomiendo porque resulta muy perturbadora para una sociedad instalada en el orden (si a esto, en fin, se le puede llamar orden).

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