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Escocia frente al ‘Brexit’

El antieuropeísmo acaba desgarrando a los que lo adoptan como doctrina

Manifestantes proindependencia tras el anuncio de Nicola Sturgeon de su petición de un nuevo referéndum para Escocia.
Manifestantes proindependencia tras el anuncio de Nicola Sturgeon de su petición de un nuevo referéndum para Escocia. Getty Images

La apuesta por un Brexit duro y extremista le está generando a la primera ministra británica, Theresa May, enormes quebraderos de cabeza.

Primero, la Justicia sentenció que la activación del proceso de la salida de la UE no fuese a cargo exclusivo del Ejecutivo, sino bajo control parlamentario. Luego, la Cámara de los Lores enmendó al Gobierno intentando dar garantías de estabilidad a los ciudadanos europeos residentes en la isla. Y ahora estalla la tensión territorial, ya apuntada en Irlanda del Norte o Gibraltar, pero con inusitada fuerza, en Escocia.

Se comprende que su ministra principal, Nicola Sturgeon, quiera volver a consultar a los escoceses. Porque el acuerdo que Reino Unido ofreció con ocasión del referéndum de independencia, incluía —entre otros— el compromiso de una activa presencia británica en la UE, promesa rota con el Brexit. Porque los escoceses votaron entonces permanecer en Europa. Y porque Londres ha desdeñado las sugerencias de Edimburgo, primero de un Brexit suave; después, de la permanencia escocesa en el mercado interior europeo.

Pero desde una perspectiva cosmopolita, la fragmentación de cualquier Estado-nación de la UE (incluso saliente) dañaría la estabilidad global. Si ya es difícil con 28 miembros ¿cómo construir políticamente un continente basado en Estados-región, a centenares, al menos en potencia?

El episodio revela también que el antieuropeísmo acaba desgarrando a los que lo adoptan como doctrina. Y es que decenios de pertenencia al club modulan y transforman las identidades nacionales, la mejor solución en un mundo globalizado.

Desde un punto de vista español, las situaciones son jurídica y políticamente distintas: aquí, felizmente, nadie quiere irse de Europa. Por eso las tomas de posición que sean mero reflejo de la problemática doméstica —desde el unitarismo o desde el secesionismo— se antojan reduccionistas, cuando no caricaturescas.

 

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