Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Antisistema

No se avanza sin una multitud alborotada protestando por algo que dentro de cinco años considerará normal

La Gran Vía de Madrid tras el cierre del centro de la ciudad al tráfico privado.

In English

Cuando Ahora Madrid empezó a gobernar en una misteriosa ciudad española recordé lo ocurrido en mi tierra años antes, cuando el BNG de Pontevedra hizo lo propio en otra misteriosa ciudad gallega. Había muchas similitudes en la reacción de quienes creían que los Ayuntamientos, como los países, deben ser gobernados siempre por los mismos. Incluso por los mismos que no gustan, que es la esencia de lo institucional: tolerar al adversario por ser algo reconocible, a veces hasta propio.

Por eso Zapatero, cuando hizo algo tan arriesgado como cumplir una promesa en 24 horas (retirada de tropas), crear una ley para acoplarla a la sociedad (matrimonio homosexual) y reabrir un asunto tan delicado como la negociación con ETA, fue tachado de presidente ilegítimo y su primera legislatura fue considerada poco menos que una victoria terrorista, bien de Al Qaeda o de ETA, según el grado de perturbación de sus adversarios.

Zapatero había traicionado a España y había traicionado a los muertos (esto lo dijo Rajoy en el Parlamento; como no llevaba vaqueros se olvidó pronto: ciertos asuntos se resuelven con sastre). En realidad lo que Zapatero había hecho era traicionar una atmósfera de parálisis institucional que se prolongaba desde la Transición. Prueba de ello es que ni tocando a la autoproclamada “familia tradicional” ni el terrorismo etarra provocó tanta revuelta —también entre los suyos— como apelando a la reparación histórica de las víctimas de la Guerra Civil.

Zapatero no fue un bárbaro, pero coqueteó. Bárbaros se considera a los que llegan de latitudes ideológicas en las que sobreviven sin desbravar, no reconocibles en un partido homologado institucionalmente. De ahí que cuando Carmena llegó a la alcaldía pensase en Fernández Lores, alcalde de Pontevedra. Su historia está resumida en este periódico (Después de los bárbaros, 26-05-2015). El texto acababa con boutade: en Madrid pasaría como en Pontevedra, donde después del fin del mundo lo que hicieron los comunistas suicidas fue ponerse a peatonalizarlo.

Si algo enseña la historia es que el progreso es escandaloso: no se avanza sin una multitud alborotada protestando por algo que dentro de cinco años considerará normal. Si algún día se toma la medida más lógica que se puede tomar hoy en Madrid —peatonalizar la Gran Vía de arriba abajo— asistiremos a los funerales del comercio, del turismo (“no se puede entrar”, se quejaba Rajoy de Pontevedra) y de Occidente si nadie le pone remedio. Uno se acostumbra tanto y tan bien a ver el centro de su ciudad lleno de coches que de repente lo antisistema es verlo lleno de gente. Y así en la calle como en la ley.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.