Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Fobia o esperanza ante el fin del trabajo

Estamos empezando a experimentar las consecuencias de convertir el desarrollo científico y tecnológico en una fuerza invencible dentro de la economía de mercado. Pero ¿por qué asumir como imprescindible el sacrificio de millones de empleos?

Fobia o esperanza ante el fin del trabajo

Debemos tener miedo o alegría ante la posibilidad de que la tecnología permita a la humanidad liberarse del trabajo? Un estudio de 2013 de la Universidad de Oxford, dirigido por Carl B. Frey y Michael A. Osborne (The Future of Employment: How Susceptible are Jobs to Computerisation?), pronostica que dentro de dos décadas el 47% de los puestos de trabajo de EE UU serán sustituidos por procesos automáticos. Esto hará que las empresas reduzcan entre un 25% y un 40% sus costes laborales con la consiguiente ganancia en competitividad, así que será rara la compañía de cualquier parte del mundo que continúe aferrándose a la automatonofobia.Si estos pronósticos se cumplen, la siguiente reconversión industrial no estaría fundamentada en automatizar procesos de bajo valor añadido o tareas peligrosas que exigen un desgaste físico, sino en procesos de automatización cognitiva (hacer diagnósticos y tomar decisiones). El resultado no será un traslado neto de todos los empleados actuales hacia puestos más creativos e intelectualmente sofisticados, sino que tan solo habrá unos cuantos puestos disponibles con esas características y la competencia por ocuparlos será más feroz que nunca. Pero este discurso del “final del trabajo” no es nuevo, sino que tiene antecedentes que debemos revisar para entender las causas que impulsan su afloramiento cada cierto tiempo. Propongo un breve recorrido para clarificarlo:

“El trabajo es previo a, e independiente de, el capital. El capital es tan solo el fruto del trabajo, y nunca podría haber existido si no hubiera existido antes el trabajo. El trabajo es superior al capital y merece un reconocimiento mucho mayor”. Con estas palabras, Abraham Lincoln, en su primer discurso al Senado de EE UU desde su toma de posesión en 1861, enfatizó que una sociedad no tenía por qué estructurarse en la división empleadores versus empleados, anclada en una supeditación al capital, sino que aquel que alguna vez había sido un empleado podía unirse, gracias a su esfuerzo, a la “mayoría autosuficiente”: aquellos pequeños propietarios que trabajaban en sus granjas, talleres y tiendas sin contratar ni acudir a préstamos o créditos para ganarse la vida dignamente.

Unas sangrientas décadas después, aquella visión de pioneros quedó sepultada por una nueva industrialización, para cuya expansión se propagó una lógica consistente en predicar que es el trabajo el que deriva del capital y la realización del hombre no depende de su capacidad individual para producir, sino de su capacidad para comprar y disfrutar de bienes. Este fue uno de los gérmenes de la ulterior “destrucción de la razón” encubierta tras la ideología del racionalismo técnico —que tan bien fructificó entre los fascismos y en el desarrollo feroz de la globalización del capital—. El consumismo aceleró un proceso histórico ya conocido: la necesidad de los individuos y las sociedades de endeudarse para vivir fantasías identitarias.

El modelo laboral deberá evolucionar y, una vez más, adaptarse al progreso

En el transcurso del siglo XX no faltaron políticos y economistas que teorizaron sobre cómo los progresos tecnológicos nos llevarían hacia un Estado de bienestar, desde el socialismo científico de Oskar Lange al reformismo de J. M. Keynes, cubriendo todas nuestras necesidades al tiempo que nos permitirían dejar de trabajar. Esta superación generaría una gran transformación: una sociedad más justa, sin pobreza ni guerras.

Uno de los últimos y más lúcidos pensadores en elucubrar ese sueño fue Ernest Mandel. Para él, la tercera revolución tecnológica, representada por la inteligencia artificial, permitiría un salto cuántico para erradicar el trabajo alienado. Pero Mandel era consciente de que cualquier tecnología desarrollada dentro del capitalismo no podría descifrar el misterio de por qué “hombres y mujeres bajo diferentes condiciones sociales, que se libren cada vez más del trabajo mecánico y desarrollen sus capacidades creativas, no podrían ser capaces de desarrollar una tecnología que responda a las necesidades de una rica individualidad”. Es necesario producir la tecnología desde otro modelo cultural con objetivos productivos diferentes.

Desde este razonamiento, la mayoría de las decisiones técnicas tomadas en los últimos setenta años ha tenido efectos dañinos sobre el medio ambiente, la salud pública y los intereses generales de la humanidad. La tesis subyacente se resume en que, por ejemplo, la contaminación y los gases de efecto invernadero no derivan del exponencial crecimiento demográfico combinado con el aumento de la esperanza de vida, sino del modelo de extraer, distribuir y utilizar la riqueza que produce el trabajo humano. La idea política de que la tecnología puede acabar con la necesidad del trabajo y, por extensión, del mercado, impulsó en los años ochenta a que muchos tecnólogos y economistas liberales propusiesen teorías sobre el fin del trabajo completamente diferentes —utilizando las metáforas de la “aceleración” y la “singularidad”—. Este fue el caso de Alvin Toffler, que regeneró la ideología del progreso técnico postulando que solo los trabajadores más innovadores que resulten inimitables para las máquinas se salvarán de la automatización, la cual se materializará de acuerdo a una supuesta ley natural ajena a los intereses de las clases dirigentes.

Dejemos de creer que las crisis son inevitables y reflexionemos sobre las nuevas oportunidades

Estamos empezando a experimentar las consecuencias de convertir el desarrollo científico y tecnológico en una fuerza invencible dentro de la economía de mercado. Es, al fin y al cabo, un resultado de la desideologización fomentada por un racionalismo tecnológico mistificado. Entre las consecuencias esperables, el desempleo seguirá siendo un resorte principal dentro de esta nueva fase de la racionalización técnica. Pero no nos engañemos, cada persona y generación viven sus problemas como un fenómeno original que se da por primera vez, y pese a ello necesitamos practicar el historicismo. Si somos capaces de adoptar una visión global de cómo ha evolucionado la relación entre trabajo y capital a lo largo de los siglos, veremos que el hombre ha ido saltando de crisis en crisis, de revolución en revolución, entre el miedo y la esperanza.

Retomando la frase de Lincoln: el capital no es sino el fruto del trabajo y, por lo tanto, este nunca desaparecerá. El modelo de trabajo deberá evolucionar y, una vez más, adaptarse al progreso científico y técnico. Pero siempre deberán existir esfuerzos por mejorar nuestro Estado social, la situación de aquellos que nos rodean o la calidad de nuestro entorno, sin que las máquinas decidan por nosotros. Y una vez más, el nacimiento de un modelo económico alternativo deberá permitir crear más riqueza y de forma más eficiente. ¿Por qué asumir que es imprescindible sacrificar millones de puestos de trabajo durante el proceso? Dejemos de creer que las crisis son inevitables y reflexionemos sobre el cambio permanente y las nuevas oportunidades. Si somos conscientes de cómo la historia se repite cíclicamente, estaremos mejor preparados para hacer frente a los problemas a los que nos enfrentamos y a los que vendrán. ¿Visionarios? No, esa no es la palabra.

Alberto González Pascual es director de Transformación en la dirección de Recursos Humanos de PRISA.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.