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Tiempos de indiferencia y matonismo

Algunos suicidios recientes muestran el lado más sórdido de las sociedades actuales

Pateh Sabally, el joven inmigrante que se arrojó al Gran Canal de Venecia.

Pateh Sabally se tiró hace unos días a las aguas del Gran Canal en Venecia. Llegó de Gambia a Italia hace dos años y había logrado superar lo peor, cruzar el Mediterráneo en una patera y aguantar las dificultades del principio hasta conseguir un permiso de residencia. Tenía 22 años y decidió quitarse la vida, justo ahí delante de los turistas. Le llegaron a lanzar tres flotadores desde un vaporetto, pero prefirió no aferrarse a ninguno, los apartó, se dejó morir.

Hace más de una semana una muchacha de trece años se ahorcó en su habitación, en la pedanía de Aljucer, en Murcia. En el colegio en el que estudiaba hace un curso unos compañeros la habían llamado “gorda y fea”, pero la investigación que se hizo descartó que fuera un caso de acoso. Aún así, la cambiaron de instituto. Fuera lo que fuera lo que la desesperaba, no aguantó más. La familia ha pedido que no se hagan especulaciones.

Casos como estos son de los que obligan a pasar página. Irrumpen de pronto para certificar que, en algún punto, hay un precipicio, una zona oscura, un lugar sin retorno posible. Revelan la extrema fragilidad de las criaturas humanas y, en algunos casos, tienen tal fuerza que provocan cataclismos. En diciembre de 2010 un vendedor de fruta, Mohamed Bouazizi, se echó encima en un pueblo de Túnez un bidón de gasolina y se prendió fuego. Fue la mecha que encendió las revueltas que terminaron con la presidencia de Ben Ali.

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”, escribió Albert Camus en el inicio de El mito de Sísifo, el ensayo que publicó en 1942 poco después de la novela que lo proyectó definitivamente, El extranjero. “Juzgar que la vida vale o no vale la pena es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

Es posible que el existencialismo, más que “una corriente filosófica y original”, no fuera sino “una categoría periodística”, como indica José María Ridao en El vacío elocuente, su reciente libro sobre el escritor francés. Camus, al enfrentarse al absurdo, tocaba una fibra sensible en un momento en que el mundo se veía enfrentado a la locura de una guerra devastadora. “En un universo privado repentinamente de ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño. Es un exilio sin remedio, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decoración, es propiamente el sentido del absurdo”.

Camus habla en su libro de que hay algo que va minando a los suicidas. Cuando se repasan las circunstancias que rodearon los casos de la adolescente de Murcia y del muchacho de Venecia, son dos las marcas que emergen y que tan bien están definiendo esta época que vivimos: el matonismo que se generaliza en tantas aulas y la indiferencia con que se ve desde lejos la suerte de los migrantes. Una sociedad que se quiera justa debería velar por la suerte de los más frágiles.

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